El oso, el rey destronado

OAXACA, Oax. (Proceso).- En mis recuerdos de niño no creo haber visto un oso de peluche, en casa no había ninguno, lo más cercano que tuvimos a un peluche fue un tejón disecado.

Este tejón era nuestro juguete favorito a la hora de pelearnos, unos tomaban almohadas como armas y otros al tejón disecado, y cada tejonazo dolía mucho; al final de cuentas el animal perdió todos sus pelos y de la cola de donde lo sujetábamos quedó solo un alambre.

Del libro El oso. Historia de un rey destronado, de Michel Pastoureau, selecciono algunas líneas.

El oso era el animal más fuerte, en Europa algunas ciudades llevan el nombre de Oso como Berna o Berlín, me llama la atención este dios destronado porque la Iglesia vio con temor la presencia del oso por ser parecido al humano.

Para los campesinos era muy importante cuando el oso salía de su madriguera, después de haber invernado, eso quería decir que el tiempo iba a mejorar.

En el libro también se puede leer: que en zonas rurales de la Galia y luego de Francia, donde el recuerdo del oso seguía muy vivo, esta fiesta se llamó a menudo, desde el siglo XII al siglo XVIII, no la Candelaria, sino la “Candel-Oso”, un término popular que asocia en una misma palabra el recuerdo de los antiguos cultos rendidos por esas fechas al fuego y a la luz, al retorno de la fertilidad y sobre todo al oso, que salía de su hibernación.

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Por eso mi estudio empezará mucho antes del cristianismo, en el corazón de la Prehistoria, cuando los osos y los hombres del Paleolítico compartían los mismos territorios y las mismas presas, a veces las mismas cuevas y sin duda los mismos miedos. Por el otro extremo, se prolongará más allá de la Edad Media, para intentar descubrir lo que ha sido el destino del oso una vez depuesto de su trono: privado de todo prestigio, transformado en un animal de feria o de circo, a menudo humillado o ridiculizado, continuó ocupando no obstante un lugar de primer plano en el imaginario de los hombres. Al hacerlo, volvió a convertirse poco a poco en objeto de sueños y fantasmas; y en el siglo XX tomó su revancha transformándose en un verdadero fetiche: el osito de peluche. Parece que entonces se cierra el círculo y el oso vuelve a ser lo que había sido 30 000, 50 000 u 80 000 años antes de nuestra época: un compañero del hombre, un pariente, un ancestro, un doble, tal vez un dios o una divinidad tutelar.

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El oso y las mujeres

Una creencia antigua, que la Edad Media heredó por diferentes vías y que transmitió a la época moderna, hace del oso macho un gran aficionado a las muchachas y mujeres jóvenes. A veces amoroso o seductor, más a menudo ladrón y violador, las rapta, se las lleva a una caverna y mantiene con ellas un monstruoso comercio carnal del que a veces nacen seres medio hombres medio osos. La mitología griega conocía estos raptos de mujeres por parte de los osos, pero no es muy prolija sobre el tema. Prefiero disfrazarlo, como en los rituales de Brauron, en los cuales las niñas ofrecían sacrificios a Artemisa, diosa de los osos, o bien disimularlo, como en la historia del rapto de Helena por parte de Paris. Es cierto que el joven arrogante y hermoso, hijo de Príamo y Hécuba, no se parecía en nada a un oso; pero recordemos que cuando nació fue abandonado en el bosque, en el monte Ida, y que lo amamantó una osa. Esta leche animal le confirió una naturaleza más o menos ursina y, ya adulto, como hacen la mayoría de los osos machos en los relatos mitológicos, raptó a una joven, la más bella del mundo, y la convirtió en su compañera. El rapto de Helena se desarrolló sin violencia, pero fue efectivamente un rapto, que provocó la ruina de Troya.

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Hay que declarar la guerra a todo aquello que pueda darlo a entender, especialmente cuando se trata de un animal que, como el oso, presenta una peligrosa semejanza con el hombre. Esto incluye, desde la época carolingia hasta el principio de la Edad Moderna, todos los rituales lúdicos o festivos que implican el contacto físico con un oso o el disfrazarse un hombre de oso. El arzobispo de Reims Hincmar (845-882), por ejemplo, en una famosa pastoral de los años 852-853, denuncia vigorosamente entre otras prácticas “los juegos inmundos con un oso” (turbia joca cum urso) y pide a los obispos de su provincia que no toleren en ningún caso semejantes ignominias.

Unas décadas más tarde, Adalberón, obispo de Laon, denunció también –a pesar de su nombre claramente ursino– los juegos y las mascaradas en las que los hombres se disfrazan de osos o bailan con osos.

Y hasta el final de la Edad Media, o incluso más tarde, los prelados no se cansarán de repetir, sin ser realmente obedecidos, que un buen cristiano no debe “hacer el oso”.

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Había hombres que se cubrían con pieles de oso, se transformaban en osos machos y fingían raptar a chicas o mujeres jóvenes y luego copular con ellas. Atestiguados en la archidiócesis de Reims en época carolingia, documentados en los valles alpinos a partir de los siglos XIV y XV, estos juegos y simulacros todavía se hacían, de forma folclorizada, en algunas regiones pirenaicas a finales del siglo XX, para gran satisfacción de los etnólogos. El problema, claro está, es evaluar cuánto puede haber sobrevivido de las prácticas medievales en esos juegos modernos, más o menos artificiales y excesivamente mediatizados. Probablemente nada.

Muy pronto –ya en el siglo V–, la Iglesia trató, pues, de cristianizar la fecha del 2 de febrero, en la que los rituales paganos parecían más vivos y más transgresores que en cualquier otro momento del año.

Sobre todo porque el fin de la hibernación del oso no era lo único que se barajaba. El recuerdo de las lupercales romanas y los ritos de fecundidad que las acompañaban a mediados del mes de febrero no habían desaparecido del todo, al menos en las tradiciones cultas; como tampoco había desaparecido quizá la gran fiesta de Proserpina, la diosa romana de los infiernos, que solía celebrarse a principios del mismo mes. Pero en toda Europa del Norte y del Noroeste lo que se celebraba con distintos rituales era sobre todo el final del invierno y el retorno de la luz. Entre los celtas, por ejemplo, tenía lugar una gran fiesta el 1 de febrero, la fiesta Imbole, para glorificar a una diosa madre de nombre variable; la Iglesia puso ese día la fiesta de santa Brígida.

El día siguiente, el 2 de febrero, para sofocar todos los cultos y ritos paganos relacionados o no con el oso, lo dedicó a dos fiestas cristianas asociadas a la vida de Cristo y a la de la Virgen: la presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de María.

Y sin embargo, una vez más, no fue suficiente. No sólo no desaparecieron completamente las prácticas y creencias populares relacionadas con el fin del periodo de hibernación del oso, ni mucho menos, sino que las fiestas para celebrar el retorno del sol y de la luz siguieron estando muy presentes en el mundo rural septentrional.

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De hecho, el oso, antiguo rey de los animales, ancestro o pariente del hombre en numerosas culturas, es un animal al que sólo le quedan pocas décadas de vida, al menos en estado salvaje. Pese a todas las medidas de protección que se han tomado desde hace un cuarto de siglo, tanto en Europa como en América o en Asia, su desaparición parece programada, tanto si es pardo, como si es blanco o negro. Acerca de este problema trágico, las cifras son a la vez elocuentes e irrisorias. Además son controvertidas, lo cual le añade una dimensión lamentable a una constatación terrorífica.

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El oso no es un animal como los demás, no nos cansaremos de repetirlo, y el osito de peluche, como sus diversos avatares, difiere de todos los demás juguetes.

Como han demostrado los trabajos de psicólogos y sociólogos, el oso es el depositario de los primeros olores que el bebé reconoce y que le gusta reencontrar. Además, favorece su despertar a la sensualidad táctil: tocar, besar, chupar, y hasta de sadismo: pellizcar, tirar, retorcer, morder. El osito de peluche es el primer objeto que el niño domina totalmente, puede hacer con él lo que quiera, llevárselo adonde quiera, a la escuela, al hospital o de colonias. Puede torturarlo o destruirlo sin tener que dar cuentas a nadie.

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En realidad, los hombres y los osos siempre han sido inseparables, han estado unidos por un parentesco que ha pasado progresivamente de la naturaleza a la cultura, y que se ha mantenido incluso en la época contemporánea. Tanto es así que cuando Neil Armstrong y sus dos compañeros volaron hacia la Luna en julio de 1969, los acompañaba un oso. No un oso vivo, de carne y pelo, sino un oso de peluche, símbolo de una larguísima historia que empezó en la Tierra hace decenas de miles de años y continuó en la Luna, en el umbral de la eternidad.

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Del libro El oso. Historia de un rey destronado, de Michel Pastoureau.

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Menomini: el sol cogido en el cepo

Una familia de indios comprendía 6 personas: el padre, la madre, sus cuatro hijos –tres varones y una muchacha–. Tres días consecutivos los hermanos salieron de caza: volvieron con un oso, el padre reclamó dos; luego dos, el padre reclamó tres; luego tres, el padre reclamó cuatro… mientras que el benjamín permanecía en casa, los dos mayores volvieron pues a ponerse en campaña y los osos los hicieron prisioneros. El padre y la madre partieron en su busca; murieron, víctimas de los osos.

El benjamín de los hermanos quedó solo con su hermana pequeña. Quiso dar con sus hermanos mayores, llegó con los osos, que exterminó por el fuego gracias a la ayuda que obtuvo de la hermana de las fieras, cuya actitud era cuando menos ambigua. Y devolvió la forma humana a sus hermanos, que los osos habían cambiado a medias en animales.

En recompensa de aquella proeza, la hermana del héroe le hizo un hermoso abrigo de castor que bordó con púas teñidas de varios colores. Pero un día que el muchacho dormía a pleno sol, el ardor de los rayos estropeó el abrigo. Furioso, pidió un pelo púbico a la hermana, confeccionó con él un lazo y capturó al sol, que fue medio estrangulado. La noche se extendió sobre la tierra. Diversos animales acudieron al llamado del astro, que el ratón consiguió por fin liberar (Hoffman, pp. 175-182).

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Del libro El origen de las maneras de mesa, de Claude Lévi-Strauss.

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El proyecto de los osos de peluche

Hace quince años, Ydessa Hendeles (1948) expuso tres mil fotografías que tenían una sola cosa en común: todas mostraban osos de peluche, la mayoría junto a sus dueños. Hendeles encontró las fotografías en álbumes familiares de distintos países. Y con ellas construyó un universo alterno en el que todo el mundo tiene un oso.

Hendeles organizó las fotos en diferentes tipologías en las que diferenció, por ejemplo, las personas retratadas, las poses que utilizaron, o el lugar donde fueron fotografiadas. Si esta manera de organizar una exposición recuerda más el trabajo de una curadora que el de una artista, quizá sea porque Hendeles empezó como galerista en Toronto (Canadá), organizando exposiciones de arte contemporáneo en los ochenta.

Ella escribió un ensayo para el catálogo de la exposición, en éste describe los orígenes del oso de peluche, conocido en los países de habla inglesa como Teddy Bear. El oso de peluche está asociado con el entonces presidente de los Estados Unidos, Theodore Teddy Roosevelt por una caricatura de 1902, publicada en el Washington Post, que muestra a Roosevelt perdonándole la vida a un oso. Poco después, una tienda en Nueva York aprovechó la publicidad para vender osos de peluche que llamó Teddy’s bear (el oso de Teddy).

También menciona que el oso de peluche es un símbolo de consuelo. La Cruz Roja, por ejemplo, frecuentemente regala osos a niños afligidos. En Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno intentó proteger a más de dos millones de niños, desalojándolos de las ciudades y enviándolos a lugares más seguros. Los niños viajaron con muy pocas de sus pertenencias. Sin embargo, podían llevar sus osos de peluche por ser considerados una “necesidad y no un lujo”. Los osos también aparecen en momentos de grandes tragedias: en 1912, después de que se hundiera el Titanic, se hizo una edición especial de osos negros para conmemorar a los pasajeros que murieron.

Aunque en las imágenes de la exposición todas las personas tienen un oso de peluche, Hendeles afirma que su proyecto es “discriminatorio”; pues los osos se convirtieron en “un pasaporte para este archivo”. ¿A cuántas personas, retratadas sin osos, excluyó para hacer este proyecto? Esta pregunta es más sugerente cuando se sabe que Hendeles es hija de dos sobrevivientes del holocausto y que en el 2003 montó las fotografías en un edificio de los años treinta, construido por el Tercer Reich –considerada la primera estructura monumental de la arquitectura nazi–.

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* Por Daniel Brena.

The Teddy Bear Project (El proyecto de los osos de peluche) de Ydessa Hendeles se ha exhibido en varias versiones desde el 2002. El año pasado la pieza formó parte de la exposición The Keeper (El coleccionista), en el New Museum, en Nueva York. Brena consultó el catálogo de esa exposición para realizar este texto.

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