La medicina y los músicos (III)

Al eminente oftalmólogo Enrique Graue, con la amistad de siempre

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En columnas anteriores (Proceso 1720 y 2086) versamos sobre aquellos personajes que vivieron su pasión por la ciencia de los sonidos sin mermar su actividad profesional como artistas de la curación y artífices de la salud. Así, con las diferencias y características de cada uno, nos referimos a los que, instruidos en ambas disciplinas, optaron por dedicarse a la música ‒Héctor Berlioz, Fritz Kreisler y Samuel Zyman como ejemplos‒, a los que prefirieron ejercer la medicina ‒ Edward Jenner[1], Louis Pasteur[2] y Adam Schmidt[3]‒ y a aquellos elegidos que fueron capaces de escindirse para someterse al rigor de ambas profesiones. De estos últimos, verdaderamente raros por la facultad de llevar una doble vida, nos acercamos a los gigantes Aleksandr Borodin, Theodor Billroth, Demetrious Dounis y Aniceto Ortega.

En esta tercera entrega, que viene a cuento para sumarnos a los festejos de este 23 de octubre[4], tenemos a otro personaje más que, para orgullo patrio, y también de género, es mexican@. Ya no es necesario recurrir a ulteriores paralelismos para entender el fervor que, por tradición, los galenos le han profesado a la música pues, sin duda, su cultivo es la actividad más practicada por su gremio en el mundo entero.

Del Conservatorio al Instituto Mexicano de la Audición y el Lenguaje (IMAL)

Después de haber perdido el brazo derecho, Álvaro Obregón se deprimió, al punto que intentó suicidarse. Natural fue que buscara espacios para la sanación de su ánimo, por tanto, aceptó la invitación de la familia Villalobos Ibarra para hospedarse en su bella hacienda de La Chona, en Jalisco. Lo que Obregón encontró ahí sobrepasó cualquier expectativa. No sólo el lugar se henchía de tranquilidad, sino que estaba lleno de música, ya que el señor Villalobos, aparte de componer,[5] tocaba el violín acompañándose al piano de sus hermanas. Y, además, había cuatro hijos que ya se habían iniciado en los misterios del arte sonoro. Los infantes descollaban por sus dotes, con oído absoluto los cuatro y aptitud innata para entender el fraseo musical.

El asombro del general ante el talento infantil se trocó en la promesa de una beca para estudiar en el Conservatorio y que hubiera recursos para que la familia completa se trasladará a la capital. Al asumir la presidencia, el sensible manco honró su palabra y una niña cantante ‒Ana María‒, un naciente trío Villalobos ‒con Luis al violonchelo, Juan hijo al violín y Paz al piano‒ y sus padres Juan y María emprendieron la mudanza. De los pequeños artistas, aquella que habría de perfilarse con mayor contundencia hacia la carrera musical sería Paz, la primogénita nacida en 1912, quien tendría la fortuna de ser alumna de los maestros más renombrados del momento. Debemos anotar aquí, en primer término, que sus principales mentoras fueron la gran pianista mexicana Ana María Charles y la ilustre cantante rusa Sonia Verbitsky. En cuanto a la beca, hay que agregar que estaba condicionada a que el trío se exhibiera en el Castillo de Chapultepec durante las veladas presidenciales. La niña Paz recordaría el deleite que le producía subirse al carro del señor presidente, balanceando “pá arriba y pá abajo” las piernitas, al tiempo que se extasiaba contemplando el Paseo de la Reforma, en su ascensión al castillo.

Tras diez años de estudio, Paz obtuvo su título, convirtiéndose en la primera mujer en recibir un documento oficial expedido por la Secretaría de Educación Pública. Vale consignar que el pergamino ostenta tres firmas insignes: la de Manuel M. Ponce, la de Carlos Chávez y la de Silvestre Revueltas. De los tres, huelga asentarlo, recibió enseñanzas y distinciones. Chávez la eligió como guía del Coro del Conservatorio y Revueltas la seleccionó para que tocara el segundo concierto de Rachmaninoff con la orquesta sinfónica del plantel que tenía a su cargo.[6] Adicionalmente, en su trayecto académico Paz comenzó a interesarse en los mecanismos fisiológicos de la voz y el oído encontrando en ello el germen de su segunda vocación. De hecho, Paz se fue inclinando cada vez más hacía el canto dejando de lado la idea de volverse una pianista de concierto. Vale recordar que presentó un ensayo pionero dentro del medio musical mexicano sobre la anatomía, la fisiología y las patologías de la laringe, producto de esa creciente pasión por entender las maravillas de la voz y el oído humano.

Tocante a sus incipientes trabajos como profesional de la música, fue invitada por Luis Sandi a formar parte del Coro de Madrigalistas de Bellas Artes, y también aceptó un puesto como pianista del Cine Olimpia para musicalizar películas mudas. Años después se encargaría de dirigir el Coro del Colegio Oxford ‒asimismo compuso su himno‒ y también encontraría el tiempo para estudiar órgano en la Iglesia del Buen Tono con el distinguido maestro Jesús Estrada

No fue casual que en una tertulia organizada por médicos, Paz encontrara al hombre que le sellaría el destino. Era el doctor Pedro Berruecos Téllez, otro valioso galeno con notable afición por la música ‒además de ser barítono tenía un especial talento para escribir las poesías que ella habría de musicalizar‒[7], con quien Paz consolidaría una amorosa andadura para el resto de la existencia. Once hijos sería uno de los legados de su indisoluble enlace, pero también un imprescindible trabajo científico por parte de los dos, pues desde el momento mismo de su unión, Paz se volcó de lleno al universo de su marido. Con respecto a sus numerosos descendientes, no podemos omitir la referencia de que, sin excepción, fueron todos receptivos a los valores familiares en los que se inculcaba un apego genuino por las ciencias, pero sin desvincularlas jamás de los valores que deben hermanarlas con el arte y el humanismo.

Volviendo a la formación científica, hemos de recalcar que asistieron juntos al Primer Curso Internacional de Fonología y Foniatría de París, al Primer Congreso Mundial de Musicoterapia de Nueva York y que no cesaron de expandir sus conocimientos sobre los problemas de la audición y el lenguaje especializándose en las universidades de Washington, Saint Louis Missouri y de California del Sur en Los Ángeles; en esta última participaron activamente en los cursos de la Clínica John Tracy, una de las más avanzadas del planeta en el tratamiento de la sordera infantil.

De regreso a México, el matrimonio Berruecos-Villalobos captó la perentoria necesidad de que en nuestro país pudiera atenderse a los niños sordos y a todos aquellos con problemas de comunicación verbal, creando en 1951 el primer Centro Audiológico y Foniátrico de México ‒hoy el IMAL citado‒, un hito latinoamericano que sigue recibiendo elogios y vítores de grandes personalidades. La legendaria Hellen Keller bendijo la ansiada oralización de los niños sordos mexicanos y Pablo Neruda compuso su poema La palabra ante el estupor por los logros de la noble institución.

Cual testimonio de su infatigable labor mancomunada, hemos de apuntar que es gracias a ésta que la Facultad de Medicina de la UNAM imparte las especialidades médico-humanísticas donde don Pedro y doña Pacecita dejaron su huella, es decir, aquellas que bregan con la psicoacústica, la anatomofisiología y las patologías del oído y la laringe.[8] Nos parece que la mejor manera de rendirles tributo a tan destacados mexicanos –de los que la nación ha menester urgente para no seguirse sumiendo en las metáforas de la sordera y la incomunicación endémica que la aqueja‒ es auxiliándonos de las palabras del vate chileno, quien así dedicó su poema: “a su gran trabajo en una gran causa humana.”

Todo fue nacimientos y sonidos; la afirmación, la claridad, la fuerza, la negación, la destrucción, la muerte; el verbo asumió todos los poderes y se fundió existencia con esencia en la electricidad de su hermosura. [..] manantial maternal de las palabras, y copa y agua y vino originan mi canto. Porque el verbo es origen y vierte vida: es sangre. Es la sangre que expresa su sustancia y está dispuesto así su desarrollo: dan cristal al cristal, sangre a la sangre y dan vida a la vida de las palabras.

[1] Jenner tocaba la flauta y el violín y también educó su voz.

[2] Pasteur había tomado clases de canto y en algún momento de su juventud pensó en dedicarse a ello

[3] Schmidt fue uno de los médicos de cabecera de Beethoven, quien en agradecimiento le dedicó su trío en mi bemol op. 38.

[4] Desde 1937, el Día del Médico se celebra en México en este día. Se eligió por haber sido ese día la creación del Establecimiento de Ciencias Médicas en 1833, antecedente de la actual Facultad de Medicina de la UNAM.

[5] Los rastros de su música deben aún volverse concretos .

[6] Lamentablemente ese concierto no se realizó por una caída que le impidió a Revueltas estar en condiciones de dirigirlo.

[7] Se recomienda la audición de una de las composiciones de ambos. Audio 1: Paz Villalobos de Berruecos – Invocación (Letra del Dr. Pedro Berruecos Téllez) (Rogelio Marín, tenor. Paola Gutiérrez Candia, mezzosoprano. James Pullés, piano LIVE RECORDING. Auditorio del Palacio de la Escuela Nacional de Medicina .Ciudad de México, octubre de 2016)

[8] En gran medida, la incorporación universitaria de las especializaciones de fonología y foniatría fueron mérito del Dr. Pedro Berruecos Villalobos.

Comentarios

Load More