Tras el sismo, lluvias torrenciales en Tepalcingo inundan viviendas

Una vivienda derrumbada en Tepalcingo, Morelos. Foto: Margarito Pérez Una vivienda derrumbada en Tepalcingo, Morelos. Foto: Margarito Pérez

TEPALCINGO, Mor. (apro).- Tras el sismo del pasado martes 19 en Tepalcingo, que provocó daños a decenas de viviendas en el centro del municipio y en colonias aledañas, este lunes cayó una tromba que hizo crecer el afluente del río de la Barranca del Chicle, que inundó decenas de viviendas y terminó con lo poco que habían salvado las familias.

“Mire, la verdad ahorita ya pudimos desazolvar algo, pero si llueve en la noche no le prometo nada. Las presas de allá arriba se pueden quebrar o desbordar y entonces sí quién sabe. No lo quiero decir, pero imagine lo que puede pasar”, dice uno de los trabajadores del ayuntamiento.

“¡Dilo ya, clarito! Si vuelve a llover yo creo que nos vamos a morir todos”, suelta, juguetón, un habitante que intenta quitarse el lodo de los pies.

Cuando el nivel del agua había bajado, las personas que no resultaron afectadas salieron a ayudar a sus vecinos, que entre charcos intentaban rescatar algunas de sus pertenencias. “¡Carajo, nos vamos a morir todos!”, repite el hombre, un poco en broma, un poco en serio.

“Sí, seguramente, pero no hoy, porque hoy vamos a limpiar primero”, responde el otro, mientras sigue paleando el lodo.

El agua rebasó el metro de altura sobre la calle Guadalupe Victoria, donde un hombre, alrededor de las 11:30, era ayudado por sus familiares a sacar su sala. La vivienda inundada se encuentra a la orilla de uno de los canales que provienen de la barranca del Chicle.

De pronto una mujer bajó corriendo por la calle Juárez, y gritó con desesperación: “¡Ya se quebró la presa de Atotonilco, ya se quebró!”. La gente la miró y sobrevino la alarma general.

La maquinaria que era ocupada para levantar una caseta de lámina donde hasta ayer se vendían refrescos y tortas, ahora luce en añicos. El agua la derribó y la convirtió en un montón de escombro. Todos corrieron y por una bocina se escuchó la voz de una mujer: “Se rompió la presa, por favor, pónganse a resguardo, se rompió la presa”.

Aproximadamente 15 minutos más tarde, una nueva voz advirtió que había sido “falsa alarma”. Poco a poco la gente volvió a la calma.

“¿Qué es esto?”, dice una mujer apesadumbrada, mientras observa su casa con cuarteaduras y con el nivel del agua hasta la mitad de la pared. Las casas afectadas tienen doble señal ahora: las cuarteaduras y una línea lodosa horizontal a la mitad de la pared.

Pasadas las 3 de la tarde, autoridades municipales y del estado comenzaron a desalojar a algunas familias en las inmediaciones de las barrancas y ríos de la zona ante el riesgo de que se desborde alguna de las presas.

Las familias, más de una veintena, fueron llevadas a albergues habilitados para recibir a las personas afectadas por el sismo.

Al igual que Jojutla, Tepalcingo sufrió daños severos en sus viviendas. En la comunidad Huichila, por ejemplo, hay casas totalmente destruidas. Y en el centro del municipio todos los edificios del primer cuadro, construcciones de uno o dos pisos, serán demolidos por las fallas estructurales. Parece zona de guerra.

El Santuario del Señor de Tepalcingo, construido en el siglo XVIII, perdió una de sus cúpulas y la entrada lateral, cuyo arco quedó prácticamente destruido, sin contar con que la estructura total tiene fisuras. El templo se mantiene acordonado. Con el riesgo de perder la vida, los pobladores se organizaron y sacaron las tres imágenes principales, a las que colocaron en medio del atrio, bajo una lona.

“Aquí los tenemos, mire. Y es que ni modo que no lo celebremos, mire cómo quedó el pueblo, y no hubo ni un muerto. Eso es gracias al señor de Tepalcingo, nuestro patrón”, explica una mujer que usa una de las bancas colocadas bajo una lona como refugio de los santos.

En el barrio de la Santa Cruz, a unos metros del centro, la iglesia construida en 1869 quedó completamente destruida.

Saúl Vázquez, mayordomo guardián del lugar, abrió el templo a pesar de que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) lo acordonó. “Pero es que está viniendo mucha gente y no hay baño, así que ya movimos el cordón para que puedan pasar al que tenemos aquí”, dice.

Enfrente hay una cancha de basquetbol con techumbre convertido en centro de acopio y albergue.

Saúl, el mayordomo, abre las puertas e invita a pasar. Una casa es demolida a golpes de marro en los alrededores. “Esas vibraciones pueden tirar todo esto”, alerta, mientras señala la cúpula de la iglesia. El campanario dejó de existir el martes.

Sin titubear, abre la puerta de la sacristía, que en cualquier momento podría caer. El reportero hace un recorrido rápido. Desde dentro, la iglesia del siglo XIX se observa frágil y vulnerable. “No aguanta otro temblor, se nos va a caer”, concluye con tristeza el entrevistado.

 

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