“Y retiemble en sus antros la tierra…”

San Luis Potosí, SLP (Proceso).- Al parecer, no existe otra ciudad en el orbe que, como ésta, haya bautizado con tanto orgullo a una de sus principales avenidas y a una colonia entera con el nombre de Himno Nacional. ¿Y por qué hubo de hacerlo?, podemos preguntarnos, pues porque aquí nació Francisco González Bocanegra, el indudable autor de la letra de “nuestro” himno patrio. Pero, ¿por qué utilizamos el adjetivo indudable y las comillas?… Vayamos por partes para responder esta delicada cuestión, ya que en ella yacen los cimientos, tanto de nuestra menoscabada soberanía como de nuestra turbia conciencia nacional.

Para empezar, hemos de remontarnos al momento en que el Oficial Mayor del Ministerio de Fomento, por instrucciones de Su Alteza Serenísima, Antonio López de Santa Anna, emite la siguiente convocatoria:

“Deseando el Excmo. Sr. Presidente que haya un canto verdaderamente patriótico, que adoptado por el supremo Gobierno, sea constantemente el Himno Nacional, ha tenido a bien acordar que por este ministerio, se convoque un certamen, ofreciendo un premio, según su mérito, a la mejor composición poética que sirva a este objeto y que ha de ser calificada por una junta de literatos nombrada para este caso. En consecuencia, todos los que aspiren a tal premio, remitirán sus composiciones a este ministerio en el término de veinte días, contados desde el de la primera publicación de esta convocatoria, debiendo ser aquellas anónimas, pero con un epígrafe que corresponda a un pliego cerrado con el que se han de acompañar y en el que constará el nombre de su autor, para que cuando se haga la calificación, sólo se abra el pliego de la composición que salga premiada quemándose las demás. ‒Otro premio se destina en los mismos términos, a la composición musical para dicho himno, extendiéndose la convocatoria a los profesores de este arte, advirtiendo que para éstos el término es de un mes, después del día de que se publique oficialmente cuál haya sido la poesía adoptada, para que a ella se arregle [el subrayado es nuestro]la música. México, Noviembre 12 de 1853. Miguel Lerdo de Tejada.”

Los resultados del certamen son por todos conocidos, sin embargo, es necesario consignar antecedentes, así como explicar el subrayado que acabamos de hacer, puesto que en él se esconde un dato primordial que vendría a funcionarnos como quid de una presunta ilegitimidad que no estaría por demás ventilar; de ahí también las comillas previas aplicadas a “nuestro” himno al referirnos a la obra musical, más allá del hecho de que su autor fue un catalán que no llegó a México para ejercer como compositor, sino como inspector de bandas.

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Constatamos entonces que habían transcurrido 32 años ‒desde que surge el México Independiente‒ para que un mandatario se decidiera a oficializar la creación de un himno “verdaderamente patriótico”. Pero, ¿es creíble que en ese tiempo no hubiera habido un emblema sonoro que realmente unificara los sentires patrios?… No sólo es creíble, sino que ratifica la mencionada turbiedad de la conciencia nacional, junto a la estulticia e insensatez que ha sido norma ‒con pocas excepciones‒ en nuestros dirigentes. Aclaremos el punto, aún a riesgo de tener que reírnos para acallar esa vergüenza endémica que nos aqueja como mexicanos. Hasta donde sabemos, hubo 9 intentos, uno peor que otro y a cuál más oportunista; e intercalados aparecieron trozos de ópera como músicas aptas para los actos oficiales (Santa Anna pedía la obertura Semiramis de Rossini[1] y J. J. Herrera la de Poeta y campesino de Suppé, por ejemplo). No obstante, es de aclarar que consumada la Independencia, al gobierno sólo le interesó definir la bandera y el escudo, dejando de lado el himno (durante la entronización de Iturbide, por citar un caso, se entonó la oda al espíritu santo Veni Creator)[2]. Mas tornemos al punto: En 1821, José Torrescano escribió una marcha durante el Sitio de Querétaro, pero sus versos eran demasiado antiespañoles y se desechó. En 1822, J. M. Garmendia coligió otra que fue vetada por su lambisconería; su letra decía: “A las armas valientes indianos, el partido seguid de Iturbide…”

Hacia 1844 apareció otro panegírico musical a cargo de un cierto Eusebio Delgado, celebrando abyectamente las victorias de Santa Anna. Fue rechazado de inmediato. Cinco años después, la Academia de Letrán encabezó la justa en la que triunfó la letra del gringo David Bradburn sobre la marcha “nacional” creada por el austriaco Henri Herz.[3] Tampoco tuvo éxito. En 1850, el arpista francés N. Ch. Bochsa compuso otra marcha “mexicana” sobre un poema del cubano J. M. Lozada, pero la propuesta no fue bien acogida. Su letra resultó banal y demagoga: “Mexicanos, alcancemos el canto, proclamando la hermosa igualdad, que los cantos repitan el eco. Libertad, libertad, libertad.” En ese mismo año, el italiano Barilli se sumó a los intentos y sucedió lo mismo con el checo Maretzek en 1851: ambas obras fueron inocuas. En 1853, otro extranjero consiguió hacer oír su himno “nacional” en el Teatro Santa Anna, mas la recepción fue tibia. Se trató de un oportunista italiano llamado Inocencio Pellegrini. Y por último, surgió a finales de ese año otra loa con la música de un tal Infante, quien no dudó en alabar las gestas santannianas.

Para concluir con los antecedentes, es menester que asentemos que a la hora de desarrollarse la convocatoria ya estaban afincados en México tanto Jaume Nunó como Giovanni Bottesini; ambos contratados en Cuba por Santa Anna, durante uno de sus exilios. El primero en calidad de Inspector de Bandas militares y el segundo como Director del Teatro Santa Anna ‒viajó con su compañía de ópera en la que actuaban cantantes de fama mundial‒ y como encargado de fundar un Conservatorio a la italiana. Dicho sea de paso, era el contrabajista más formidable de su época.

Así pues, quedando como vencedora la letra de Glez. Bocanegra y faltando aún un mes para que concluyera el plazo para la entrega de la música, Bottesini se asumió como el único compositor a la altura del cometido ‒probablemente lo era‒ y se adelantó a escribir su himno y a programar su estreno. Fue así que el 17 de Mayo de 1854 se escuchó por vez primera la entonación de los versos del potosino sobre la melodía del italiano. Es de mencionar que el estreno en el Teatro Santa Anna contó con la participación de eminentes voces, entre éstas la de Henriette Sontag quien, entre otras distinciones, había sido elegida por Beethoven para estrenar su Novena sinfonía… Como colofón de esa ejecución “ilegitima” ‒S. A. S. no estuvo presente‒ hay que decir que días después, a la Sontag y a varios miembros de la compañía se les rindió un homenaje en Tlalpan en el que pillaron el cólera. El entierro masivo avino en el panteón de San Fernando, una semana más tarde.

Como podemos suponer, el ardid de Bottesini causó malestar entre los demás concursantes dando como resultado que se viera obligado a someter su composición al juicio del jurado calificador. Lo demás ya lo sabemos: a Nunó se le confirió el premio ‒300 pesos, que habrían de robarle unos maleantes camino a Veracruz, cuando huía de México por las redadas que estaban organizando los detractores de Santa Anna‒ y el estreno oficial del Himno Nacional se verificó el 15 de septiembre de 1854, otra vez en el Teatro Santa Anna ‒quien sí se dignó comparecer‒ y nuevamente con la compañía de Bottessini y sus cantantes sobrevivientes. Claudia Fiorentini y Lorenzo Salvi, de solistas.

Mas no acaban aquí las vicisitudes ‒nos faltó agregar que Glez. Bocanegra también temió por su vida y que eso lo orilló a esconderse en un sótano donde pescó el tifus que lo llevó a la tumba‒, de hecho, después se magnifican. El himno nuniano no gozó de inmediata popularidad ‒tendría que ser el general Zaragoza quien lo legitimara entonándolo antes de la Batalla del 5 de mayo de 1862‒ y al momento de reinstaurar la República en 1867, Juárez lo vetó consintiendo que la Sociedad Filarmónica Mexicana se encargara de la creación de uno nuevo, compuesto ahora sí por un mexicano ‒este fascinante episodio será objeto de un texto posterior‒ y donde no se ensalzara a ningún vendepatrias como Santa Anna (fue entonces cuando se censuró su cuarta estrofa).

No obstante, fue durante la dictadura de Porfirio Díaz cuando se rehabilita la obra de Nunó, ninguneándose la voluntad de Juárez, y hacia 1922 tiene lugar la consolidación final del himno a cargo de una comisión en la que figuró el potosino Julián Carrillo. Es ahí cuando se decide alterar el tercer verso del coro, sustituyendo los antros que escribió Glez. Bocanegra por los “centros” terrenales y cuando se restablece la tonalidad original (se había bajado un tono y medio para facilitarlo; de Do Mayor volvió a Mi bemol Mayor).

Y aún nos falta un golpe de escena: Carrillo aseguró haber recibido una carta del Sr J. N. Villalobos en la que le especificaba ‒con santo y seña‒ que la música del himno era un mero arreglo de Nunó sobre una marcha compuesta e instrumentada por el músico francés François Chenal, quien estuvo en Puebla en esos años y que, por ende, su labor había sido, nada más, la de aplicarle la letra del potosino.[4] Dicha carta habría de localizarse en el archivo de Carrillo que se amontona en el Museo que lleva su nombre en esta urbe. Lamentablemente sigue cerrado y varias fuentes afirman que, cual si fuese un antro de la mina de Potosí, ya empezaron a desaparecer objetos, una medalla de oro se cita en primer término… ¡Qué retiemble en su centro nuestra honrosa historia patria!

[1] Se aconseja su escucha. Audio 1: Gioachino Rossini – Obertura de la ópera Semiramide (National Philharmoia Orchestra. Riccardo Chailly, director. DECCA, 1985)

[2] Se recomienda su audición. Audio 2: Himno al Santo Spirito Veni Creator. (Coro de la Basílica de la Inmaculada Concepción, Potosí. René Torrijos, director. APAC, 2001)

[3] Acuda a esta liga para escucharlo, nada más en su versión a piano solo: www.youtube.com/watch?v=C4x8QZp5P_g

[4] La información de la carta la proporciona Jesús Galindo y Villa en su docto ensayo sobre el Himno Nacional que le publicó en 1926 el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía. (J. Galindo y Villa, 1926, p. 68).

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