Vestigios

Al dottore Rafael Pérez-Taylor, con devota amistad

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Pese a su riqueza arquitectónica, sus tesoros artísticos, la relevancia de sus trazas, sobre todo medievales, y su intensa vida cultural, la ciudad de Macerata, en el este de Italia, no figura como meta turística. No obstante, son muchas las delectaciones y sorpresas que aguardan a aquellos ‒hemos de incluir aquí, especialmente, a turistas mexicanos‒ que se decidan a visitarla.

Digamos, para ingresar en el casco urbano, que el esplendoroso asentamiento humano tiene sus orígenes entre los siglos Tercero y Segundo A. C. y que todavía sobreviven huellas romanas. Entre éstas, un teatro que podía albergar a dos mil espectadores. Subsiste también un puente del siglo II que atraviesa el río Potenza. Ya entrados en la Edad Media, hay que subrayar la fundación de su Universidad en 1290 ‒una de las más antiguas del mundo‒ y la erección de sus primeras iglesias; son de citar Santa María della Porta comenzada en el año 990 y San Francesco del 1316.

Hacia mediados del Siglo XV se construyó su muralla defensiva y su catedral. De ésta cabe mencionar que está dedicada a San Giuliano y que sufrió modificaciones neoclásicas. Del santo se conserva un brazo que es visible dentro de una urna de plata, flanqueada de candelabros. Si se observa con atención, uno de los candelabros porta un sello minúsculo que nos concierne. En él se lee: La Valenciana, Méjico.

De esta guisa podríamos continuar con la visita, pero el tiempo impreso nos impone mayor celeridad. Soslayamos, entonces, los monumentos más representativos, los palacios y las bibliotecas. Con respecto a los museos hemos de contentarnos con uno solo. Elegimos al azar y, para nuestra fortuna, el seleccionado es el museo más grande del orbe en su tipo, es decir, es aquel que presume la colección más rica de pesebres. Ciertamente la publicidad cumple expectativas, ya que su cantidad es tal, que se necesitan varias horas para admirarlos todos con detalle. Entre las 4 mil figuras que conforman los 150 pesebres expuestos ‒el más antiguo data del Siglo XVII y entre las proveniencias más remotas está Japón y China‒ sobresalen dos que nos resultan familiares. Uno fue hecho en Puebla y el otro en Tlaxcala.

Antes de dirigirnos a la plaza central, nos concedemos una tregua. No nos queda lejos el pulmón de la pequeña metrópolis ‒olvidamos referir que su población apenas supera los 40 mil habitantes‒ cuyo título nos llama la atención: “Jardines Díaz”. Se trata de un maravilloso parque con la profusión imaginable de árboles, fuentes, flores y espejos de agua y su nombre deriva del general Armando Díaz (1861-1928), un destacado militar a quien le fue concedido el grado de Mariscal de Italia y Ministro de Guerra. Lo interesante del asunto es que la biografía del personaje señala que nació en Nápoles y que en sus origines familiares había un costado remoto español y otro más novohispano.

Así pues, desembocamos en la señorial plaza della Libertá donde el deleite estético nos sobrecoge. La armonía arquitectónica es digna de nota, pues sus diversos edificios son de épocas muy distintas y, no obstante, forman un todo que se unifica en sus sobre posiciones temporales. Por un lado está la medieval Loggia de los mercaderes, con sus amplios portales y, por otro, un palacio renacentista. Asimismo, resalta la presencia de una torre con un asombroso reloj planetario que data del 1485 y, junto a ésta, se yergue el magnificente teatro Lauro Rossi, mismo que merecería una dilatada visita, idealmente durante alguna representación de ópera o concierto, puesto que su acústica es espléndida.

Sin importar que no podamos escuchar ninguna ejecución musical, echarle un vistazo a su interior es obligatorio. Asentemos que estamos hablando de un recinto proyectado en 1765 por Antonio Galli da Bibiena (1697-1774),[1] quien llegó a considerarse como el más insigne arquitecto, tratadista y escenógrafo italiano de su época. En este teatro Galli sumó su experiencia profesional concibiéndolo como testamento arquitectónico,[2] por ende, cada detalle de su construcción lleva su amorosa impronta. Tres elegantes ordenes de palcos, una suntuosa platea circundada de estucos, recubrimientos pintados a mano en tonalidades azul-plata y verde-oro, amén de su forma perfecta de campana hacen de él una joya que se sitúa en el summum del teatro all´italiana modelo.

Pero podemos preguntarnos, ¿quién fue Lauro Rossi (1810-1885)?… Evidentemente fue un músico oriundo de Macerata, el más célebre por supuesto, aunque la respuesta va más allá. Fue un compositor con una producción importante y un personaje de relieve en la vida musical italiana. Además de eso, se sabe que fue protagonista de una existencia plagada de aventuras. Con respecto a su obra, cabe anotar que enumera treinta óperas[3] y una discreta producción de música sacra. En lo referente a sus aventuras apuntemos, sucintamente, que no tuvo empacho en casarse con tres mujeres y que estuvo a la altura de su fama como “gigoló filarmónico”. Sin embargo, lo que nos interesa es que entre 1835 y 1843 decidió radicarse en México… cosa que casi le cuesta la vida.

¿Sabemos algo concreto de su estancia mexicana? Claro que sí, empero, es fundamental que acabemos de hacer el retrato escrito de su trayectoria para entender el calibre de su legado. Fue un alumno brillante del renombrado Collegio San Sebastiano de Nápoles ‒tuvo de condiscípulo a Bellini (1801-1835)‒, ciudad donde comenzó su carrera como compositor. Su ópera cómica La casa dishabitata se estrenó, nada menos que en el teatro Alla Scala de Milán en 1834, manteniéndose en cartelera y trascendiendo fronteras. En cuanto a su reconocimiento patrio baste consignar que fue director del conservatorio de Milán durante dos décadas y también del más prestigioso de Nápoles, donde ejerció la titularidad ocho años. Al conmemorarse el primer aniversario de la muerte de Rossini en 1869, fue Verdi (1813-1901) quien propuso que los mejores músicos italianos le compusieran una Messa da Requiem, siendo uno de los 13 compositores seleccionados.[4] Como datos ulteriores debemos referir que fue director de orquesta y empresario.

Tocante a la estada en nuestro país hubo una génesis memorable: la diva María Malibrán (1808-1836) ‒quien, por cierto, también estuvo en México acompañando a su familia entre 1827 y 1830‒ le encargó una ópera ‒Amelia‒ para su lucimiento no sólo como cantante sino, por única vez, como bailarina. El estreno abarrotó el teatro San Carlo de Nápoles, esencialmente por el morbo de los asistentes por la novedad dancística. Nadie le puso atención a la música y en el momento en que la diva comenzó sus piruetas la rechifla silenció todo. Humillado y con trabas para encarar el fiasco, Rossi aceptó ahí un contrato para dirigir una compañía italiana de ópera en la Ciudad de México.

Los primeros montajes en el Teatro Principal reportaron éxitos artísticos ‒realizó estrenos mexicanos del repertorio consagrado‒, mas no tanto comerciales. La precariedad monetaria se agudizó, a pesar de su empeño por ofrecer las mejores temporadas, para las que, incluso, compuso exprofeso ‒su ópera Giovanna Shore aquí la escribió y estrenó‒ hasta que la compañía se deshizo en 1838. Ante la desbandada de colaboradores se ciñó las gónadas y rearmó la compañía con elementos disímbolos, aguantando así un lustro más. En el ínterin contrajo matrimonio, tuvo presentaciones en Cuba y Nueva Orleans y estuvo al borde de la muerte al contraer fiebre amarilla en Veracruz. Llegaron a publicarse esquelas en la prensa mexicana. La siguiente anécdota podría darnos una idea de su templanza: horas antes del montaje en El Principal del Barbero de Sevilla, el barítono que encarnaba a Fígaro se dañó una pierna y Rossi, con presencia anímica pero voz agreste, lo sustituyó para no cancelar la función ante S. A. S. López de Santa Anna.

¿Hay más reflectores que encender?… Sorprendentemente, no todo se lo tragó la desmemoria y de esos ocho turbulentos años hay reminiscencias: en el Fondo reservado de nuestro Conservatorio Nacional yacen tres partituras inéditas. El autor de esta columna las localizó después de una ardua búsqueda. Destaca una obra cuya dedicatoria reza: “México, 27 de septiembre, 1837, misa solemne a tres voces y grande orquesta dedicada al Dottore José N. Aguirre en señal de aprecio por el Mo. Lauro Rossi”. ¿No sería imperativo exhumarla? ¿No habría que rescatar estos vestigios para que la valía de su autor brillara en México con la misma intensidad que lo hace en su tierra natal? ¿Por qué en Macerata refulgen las letras de su nombre y aquí se siguen marchitando…?

[1] De su autoría son, también, los teatros Comunale de Bolonia, Scientifico de Mántua y Fraschini de Pavía.

[2] El proyecto original de Galli fue adaptado y dirigido al final por Cosimo Morelli (1732-1812), quien fungiera de asistente.

[3] Se recomienda la audición de algunos fragmentos de su ópera cómica Il Domino nero, la única que está grabada. Audio 1: Lauro Rossi. Sinfonía de la ópera Il domino nero.(Orchestra Filarmonica Marchigiana. Bruno Aprea, director. BONGIOVANNI, 2002) Audio 2: Lauro Rossi – Scena e canzone spagnola de la ópera Il domino nero. (Chiara Taigi, soprano. Michele Porcelli, barítono. Orquesta, director y marca, ídem)

[4] La obra no logró estrenarse en su momento y sólo hasta 1970 se descubrió y fue estrenada. El Agnus Dei fue lo que le correspondió a Rossi.

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