“Turandot” en Bellas Artes

Una de las puestas en escena de Turandot. Foto: Especial Una de las puestas en escena de Turandot. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Turandot (1926) es la última ópera del gran compositor italiano Giacomo Puccini (1858-1924), el último del grupo de los cinco (con Rossini, Bellini, Donizetti y Verdi), quien muere de cáncer en la garganta sin poder terminar la obra.

Franco Alfano (1876-1954) completó el tercer acto. Autor de 12 óperas, injustamente sólo se le conoce porque terminó Turandot. Arturo Toscanini dirigió el estreno el 25 de abril de 1926 en Alla Scala de Milán.

Turandot significa “la que viene de Turán” (Asia Central, parte del antiguo Imperio persa). Para rastrear el origen de este cuento debemos ir hasta un relato en verso llamado “Las siete princesas”, del poeta épico persa Nezami ye Ganyaví (1141-1209). Una de estas princesas, de origen ruso, no encontrando ningún hombre digno de ella, declaró que sería del príncipe que pudiera resolverle tres enigmas.

Entonces el cuento vuela de mano en mano: el francés Francois de la Croix (1653-1713) lo incluye en la colección de leyendas Los mil y un días. Transforma aquí a la original infanta rusa en una fría y cruel princesa china llamada Turandokht. El cuento pasa al italiano Carlo Gozzi (1720-1806) y después lo recrea el poeta alemán Friedrich Schiller (1759-1805); de ahí llega a Puccini.

Ópera de Bellas Artes (OBA) repuso esta obra en medio de no pocas protestas de los rabadanes de la ópera, pues la OBA la puso hace tres y cuatro años. Pero Turandot es amada por el público, quien agotó aún antes del estreno las localidades para las cuatro funciones.

El papel protagónico estuvo a cargo de la soprano búlgara Gabriela Georgieva, quien cumplió a secas; ya vio pasar sus mejores años, pero realmente no dejó nada a deber, si bien el personaje ya le queda algo grande.

Calaf, el príncipe tártaro, lo cantó el tenor Carlos Galván, nota por nota, pero no logró emocionar al público por su actuación poco comprometida; en el canto estuvo brillante, pues Galván es un gran cantante, pero desafortunadamente en el oído de los aficionados permanece el recuerdo de las gigantescas voces de los Calaf italianos de la discografía de referencia, y junto a ellos ningún tenor es suficiente. Galván se fajó como los buenos y sacó el personaje muy dignamente.

Timur, el ciego padre de Calaf y otrora rey de los tártaros, fue interpretado por enésima vez por Rosendo Flores. Su voz ya sin graves y su energía muy mermada, sin mayor lucimiento.

Liú, la esclava de Timur, fue muy brillantemente interpretada por María Kazarava, que está en plenitud, dio lección de buen canto con estas funciones y se llevó la noche en cada una de ellas; su actuación plena de verdad escénica. Este personaje le ha otorgado grandes éxitos en Europa.

El director de escena, Luis Miguel Lombana, siempre dirige Turandot y persiste en su obstinación de que Timur no es ciego, contraviniendo no sólo la tradición sino el libreto de Adami y Simone; por lo demás, su dirección conservadora, que lució con el marco escenográfico y vestuario de David Antón, fue de lo más correcta.

La orquesta estuvo dirigida por nuestro mejor director de ópera, el sinaloense Enrique Patrón de Rueda, experto además en Puccini,–muy cuidadoso con los cantantes y con los detalles, preocupado siempre porque la voluminosa orquesta no los tape–, de maravilla su desempeño, cada vez mejor.

Estupendo el trío de los ministros Ping, Pang y Pong: Enrique Ángeles, Andrés Carrillo y Víctor Hernandez. Cada uno de ellos es un estupendo solista y aquí supieron amalgamarse de maravilla tanto en lo musical como en lo actoral.

Muy destacados el coro del Teatro de Bellas Artes y el coro infantil Ágape.

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