A la caza de Al Baghdadi

El Estado Islámico –que dominó gran parte de Siria e Irak, aterrorizó al mundo con ejecuciones y atentados y atrajo a jóvenes radicalizados de Oriente y Occidente– ha perdido sus bastiones, sus hombres están en desbandada y su líder, Abu Bakr al Baghdadi, es objeto de una feroz cacería por parte de los ejércitos de Irak, Siria, Irán, Rusia y Estados Unidos. Pese a ello, los expertos aconsejan no dar por derrotada a esta organización. Mantiene la capacidad para llevar a cabo atentados contundentes. Los perpetrados recientemente en Barcelona serían apenas un aviso…

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El mundo tuvo miedo y los pueblos de Medio Oriente temblaron en junio de 2014 cuando Abu Bakr al Baghdadi instauró el califato –y se nombró califa– desde la mezquita al Nuri de Mosul, recién conquistada.

Su organización, el Estado Islámico (EI), había sido elocuente al demostrar su capacidad de avasallamiento y proclamaba su voluntad de someter al mundo al dominio de la versión más primitiva y brutal de las leyes del Corán.

Tres años después nadie sabe dónde está Al Baghdadi ni si está vivo o muerto. Entre sus huestes, el vacío de liderazgo provoca disputas que se saldan con ejecuciones. El EI –Dáesh, en árabe– está perdiendo su control territorial.

Moscú se ha querido colocar la medalla de haber terminado con el “califa”. Asegura que lo mató en un bombardeo sobre Raqa, la sitiada capital del EI. Pero los estadunidenses y otras agencias occidentales dicen que hasta no ver, no creer: faltan las evidencias. El viernes 1, el comandante de la coalición internacional antidáesh en Siria, el general Stephen Townsend, afirmó que “no creo que esté muerto” y “lo estamos buscando todos los días”.

Una de las principales agencias de noticias de Rusia, Interfax, pareció terminar con la duda en dos líneas, en una sección de “balazos” (notas muy breves), a las 11:37 (hora de Moscú) del 1 de agosto: “El jefe del servicio de inteligencia exterior (Sergey) Naryshkin no confirma la muerte del líder del EI al Baghdadi”.

Pero si no se confirma su muerte, tampoco su paradero. Como Osama bin Laden, perseguido desde 2001 hasta su asesinato por fuerzas especiales estadunidenses en 2011, Baghdadi, de 46 años, es ahora el enemigo fantasma que todos quieren cazar.

La noticia de que Naryshkin no podía confirmar la muerte de Baghdadi va contra la insistencia del gobierno ruso de que éste murió junto con 30 comandantes y 300 combatientes durante una reunión en el noreste de Raqa, ciudad que fue bombardeada por la aviación rusa el 28 de mayo. Fortalece, en cambio, la demanda estadunidense de pruebas, que se sustenta, además, en que dentro de Dáesh no han sido detectados indicios de que su jefe esté muerto o herido.

La destrucción de Al Nuri 

El minarete inclinado al Hadba, que con sus 45 metros de altura marcó el horizonte de Mosul (la segunda ciudad más grande de Irak) durante 800 años, desapareció la noche del 21 al 22 de junio pasado. Con él, fue destruida la histórica Gran Mezquita Al Nuri.

Bien conocida en la zona, saltó a las pantallas de la televisión global el 29 de junio de 2014 cuando Abu Bakr al Baghdadi –vestido con túnica y tocado negros, en una ceremonia de maneras medievales que se ajustaba al escenario del siglo XII que prestaba la mezquita– aseveró: “A vuestros hermanos mujaidines (guerreros), Dios les ha conferido la gracia de la victoria y la conquista”.

Eran palabras que no se asentaban en el aire: en unos cuantos meses, el EI se había apoderado de territorios desde Alepo, en el extremo occidental de Siria, cerca del Mediterráneo, hasta media Mesopotamia, en pleno centro de Irak, y amenazaba con marchar –con velocidad relámpago– sobre Bagdad y la capital regional kurda, Erbil. Con sólo 800 de sus hombres, había hecho huir a tres divisiones –30 mil soldados– del Ejército iraquí para tomar Mosul, y la brutalidad de su violencia registrada en videos de corto y largometraje, producidos con calidad profesional, había logrado lo mismo aterrorizar al público mundial que inspirar a jóvenes radicalizados en Oriente y Occidente.

Al Baghdadi se asentaba además sobre un rico territorio: miles de millones de dólares de los bancos de las ciudades tomadas, cientos de pozos de petróleo e incontables reliquias milenarias cuyo saqueo le permitió inundar los mercados clandestinos de piezas arqueológicas. El califato tenía recursos para hacer su guerra.

La diferencia entre Bin Laden y su antiguo seguidor, Baghdadi, era que éste se liberaba de ciertas estrecheces de la doctrina fundamentalista de la secta wahabi, que todavía obligan a Al Qaeda a luchar sin pretender erigirse en califato, que es la forma única de gobierno que indica el Corán, mientras no obtenga el consenso general de la umma (comunidad de todos los musulmanes).

Baghdadi se propuso dar un paso adelante al crearlo y proclamarse califa, aunque eso implicara exigirle sumisión absoluta al resto de los líderes islámicos del mundo, sean emires, reyes, presidentes o generales.

Cuando cayó el minarete al Hadba, la breve época de auge del califato estaba concluyendo en desastre: en Mosul, Dáesh ya sólo controlaba una pequeña parte del casco antiguo. El ejército iraquí y las fuerzas occidentales que lo apoyan se esforzaban en llegar a la mezquita para tomarla, conscientes del valor simbólico que tenía para los seguidores del EI en el planeta. Por eso, no fueron las tropas atacantes las que lo destruyeron, sino los mismos yijadistas, como quien quema la bandera propia para evitar que caiga en manos del enemigo.

Ausencia 

Advertido de un complot para asesinarlo, el profeta Mahoma y su acompañante, Abu Bakr, huyeron de La Meca en el año 622. Después de dos semanas de jornadas arduas y peligrosas –a las que se conoce como la Hégira-, llegaron a la ciudad de Medina, donde pudieron gozar de libertad para adorar a Dios. “No hay vida sin yijad (lucha santa), y no hay yijad sin Hégira”, escribió Baghdadi, casi 14 siglos después, en la revista de su organización, Dabiq.

Pero el “califa” estuvo ahí para encabezar la marcha hacia la gloria, no la hégira de sus huestes. Desde su épico discurso en la mezquita de Al Nuri, y mientras los drones de varios ejércitos rastrean aldeas y desiertos en su búsqueda, el “califa” no se ha vuelto a presentar en público.

La fuerza de Al Qaeda fue construida mediante un diseño de células autónomas dispersas, que toman guía de los discursos de los líderes y no de órdenes directas, para protegerse así del descontrol que provocaría el descabezamiento de su dirigencia.

En contraste, Baghdadi creó una estructura muy vertical en donde las instrucciones bajaban sin discusión ni dar lugar a interpretaciones. A nivel civil, en la medida en que han ido perdiendo territorio y se rompen los eslabones de mando, muchos seguidores han dejado de tener claro a qué autoridades deben seguir, y reaccionan con alarma.

La opacidad de Dáesh y sus miembros impide que la mayoría de los problemas internos sean conocidos, pero algunos llegan a salir a la luz.

El 4 de agosto, por ejemplo, el portal Iraqi News dio cuenta de que el Batallón Negro, un escuadrón de élite del EI, había ejecutado a un predicador de sus propias filas, a quien fueron a detener dentro de la mezquita de la población iraquí de Tal Afar, que tres semanas más tarde fue tomada por el ejército. La víctima, que fue quemada viva y se llamaba Abu Qutaiba, había cometido el error de advertirles a los fieles, en su sermón, que había un “impostor” que se trataba de hacer pasar por el “califa” y que pretendía “dividir a los mujaidines”.

Un menguado califato 

No hay indicios de dónde puede hallarse el perseguido líder, por cuya cabeza Wa­shington ofrece 25 millones de dólares. En un encuentro con reporteros, Townsend no expresó temores de que haya escapado de los territorios que todavía controla su organización. Aunque admitió que “no tiene idea” de dónde pueda encontrarse, supone que probablemente se refugió en el valle medio del Éufrates, al sureste de Deir ez Zor, en Siria, donde, según el militar, “el Estado Islámico dará su última batalla”.

Tras la caída de Tal Afar, el primer ministro iraquí, Hayder al Abadí, se congratuló por la “liberación” de la ciudad y les advirtió a los combatientes de Dáesh: “Donde quiera que estén, vamos por ustedes, y su única opción es rendirse o morir”.

Lo que el EI ganó en una guerra relámpago yijadista en un año, tardó dos en perderlo ante las distintas fuerzas enemigas. En 2014 llegó a controlar un tercio de Irak, pero ahora sólo conserva un bolsón en Hawija, ciudad 300 kilómetros al norte de Bagdad. Ese es el próximo objetivo del ejército iraquí, así como tres aldeas aisladas en la frontera con Siria: al Qaim, Rawa y Anna.

En Siria, el EI enfrenta dos ofensivas simultáneas: por el norte, las Fuerzas Democráticas Sirias, una coalición de kurdos y árabes que tiene el apoyo de Estados Unidos (a pesar de que Turquía las ha atacado por considerarlas una extensión de la guerrilla separatista kurda PKK), han tomado gran parte de la capital del califato, Raqa, y tiene rodeados a los yijadistas que resisten ahí.

Mientras que, desde el sur, tropas del ejército sirio –apoyadas por la aviación rusa y tropas de Irán, de la libanesa Hezbolá y de milicias iraquíes– emergieron hasta tomar la otra última urbe que estaba parcialmente en posesión del EI, la misma Deir ez Zor, el viernes 8. Desde ese punto hasta la frontera siria, donde se encuentra la mencionada aldea de Al Qaim es el valle medio del Éufrates, unos 160 kilómetros que constituyen la última banda continua de territorio en posesión del califato. Además de suponer que Baghdadi se esconde ahí, los estadunidenses creen que se concentran de cinco a 10 mil combatientes.

Sólo le quedan al EI en Siria un par de bolsones más, entre los que se encuentra el de la provincia de Idlib. Ésta hace frontera con Turquía, cuyas autoridades reportaron el martes 12 que centenas de desertores del Estado Islámico intentaban escapar hacia ese país y que algunos lo habían logrado, aunque muchos más habían muerto por los disparos del ejército turco.

La pervivencia de la amenaza

El beneficiario inmediato de la ofensiva contra Dáesh es Al Qaeda, advierte un informe del Instituto Washington de Estudios de Medio Oriente, publicado este mes. En 2012 Baghdadi era un dirigente de esta organización y como tal, promovió la creación de una rama siria, Jabhat al Nusra. Cuando decidió escindirse y asumir el liderazgo con su propia organización, el EI, sus tropas y las de Al Nusra entraron en una miniguerra civil, en la que Dáesh llevó la mejor parte.

Ahora que potencias globales y regionales y los grupos sirios están unidos contra el EI, Al Nusra –que cambió de nombre a Hayat Tahrir al Sham– ha consolidado un sólido bastión en la provincia de Idlib, en la frontera noroccidental con Turquía y –según el reporte– los militantes de Dáesh en desbandada terminarán nutriendo sus filas.

De cualquier forma, el atentado sangriento del 17 de agosto, en Barcelona, agitó todavía más alarmas que ya estaban bien encendidas, porque reveló cambios en la forma de operar del EI.

Hasta ahora, la mayoría de los ataques en países occidentales habían sido cometidos al estilo de Al Qaeda en esta década (el de “lobos solitarios” que se inspiran en la retórica de los dirigentes espirituales y planean, preparan y ejecutan las acciones por cuenta propia), y no en el que Baghdadi aplicó en Irak, Siria y otros puntos de Medio Oriente, con una coordinación directa.

Pero lo de Barcelona indica un cambio: la inteligencia española cree que la célula que operaba bajo la guía del clérigo Abdelbaki es Satty, no actuó de manera autónoma sino que en realidad siguió instrucciones dictadas desde Raqa.

En la medida en que el califato es destruido a nivel territorial, Dáesh va perdiendo el magneto propagandístico que le permitió reemplazar a Al Qaeda en la yijad global y atraer a miles de reclutas y simpatizantes. Su estrategia, ahora, debe ser mantener la presión sobre sus enemigos mediante golpes constantes, más eficaces que los que pueden improvisar algunos muchachos sin visión, recursos ni entrenamiento.

Los daños en Cataluña pudieron haber sido mucho peores porque el grupo del imán Satty planeaba colocar explosivos en importantes monumentos, como la iglesia de la Sagrada Familia, en Barcelona. Por un error, hicieron volar en pedazos la casa donde se escondían en la población catalana de Alcanar, con resultado de dos de los suyos muertos. Seguros de que serían descubiertos, los sobrevivientes decidieron entonces lanzar la camioneta que mató a 16 personas sobre las Ramblas, y atacar en Cambrills.

Con o sin Baghdadi y califato, el EI sigue siendo una fuerza capaz de provocar enormes daños y no es posible darla por derrotada.

Este reportaje se publicó el 17 de septiembre de 2017 en la edición 2133 de la revista Proceso.

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