Más loores al padre de la ópera “moderna”

Cartón de Gallut Cartón de Gallut

A la memoria del colega y amigo Karl Bellinghausen

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 15 de mayo de 1567 fue bautizado en la catedral de Cremona, Claudio Monteverdi y nadie imaginó que de la cabeza de esa criatura recién nacida brotarían tantos pensamientos musicales y que con ellos se consolidarían rumbos tan trascendentes para el arte sonoro de Occidente. Para decirlo en breve, su obra marca la transición entre la música renacentista y la barroca; amén de que merced a su estro melódico y su fantasía armónica se abrieron diversos parte aguas, así como incuestionables primados que merecen ser recordados. Por ende, este texto pretende abordarlos para sumarse a los festejos por los 450 años de su natalicio.

Pero antes de hablar de sus contribuciones, acaso sea necesario hacer un repaso somero de su biografía. El insigne Claudio vio la luz en la famosa urbe donde la construcción de violines alcanzó su cúspide, siendo criado dentro de una familia bastante humilde. Fue vástago de Baldassare Monteverdi, un barbero que ejercía la medicina sin tener licencia para hacerlo. Claudio estudió música con el famoso teórico veronés Marco Antonio Ingegneri, quien a la sazón era maestro de capilla de la catedral cremonesa y quien se avino a enseñarle al niño los secretos del contrapunto y la polifonía. En muy poco tiempo Claudio reveló su inmenso talento para el arte de los sonidos, dejando pasmados a sus condiscípulos y al mismo Ingegneri.

A los 15 años compuso su primera obra, un conjunto de motetes, a los que siguieron otra colección de madrigales espirituales a cuatro voces. Cuando cumplió 20 años, es decir en 1587, publicó el primero de los seis libros de madrigales, gracias a los cuales su nombre adquirió notoriedad y fama europea.[1] Tres años después, es decir en 1590, entró a formar parte de la orquesta de Vincenzo Gonzaga, Duque de Mantua, desempeñándose como violista y cantante. Sobre Gonzaga hay que enfatizar que hizo de su Corte un centro cultural de los más pujantes de Italia. Y en ese ambiente culto y refinado Monteverdi trabó amistad con los literatos y músicos más eminentes de su tiempo; el poeta Alessandro Striggio entre estos, con quien se embarcaría en la aventura melodramática más apasionante de su vida.

Es de notar que el joven Claudio supo aquilatar las enseñanzas y los consejos de sus contemporáneos y que eso lo llevó a iniciar un intenso estudio de las obras de los principales madrigalistas de la época ‒Además de Ingegneri, Marenzio y Venosa‒ madurando la propia formación artística y elaborando aquellas ideas que lo conducirían, poco a poco, hacia el camino de la osada reforma musical a la que estaba predestinado. Los viajes que Monteverdi realizó como parte del séquito del Duque lo enriquecieron ulteriormente como creador. Entre éstos, son de señalar las estadías en varios países de Europa, sobre todo en Flandes, donde escuchó de primera mano las experimentaciones de los maestros flamencos que estaban abriendo nuevas rutas sonoras.

Aún en Mantua, Monteverdi conoce a Claudia Cattaneo, a quien le propone matrimonio en 1599. Con ella procrearía tres hijos ‒dos hombres y una mujer‒ pero lamentablemente la alegría de la vida marital duraría muy poco. Siete años después ella moriría dejando a Monteverdi en una viudez que ya no tendría atenuantes.

Para colmo de males Gonzaga era un tipo extremadamente avaro y eso le acarreó al pobre Claudio sinsabores y amarguras a granel. Sus pagos se retrasaban y a veces no llegaba a fin de mes con los gastos cubiertos; mas eso no era todo, sino que para agravamiento de sus males, sus tendencias progresistas en la música comenzaron a acarrearle enemigos gratuitos. Famosa fue la polémica que sostuvo contra el teórico musical Giovanni Artusi, quien lo criticó acremente por la insolencia de sus innovaciones armónicas. Según Artusi las composiciones de su odiado colega eran una afrenta contra la decencia polifónica que propiciaba la descomposición del gusto musical de la época…y para que no quedaran dudas publicó en 1600 un panfleto en forma dialógica que se intituló: L´Artusi overo delle imperfezioni della moderna musica, obra de amplia difusión que fungió como la asonada más clamorosa de la polémica antimonteverdiana. ¿Y qué hizo al respecto el buen Claudio? Fingió inicialmente que ignoraba las acusaciones, sin embargo, se dedicó a afilar sus armas y a prepararse para defender sus ideas. Estas eran claras: él se inclinaba por crear un lenguaje musical que representara el matrimonio perfecto entre la palabra y la música, con el auxilio de la armonía y la verdad de las expresiones humanas. A la postre, a sus adversarios les recetó una lección de la que ya no podrían defenderse, ni mucho menos contra argumentar. La lección que el futuro vendría a validar fue publicada en el prólogo de su Quinto Libro de Madrigales a cinco voces del 1605. Dos años después, avino el viraje existencial que lo catapultaría a los nichos más altos de la música teatral jamás concebida, y aquí hemos de citar los antecedentes: Los primeros ensayos del melodrama se iniciaron en Florencia como un pasatiempo para la nobleza. La Camerata del conde Giovanni Bardi fue la gestora de esa revolución melodramática que vendría a imponerse como un vendaval del Renacimiento italiano.

En poco más de una década de experimentaciones sonoras, el habla corriente, codificada en el flamante estilo monódico alcanzó, en manos de Monteverdi, la ansiada síntesis bosquejada por sus iniciadores (eran éstos los cofrades de Bardi, entre los que destacaron Jacopo Peri, Ottavio Rinuccini, Giulio Caccini, Pietro Strozzi y Vincenzo Galilei, padre del astrónomo). Una verdadera proeza que le valió el apelativo de Padre de la Ópera Moderna. Caso análogo al de Miguel de Cervantes, quien inauguró con su Quijote, lo que los críticos literarios coinciden en denominar como el advenimiento de la Novela Moderna. Curiosamente también Cervantes fue hijo de médico y los dos trabajaron simultáneamente en sus “endebles trabajos”. Así pues, Monteverdi presentó su fábula musical Orfeo en el Palacio Ducal de la Corte de los Gonzaga de Mantua el 24 de febrero de 1607, obteniendo un resonante triunfo.

A diferencia de lo elaborado por los pioneros Rinuccini y Peri en su ópera Euridice de 1598 (una sucesión prolija de recitativos que preceden a una sustancia melódica de inútil complejidad vocal, dentro de una forma desordenada) Monteverdi y el citado Striggio se propusieron para L´Orfeo una mayor libertad vocal dentro de una estructura simétrica. Lo lograron alternando las partes de conjunto con las arias y dándole al monólogo recitado una forma más libre. Todo ello produjo la impresión de una espontánea naturalidad, ideal anhelado por el gremio. La toccata que funge de obertura concuerda con la danza conclusiva y los dos actos que enmarcan la obra son calculadamente estáticos. En los actos centrales se produce la trágica pérdida de Eurídice, mientras que en el núcleo de la construcción poético musical se ubica el clímax, que aviene cuando Orfeo doblega con su lira a los poderes de la muerte.[2]

Asimismo, a Monteverdi y al libretista Gian Francesco Busenello se les acredita por la incorporación inaugural de un argumento operístico basado en personajes y hechos históricos (hasta ese momento se había recurrido, exclusivamente, a tramas extraídas de la mitología grecolatina). Se trató de L´incoronazione di Poppea que se atribuye, casi en su totalidad, al ya para entonces agonizante Monteverdi. La autenticidad del libreto no está en duda. Su estreno acaeció en 1643 en el teatro Dei S. S. Giovanni e Paolo de la mítica ciudad lacustre de Venecia, donde en noviembre de 1643 fallece Monteverdi.

No podemos concluir sin mencionar que otro de los primados del egregio maestro cremonés se suscitó, precisamente en su ópera sobre Poppea, la madre de Nerón: En una de las arias se da el lujo de inaugurar el filón porno-erótico que tanto provecho vendría a obtener la cinematografía del porvenir. El texto es explícito y reza: Que te miro, que te gozo / Que te estrecho, que te anudo / más no peno, más no muero y es cantado en dúo por Nerón y Poppea, él un matricida afeminado y ella una intrigante perversa. A pesar del absurdo, Monteverdi logró plasmar una delicia canora que insinúa el éxtasis amoroso en su más pura expresión. El sutil enroscamiento de las voces suena a todas luces como un coito vocal.[3] Sin soslayar la veta del erotismo, comercialmente impecable, a la obra monteverdiana sólo es posible colmarla de loores; y para ello sólo basta escucharla con oídos vírgenes, desprovistos de toda la estulticia sonora de nuestra “modernidad.”

[1] Los otros fueron publicados en 1590, 1592, 1603, 1605 y 1614.

[2] Se sugiere la audición de alguna de sus partes. Audio 1: Claudio Monteverdi – Aria de Orfeo Possente spirito del Acto III. (Anthony Rolfe Johnson, tenor. The English Baroque Soloists. John Elliot Gardiner, director. ARCHIV, 1987)

[3] Se recomienda su audición. Audio 2: Claudio Monteverdi – Dúo Pur ti miro de la ópera L´incoronazione di Poppea.(Nria Real, soprano, Philippe Jarousky, contratenor. L´Arpeggiata. Christina Pluhar, directora. VIRGIN, 2009)

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