Los estadios de Río, reflejo de la debacle brasileña

Instalaciones en Río. Foto: AP Instalaciones en Río. Foto: AP

Tras el Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos, Brasil se desmorona a ojos vistas. La inmensa corrupción de quienes gobiernan ese país aceleró una debacle financiera, política y social que tiene su epicentro y su más fiel reflejo en las instalaciones deportivas de Río de Janeiro. Ahí, el despilfarro y la transa son evidentes: construcciones legendarias y nuevas, inmensas y pequeñas, se han convertido en símbolos del fallido “sueño brasileño”.

RÍO DE JANEIRO (Proceso).- La visión es desoladora. Frente a la entrada de la Universidad Estatal de Río de Janeiro dos enormes contenedores rebosan de basura. La institución fue cerrada durante ocho meses y sus 9 mil alumnos se quedaron sin clases: justo al final de los Juegos Olímpicos del año pasado, el gobierno local dejó de dar financiamiento para la planta docente, la limpieza, la seguridad…

Los estudiantes intentaron protestar, pero frente a la quiebra del estado de Río de Janeiro –que se dio a conocer en junio pasado, un mes antes del inicio de la competencia deportiva– dejaron las protestas y se fueron a sus casas. Todos perdieron el año escolar. El pasado marzo la universidad anunció su reapertura, pero sin becas, así que muchos estudiantes simplemente no regresaron. La institución funciona desde entonces con el mínimo de recursos… ni los salarios se han pagado.

“Es todavía peor que las peores pesadillas que nos habíamos imaginado. Sabíamos que no íbamos a ganar nada con las Olimpiadas, pero nunca imaginé que podíamos perder tanto”, dice Rafael, un estudiante de geografía que trabaja como guía de turistas.

La Facultad de Geografía está frente al estadio de Maracaná, cerrado desde el término de los Juegos Olímpicos y también descuidado, sin limpieza ni seguridad. Hoy todo el barrio está desierto por las noches, por el temor a los asaltos. El Maracaná y el estadio de voleibol –el Maracanazinho– están sumergidos en la oscuridad por falta de luz.

Un poco más lejos, el parque acuático y el gimnasio de atletismo, dos instalaciones de los Juegos Panamericanos de 2007, también están inactivas desde 2012. Hace unos años, cuando parecía que el dinero nunca se acabaría, el gobierno estatal optó por no reutilizar esas instalaciones para los Juegos Olímpicos. Fueron muchas las críticas a esa decisión: pero las autoridades aseguraron que no valía la pena adaptarlas.

Las dos instalaciones deberían ser destruidas para hacer un centro comercial al lado del Maracaná. Al final no se hizo ningún mall, y ahora son conocidas como “los dos elefantes blancos de los Panamericanos”. Están cerradas, abandonadas, y la hierba crece entre sus gradas.

“Para nosotros, que somos del barrio, sin el Maracaná no hay más vida. De verdad nos rompe el corazón verlo así, abandonado. No sabe cómo ha cambiado la zona desde que nos tocaron esos grandes eventos deportivos, es una catástrofe”, comenta Raúl, quien vendía bebidas las noches de los partidos.

Y tiene razón. Los cambios son radicales. La pequeña favela del Metro –que estaba al lado del estadio– albergaba los puestos donde compraban comida los aficionados. Esta favela fue destruida antes del Mundial de Futbol para construir un estacionamiento. Las casas fueron derruidas pero los escombros se quedaron, y nada se ha edificado sobre esa tierra seca, ni estacionamiento ni nada.

Fue la empresa brasileña Odebrecht la que ganó la licitación para renovar el Maracaná y usufructuarlo 35 años. Ahora Odebrecht quiere devolver la concesión al estado de Río. ¿Los motivos? Sin el centro comercial, los estadios no son rentables.

Paralelamente, Odebrecht acusa al Comité Olímpico Internacional (COI) de no haber cumplido sus compromisos durante los juegos y de haber devuelto el Maracaná en un estado “deplorable”: la cancha quemada, los asientos rotos y los “sótanos llenos de basura”.

El COI reconoció “algunas reparaciones”, pero asegura haber realizado una inversión cuando recibió el estadio antes de los Juegos. Hoy, ninguna de las dos partes quiere pagar las facturas (sobre todo la electricidad) que suman 1 millón de dólares, bien poco en comparación con los 420 millones de dólares gastados para su reforma. Sin electricidad ni seguridad, algunas piezas históricas y equipamiento vario han sido robados.

El Maracaná fue abierto –una sola noche– el 9 de marzo. Se disputó un solitario partido. Al día siguiente se supo que abrió con muchas irregularidades en la seguridad, como lo denunció el ingeniero Jorge Mattos al periódico O Globo: “No se puede abrir un estadio con tantos riesgos para el público. Encontramos piezas sueltas en el techo con un alto riesgo de caída, escaleras de emergencia no fijadas al suelo, etcétera”.

Barra da Tijuca

Del otro lado de la ciudad de Río, en el barrio de los Juegos (Barra da Tijuca) las instalaciones olímpicas también están cerradas y abandonadas. Las albercas se quedaron sin techo, con agua sucia y mosquitos, y se ven los cables y canalizaciones seccionados. Los paneles que recubrían las paredes de la alberca olímpica –que configuraban una de las obras más célebres de la artista brasileña Adriana Varejao– también se rompieron.

Hace algunas semanas el nuevo alcalde de la ciudad, el evangélico Marcelo Crivella, invitó a la población a aprovechar “el bonito paseo” entre dichos edificios. Sonia atendió la invitación y acudió para patinar con sus dos hijas. Pero en vano busca baños abiertos. Todo está cerrado con candado. Tiene delante de ella una extensión enorme para patinar, pero se asombra: “¿Por qué todo está en el olvido? Nos costó bastante dinero como para abandonar todo”.

Erika y Paulo vinieron para correr y para ver de nuevo este lugar, que les había encantado durante los juegos. Ver el parque cerrado les “parte el corazón”. Abundan: “Estamos decepcionados por los juegos, como todos nuestros amigos. El alcalde había prometido que no habría elefantes blancos y está totalmente abandonado”.

El anterior presidente municipal, Eduardo Paes, repitió a cuantos quisieron escucharlo que la reconversión del Parque Olímpico en un conjunto escolar e inmobiliario estaba asegurada. En realidad, los cariocas saben desde hace poco que nunca hubo una sola empresa que se comprometiera o siquiera se hubiera interesado en ese proyecto.

El propio Paes aseguró en su momento que la destrucción de una reserva ecológica para construir el campo de golf olímpico era un “negocio excelente”: la ciudad daba sólo el terreno y un promotor inmobiliario financiaría el campo y construiría también 26 torres de lujo.

“Río no va a gastar nada para tener un nuevo campo de golf”, asentó entonces Paes, que se había negado a adaptar el campo de golf de Río, reconocido lugar de competencias mundiales y ubicado incluso en el mismo barrio.

Hoy el nuevo campo está desierto y su pasto verde se volvió amarillo. Efectivamente es un “bien público”, pero aun así hay que pagar para entrar. Ahora bien, tal como habían previsto los opositores de Paes, el vecino campo privado –con sombra y mucho más fresco– sigue teniendo la preferencia de los golfistas cariocas.

La sombra de Atenas

Cerca del Parque Olímpico, los 3 mil 600 departamentos de la Villa Olímpica –también construidos por Odebrecht– siguen a la venta. Muy pocos fueron comprados y se teme que el resto se deteriore rápidamente sin propietarios.

En la prensa los editoriales ahora comparan los Juegos de Río con los de Atenas en 2004, que significaron el primer paso hacia la crisis profunda que aún padece Grecia. Aquí también todos los indicadores económicos están en rojo y el futuro es sombrío. Además, los tribunales de Río investigan la mayoría de las obras vinculadas con estos grandes certámenes deportivos.

Las empresas de construcción procesadas son las mismas que falsificaron durante años las licitaciones para la petrolera Petrobras. Y todo indica que al menos algunas de las obras para los juegos y el Mundial de Futbol –como el Metro– también fueron fraudulentas. La gran mayoría fueron firmadas por el exgobernador Sergio Cabral, en prisión desde noviembre pasado junto con su mujer, acusado de haber recibido cerca de 60 millones de dólares en sobornos.

El Comité Organizador (de los Juegos de Río) –que tiene todavía un portavoz– se niega a hablar con la prensa sobre el futuro de las instalaciones. Para Mario Andrade, el vocero, son las autoridades locales quienes tienen que responder. De todos modos, las oficinas del comité fueron desmontadas y la mayoría de sus ejecutivos (que se mudan de país cada cuatro años) ya están en Japón.

El abandono de las instalaciones olímpicas no sería tan escandaloso a los ojos de los cariocas si el contexto económico no fuera tan siniestro. Pero “el estado modelo de Brasil” se declaró en quiebra la víspera de los juegos, incapaz de pagar los salarios de sus funcionarios activos y retirados.

Además de los gastos ampliamente subestimados, la deuda del estado despegó sin que ninguna alarma fuera accionada por el tribunal de Cuentas de Río, que tiene justamente ese papel. Ocho de los nueve jueces del Tribunal están ahora en la cárcel, acusados de haber participado en el gigantesco sistema de corrupción del exgobernador Cabral.

La única contabilidad cierta es un déficit (alrededor de 5 mil millones de dólares en 2016) que compromete todo el funcionamiento de los servicios públicos: los establecimientos escolares, los hospitales, la policía, etcétera.

Además, todos los índices de delincuencia volvieron a crecer gravemente. Lo único que el gobierno local propuso a la población de Río fue un plan de austeridad para recibir, de nuevo, una ayuda federal.

La tercera ayuda, el pasado febrero (cerca de mil millones de dólares), fue condicionada a la venta del servicio de distribución de agua de Río, su última empresa todavía pública… y la más rentable.

El presidente brasileño, Michel Temer, quiere garantías de pago porque otros estados exigen también la ayuda de la federación. La violencia estalló en las prisiones del norte, el estado de Roraima enfrenta una llegada masiva de venezolanos y declaró también un estado de emergencia, como Río en junio pasado, con la esperanza de recibir ayuda. Igualmente, Minas Gerais y Espírito Santo hacen frente a una epidemia de fiebre amarilla y esperan la generosidad federal.

En esta situación, el gobernador de Río, Fernando Pezao, llamó otra vez a la población que gobierna “a la comprensión y a la razón”.

El mandatario carece de popularidad y está amenazado por un procedimiento de desafuero promovido por la oposición de izquierda. Pezao fue el vicegobernador de Sergio Cabral desde 2007 y ahora su gestión de entonces está siendo investigada por la justicia.

Además, su nombre aparece en la investigación conocida como Lava Jato, sobre la corrupción ligada a Petrobras. La oposición considera que hay bastantes elementos para conseguir que la Asamblea Legislativa de Río lo desafuere.

Este reportaje se publicó en la edición 2115 de la revista Proceso del 14 de mayo de 2017.

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