El “Dios no existe”, de “El Nigromante”, en nuevo libro de Arellano

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Autor de dos volúmenes sobre Ignacio Ramírez El Nigromante (Memorias prohibidas, La nueva República), y Adolfo López Mateos. Una nueva historia, Emilio Arellano da a conocer su reciente libro biográfico Guillermo Prieto. Crónicas tardías del siglo XIX en México, estudio de 357 páginas con fotografías, genealogía y familia, cronología y bibliografía,para Editorial Planeta.

Arellano, descendiente de una pléyade ilustre de intelectuales y políticos mexicanos, entre los que se cuentan el propio Nigromante (Guanajuato, junio 22 de 1818-Ciudad de México, junio 15 de 1879); Francisco Zarco (1829-1869), y el expresidente Adolfo López Mateos (1908-1969), es licenciado en Derecho por la Universidad La Salle y la UNAM. En septiembre de 2003 fue designado por legisladores del Estado de México con el cargo de Caballero Águila, por sus orígenes directos aztecas de Tacuba.

Estas Crónicas tardías del siglo XIX en México pueden ser leídas como una continuación del par de libros anteriores sobre El Nigromante, ya que Guillermo Prieto (Ciudad de México, ¿febrero 10 de 1818?-marzo 2 de 1897) gozó de muy cercana amistad con Ramírez (juntos fundaron el diario Don Simplicio, en 1845), al grado de Arellano asegurar en las páginas de la presentación:

“Este sencillo trabajo –y espero que también ameno— se lo dedico al egregio Guillermo Prieto Pradillo, tan olvidado en estos tiempos modernos y que fue el mejor y más sincero amigo que tuvo Ignacio Ramírez Calzada, El Nigromante.”

A continuación, por cortesía del autor, ofrecemos para nuestros lectores el discurso que leyó Ignacio Ramírez, cuando tenía 19 años de edad, para ingresar a la Academia de Letrán, el 18 de octubre de 1836, tomado del capítulo tercero, “La Academia de Letrán”, y que reproducimos fragmentariamente a continuación.

Discurso a la Academia

Uno de los momentos más sublimes de las letras mexicanas fue la constitución de la Academia de Letrán (1836), que llegó a ser el Olimpo de las mentes futuristas y más talentosas de nuestro naciente país. Para entender el impacto de tal institución en nuestra cultura baste mencionar que la realidad del país en que vivieron esos grandes pensadores nacionales era desastrosa. […]

La mecánica interna de la Academia de Letrán era muy sencilla: el candidato en cuestión se presentaba y le manifestaba a José María Lacunza, a Manuel Toussaint Ferrer o al mismo Guillermo Prieto su deseo de ingresar a la institución, y que para tal efecto sometía a su consideración una poesía, un escrito literario, una composición de carácter político o sobre temas filosóficos, que podría ser la consagración o el sepulcro de un aspirante, dependiendo de su profundidad y calidad. […]

Como una consideración poco común, Andrés Quintana Roo invitó a Ignacio Ramírez a sentarse junto a él… Todo parecía ordinario, hasta que Ignacio Ramírez sacó de su saco un rollo de papeles de variados tamaños y colores, algunos impresos por un lado, otros en forma de tiras, como recortes de moldes de vestidos o avisos de toros y de teatro. Acomodó los recortes de papel y se puso de pie para leer el título de su composición, y con voz segura e insolente anunció:

“No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”. Los presentes se quedaron petrificados por la impresión; pero Quintana Roo, acostumbrado a los altos vuelos del poder y de la literatura, le respondió de manera cortés:

“No lo escuché, ¿qué dijo usted?”. Ramírez le repitió el título de su ponencia […] Desde ese momento Ramírez se convirtió en el ícono de la sabiduría nacional, a tal grado que incluso Diego Rivera lo inmortalizó en 1947 en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda central, que sufrió la hipócrita censura del clero católico y de la alta suciedad de ese tiempo quienes pidieron que no se exhibiera ese mural blasfemo, en el que aparece Ramírez con un pergamino en las manos con la frase:

“Dios no existe”, que por cierto nunca dijo El Nigromante […] El incendiario discurso decía:

No hay Dios. Los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos. El día de hoy me siento muy honrado por la oportunidad de deliberar y afligir a las almas puras, así como los pensamientos de los hombres más prodigiosos o portentosos de la nación mexicana. […]

Entre los pueblos de la antigüedad, la naturaleza era la deidad suprema, porque de ella recibían todos los satisfactores posibles, no había discordias… para todos alcanzaba. Pero cuando los hombres se volvieron sedentarios y, por ende, capitalistas, el caos imperó en las culturas occidentales. Roma distorsionó la realidad imperante y la parasitaria Iglesia Católica inventó el diezmo para vivir apaciblemente del trabajo ajeno y acumular riquezas materiales. No producían nada ni tampoco aportaron nada útil para sus fines que la creación del concepto aterrador del “infierno”, lugar a donde a donde llegaban los hombres comunes y sin sotana, cuando no trabajaban “por la grandeza del Señor”.

Nos desviamos del tema principal y divagamos procurando entender cómo la religión católica y los judíos nos impusieron, mediante fábulas, a un Dios vengador y de una crueldad inaudita. La existencia de la deidad en la humanidad se ajusta a las necesidades colectivas relacionadas con la sobrevivencia individual. La interpretación de la vida de Jesús que nos ha impuesto la gran sociedad mercantil [el clero]es falsa. Él fue divino, humilde y pobre. Su pensamiento nunca fue un instrumento mercantil asociado a la fe, y por ende, la imagen de Dios, impuesta por el clero católico está totalmente distorsionada, como un espejo deformado que refleja a un monstruo abominable. La materia siempre es indestructible y eterna, por ende, presumimos que nunca existió un Dios creador. Desde la época de Dionisius Exiguus (Dionisio el Exiguo) se sabe que el universo es algo increado y las almas son energía luminosa que adopta diversas formas materiales a través de la reencarnación. Es, por lo anterior, que en vidas futuras el ponente podría adoptar formas tan diversas como la de un burro o la de un ave canora, en el mejor de los casos…

Cuando la religión católica deformó las creencias fundamentales de Jesús, ese clero mercantilista asesinó a la deidad de manera permanente. Todo sea por la bonanza de los siervos del Señor. […]

Entonces progresamos en nuestras deliberaciones filosóficas y nos preguntamos ¿La Iglesia Católica, es entonces: Credo, religión, empresa mercantil o una cooperativa con fines comunes? Ninguna de las respuestas nos satisface. Porque creer en un solo Dios nos convierte en personas intolerantes y en enemigos de los no iguales, la soberbia se puede apoderar de nosotros y pueden surgir de inmediato las tiranías teocráticas y su socorrido derecho divino. Toda verdad es relativa, ya que son muchas las verdades y nada es absoluto, como son las ciencias y las matemáticas. Los filósofos proscritos nos hablaban de que el universo se sostiene por sí mismo y, por ende, ya que el mismo Jesús lo describe magníficamente con la frase: “Dichosos los que creen sin ver”.

El hombre desvirtuó la existencia de la deidad suprema cuando inventó diversas religiones en las que sus elementos de éxito estaban sustentados en el terror y en la manipulación colectiva en beneficio de una élite parasitaria, que ha destruido naciones enteras. En el Oriente y en el continente africano las religiones y los pueblos autóctonos vivieron armónicamente hasta la llegada de la madre de Constantino, el emperador de Roma, que además de destruir los vestigios de los lugares santos, propició, siglos después, las llamadas Cruzadas, que prefirieron destruir ciudades emblemáticas, como Jerusalén, y matar a pueblos inocentes antes que bautizarlos en la nueva fe. El fraude más grande de la historia de la humanidad es considerar a algunos hombres comunes como intercesores de la divinidad. La historia universal nos ha enseñado que el ser cura no lo hace a uno divino o santo, ni es garantía de solvencia moral y espiritual. No hay uno solo de ellos que no peque de vanidad o de soberbia, pues siempre nos dicen: “Nosotros con Dios y ustedes con el diablo pecador”. […]

Señores: Sin ser pesimista, ¡esta es la revolución que llega y que proclamo! Las capillas de las iglesias están llenas de hombres comunes que la sociedad mercantil denomina como “santos” que en realidad eran seres comunes, llenos de desvaríos, alucinaciones, iluminaciones y dudas espirituales, que han desplazado a Jesús y a la deidad suprema a un plano secundario. También, el concepto absurdo de la santidad distorsiona el término de “deidad” porque ningún hombre es perfecto, ni tiene cualidades extraterrenales, ya que es contrario a su naturaleza intrínseca.

Lo anterior no es blasfemia, sino solo la aplicación del sentido común.

Ningún hombre ordinario se puede transformar en algo divino, ni tampoco se puede convertir en un intercesor del Supremo Arquitecto. A estas alturas de mi ponencia, muchos desearán seguramente mi muerte súbita o mi ejecución pública. En mi cuerpo no existe, creo, ninguna gota de sangre de Martín Lutero, según afirman mis afligidos padres, soy un hombre de ciencia sincero, soy un hombre libre, que desea ver a todos los ciudadanos felices y nunca más atemorizados por el derecho divino. Soy otro ciudadano común que espera verlos convertidos en hombres ilustrados y que dominen las ciencias. Es un hecho que no el tiempo existe, ya que los relojes y sus mecanismos prodigiosos son un producto terrenal, basado en la ingeniería común, como un capricho de las civilizaciones modernas que programan el trabajo colectivo. Los dioses universales no podrían existir sin la humanidad; el hombre, en este siglo de desilusiones y de progreso, solo requiere de constituciones apropiadas y no de evangelios o biblias que cesen el pensamiento racional y el progreso colectivo.

Depende de cada individuo el creer o no en la deidad; siempre o generalmente, Dios habita en el corazón de cada ser humano, y en caso contrario, de plano no existe para esa persona. El clero ha mutilado el concepto de las deidades y de la decepción extrema nos cobijamos en la madre naturaleza; el fanatismo eclipsa la fe y la devoción del hombre. Las ciencias nos consuelan en nuestra decepción por el abandono de la cruel divinidad. No podemos creer en ninguna divinidad que permite la destrucción del hombre y de las grandes civilizaciones, como fue nuestro antiguo imperio azteca.

El reto más grande de las deidades universales será el progreso científico de la humanidad en los siglos venideros, el pensamiento racional y los ateos surgidos de la Independencia mexicana, que hemos depositado nuestra fe en el ciudadano común. ¿Acaso el hombre no fue hecho a imagen y semejanza de Dios? Todavía nadie me ha podido responder de dónde surgió el ridículo término de infalibilidad papal que ha generado guerras y muerte en todo el mundo.

Sólo me resta preguntar a los presentes: ¿El hombre creó a la divinidad, o Dios creó al hombre? ¿Acaso las enseñanzas divinas fracasaron? Porque tres siglos de coloniaje y explotación solo nos han traído a los mexicanos más miseria y explotación. Yo he buscado afanosamente la presencia de Dios en el corazón de los hombres y no encuentro a ningún conservador centralista digno de ser elevado a los altares de la Patria por ser un redentor del pueblo pobre. Ni tampoco veo virtud en los ciudadanos que no pugnan por el bien común, que solo ven por sí mismos y no por otros en peor situación que la propia.

La máxima que nos enseñaron los conquistadores fue que no debemos esperar que ninguna divinidad venga en nuestro auxilio, los mexicanos siempre estaremos solos. Nuestro progreso y el anhelado sustento nos lo hemos de ganar con el sudor de nuestra frente, como todos los otros seres de la naturaleza. Es por eso que reitero que los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos… sean o no blasfemos mexicanos.

¡He dicho! [Rayones y dibujitos varios].

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