Hombre antes que artista

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En este 2017 tendría que estarse conmemorando el centenario por el natalicio de un gran músico italiano que vivió en nuestro país en las últimas cuatro décadas de su apasionada existencia. Y decimos que tendría, puesto que su relevante labor como pedagogo, investigador, director de orquesta, compositor, escritor y poeta tendría méritos sobrantes pero, sobre todo, porque ninguna de las instituciones para las que consagró su trabajo se ha abocado a organizarle algún homenaje en su memoria. Hablamos del maestro Uberto Zanolli (Verona, 1917-Ciudad de México, 1994), quien dejó su patria en 1953, para venir a radicarse a esta nación nuestra tan volcada a la desmemoria y el menosprecio.

Para ubicar la figura del Mtro. Zanolli dentro del nicho patrio que le corresponde, baste decir que está en línea con los compatriotas suyos que se afincaron en México, prodigando su arte, su amor por la cultura y su compromiso por la educación del pueblo que los acogió con tanto beneplácito. En esa ilustre línea de predecesores son de citar, en el Siglo XVIII, Billoni[1] y Gerusalemme[2]; y ya en el XIX, Botessini[3] y Moderatti, este último importante por haber sido el instigador de la primera ópera mexicana sobre un tema patrio, cantada en español y compuesta por un mexicano.[4]

Así pues, con los antecedentes mencionados, podemos proceder a entablar un diálogo con Betty Luisa Zanolli, a fin de hacerle las preguntas que ayudarán a entender la magnitud del legado que cinceló su padre en aras de enaltecer a su patria adoptiva. Asimismo, debemos anotar que la doctora Zanolli es, por derecho propio, una eminente universitaria que divide su tiempo entre el magisterio y la investigación, De su autoría es una tesis fundamental sobre la Profesionalización de la enseñanza musical en México: El Conservatorio Nacional de Música (1866-1996), junto a una serie de contribuciones dentro del campo del Derecho y la Jurisprudencia.

Betty Lu, hablemos primero de ti, ya que heredas una gran tradición musical, no sólo de tu padre, sino de tu madre, la distinguida cantante Betty Fabila. ¿Cuándo te hiciste consciente de lo que significaba ser hija de dos artistas connotados?

Ante todo, muchas gracias por recordarlos. En realidad, tomé conciencia de quiénes eran desde el instante en que tuve razón, no sólo por haber sido su hija, sino por haber tenido el privilegio de haber aprendido de su obra, valores y amor por el arte.

¿Qué tan fácil te resultó encontrar tu propio camino?

Mis padres me dieron toda la libertad para escoger la profesión que yo quisiera. Jamás me impusieron la música. No recuerdo siquiera cuándo me sentaron ante un piano por vez primera. Todo fue espontáneo y ser músico se convirtió en parte del sentido de mi propia vida, de la misma forma como me inculcaron su amor por la cultura en todas sus manifestaciones. Fui muy afortunada por haber sido su hija.

Es mucho lo que tendríamos que ponderar sobre la trayectoria de tu padre, cuéntanos primero lo que sabes de su formación…

Estudió en los Conservatorios de Verona, Bolzano y Milán, graduándose como violinista, violista y compositor, dentro de la más selecta tradición italiana. Sin embargo, además de haberse formado con maestros ilustres como Pietro Mascagni, nunca dejó de estudiar por sí mismo. Todos los días siguió aprendiendo para entender y dominar cada vez más los secretos de la composición.[5] Recuerdo que decía siempre: “cómo quisiera tener 12 años, saber lo que hoy sé, y comenzar a aprender”.

Tengo entendido que don Uberto servía en el ejército italiano durante la Segunda Guerra Mundial y que cayó como prisionero de los nazis, quienes los recluyeron en un campo de concentración, ¿es ese un pasaje conocido para ti de la biografía paterna?

En efecto, fue oficial de ingenieros del ejército italiano y desde 1941 tuvo que enfrentar la guerra desde distintos ámbitos, sufriendo el encarcelamiento durante dos años en distintos campos de concentración de los nazis, lo mismo en Ucrania que en Polonia y Alemania, hasta que el 7 de mayo de 1945 fue liberado por las fuerzas aliadas. Haber sido prisionero fue una de las experiencias más significativas de su existencia. Indudablemente cambió en él el sentido de lo que era la vida, tanto que después de la guerra escribió su poemario Non una stella, en el que cada uno de sus poemas está impregnado de lo que padeció en esos momentos aciagos. Pero también creo que gracias a ello, pudo ver a la vida desde otra óptica. Estar al borde de la muerte en múltiples ocasiones sin duda lo marcó para siempre. “Saber que basta con llegar vivo, desnudo, a la otra ribera”, fue una de sus máximas de vida.

¿Cuál fue la razón por la que tu padre decidió emigrar a México?

En realidad nunca pensó que vendría a México. Sin embargo, como él decía, fue el destino el que lo trajo. Después de la guerra, Italia atravesaba por una grave crisis. No había trabajo y él se dijo, “aceptaré el primer contrato que llegue”. Iniciaba 1953 y trabajaba en La Scala de Milán cuando, de pronto, llegaron a él Roberto Silva y Carlos Díaz Dupond a nombre de Opera Internacional de México para invitarlo a unirse a la compañía que flanquearía a María Callas en su gira a México, quien había puesto como condición que formara parte de ella “el joven apuntador y director de orquesta veronés Zanolli”, en cuyo talento artístico confiaba luego de haber actuado juntos en la Arena de Verona. El contrato que le ofrecían era por 90 días, del 28 de mayo al 28 de agosto. Tomó la pluma y sobre el barandal del teatro firmó el contrato. Al día siguiente recibiría una nueva oferta: un contrato por 3 mil dólares mensuales en oro durante cinco años para fundar la Orquesta Sinfónica y encargarse de la dirección de la flamante Sydney Opera House. La rechazó. Él creía en sus corazonadas y la suya tenía un nombre: México. Así fue como llegó a nuestro país para no regresar más a su tierra y cómo México se convirtió en la patria de elección a la que amó hasta el último día.

Hablemos ahora de los derroteros de la vida mexicana de tu padre…

A la ópera se consagró en los primeros años de su estadía, particularmente en la Ópera de Bellas Artes, donde dirigió tanto a la Orquesta Sinfónica Nacional como a la Orquesta del Teatro de Bellas Artes y al Coro de Bellas Artes que fundó en 1959. Sin embargo, fue en la docencia, principalmente en la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) de la UNAM (1957-1994), y en la creación de la Orquesta de Cámara de la ENP en 1972, donde consagró sus energías vitales para el desarrollo de la educación artística y estética de múltiples generaciones de preparatorianos.

En 1961 tu padre protagonizó un hallazgo musicológico de resonancia mundial, ¿qué recuerdas de él?

Fue un parteaguas familiar. Gonzalo Obregón, curador del Colegio de las Vizcaínas, encontró unas partituras arrumbadas y el doctor Luis Vargas buscó quién pudiera comprenderlas. Nadie las había aquilatado hasta que mi padre las estudió, transcribió, restauró y desarrolló su bajo continuo, encontrando que eran obra de un genio olvidado de la historia. Un compositor pionero del concierto a solo, que se adelantó a su época.[6] Su nombre, Giacomo Facco (1676-1753), de quien Julio Scherer, siendo reportero del Excélsior, dio la primicia al mundo con una entrevista que tituló: “250 años después, nace un Bach mediterráneo”.

¿Habría algo en específico por lo que tú crees que a tu padre le habría gustado que se le recordara?  

Debo decirte que él nunca buscó la fama ni la trascendencia. Se dio a su arte, a sus alumnos y a todo aquél con quien compartió momentos de vida. Fue un hombre generoso y bueno. Quienes lo conocieron podrán corroborarlo. Por eso, junto con el doctor Arturo Flores Albor hemos constituido la Fundación Uberto Zanolli y Betty Fabila que preservará su legado para impulsar a las nuevas generaciones por el sendero del arte y la educación. Su epitafio, inspirado en un consejo que le dio Mascagni, lo dice todo: “Recuerda que en la vida, antes que ser un gran artista, tienes que ser un hombre”.

[1] Santiago Billoni[1] (1700-1763) fue el primer italiano que ejerció el maestrazgo de Capilla de la Catedral Metropolitana.

[2] Ignazio Gerusalemme (1707, 1769) fungió como director del Coliseo de México y también como maestro de Capilla de la Catedral Metropolitana.

[3]Giovanni Botessini[3] (1821-1869) recibió la encomienda de fundar el Conservatorio Nacional ‒proyecto que no cuajó por la inestabilidad política de la época‒, amén de haber sido el autor de la primera música con la que se entonaron los versos de Francisco González Bocanegra de nuestro himno.

[4] Enrico Moderatti, (1830, ca.-1890 ca.) le encargó a Aniceto Ortega (1825-1875) la creación, en 1871, del episodio melodramático sobre la gesta del último tlatoani mexica. (Guatimotzin), para estrenarla con su compañía de ópera en el Gran Teatro Nacional.

[5] Audio 1: Uberto Zanolli – Cabalgata (Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria. Uberto Zanolli, director)

[6] Audio 2: Giacomo Facco – Cantata Clori (Betty Fabila, soprano. Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria. Uberto Zanolli, director)

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