El doloroso parto de un mundo nuevo

Lenin en una pintura de Vladimir Serov. Lenin en una pintura de Vladimir Serov.

Con mirada acuciosa y pluma magistral, el periodista estadunidense John Reed describe el ambiente social y político que prevalece en vísperas de que los bolcheviques tomen el poder. Luego, durante la noche del 25 de octubre, se mezcla con los soldados y guardias rojos que asaltan el Palacio de Invierno, lo que le permite relatar, desde el corazón mismo de los acontecimientos, el triunfo de la Revolución de Octubre. Sus crónicas y reportajes dan vida a uno de los libros de referencia de este hecho histórico: Diez días que estremecieron al mundo, que publicó en 1919 y del cual se reproducen algunos fragmentos.

Una gran parte de las clases ricas preferían a los alemanes que a la revolución –incluso al gobierno provisional– y no ocultaba estas preferencias. En la familia rusa con quien yo vivía, a la hora de cenar se conversaba invariablemente sobre la llegada de los alemanes, que traerían “la ley y el orden”. Una noche, en casa de un comerciante de Moscú, a la hora del té, pregunté a once personas si preferían al káiser Guillermo o a los bolcheviques. Ganó Guillermo por diez contra uno.

Los especuladores se aprovechaban del desorden general para amasar fortunas que dilapidaban en orgías fantásticas o en pagar a los funcionarios. Acaparaban stocks de víveres o de combustibles y los exportaban clandestinamente a Suecia. Durante los cuatro primeros meses de la revolución, las reservas de víveres de los grandes almacenes municipales de Petrogrado fueron saqueadas casi a la vista de todos, hasta el punto de que la reserva de trigo para dos años resultó casi insuficiente para las necesidades de un mes (…)

En una ciudad de provincia conocí a una familia de comerciantes, cuyos miembros se habían hecho especuladores merodeadores, como los llaman los rusos. Los tres hijos habían logrado rehuir el servicio militar mediante el soborno. Uno especulaba con víveres, otro vendía ilícitamente a misteriosos clientes de Finlandia el oro de las minas del Lena, y el tercero, que había adquirido grandes intereses en una fábrica de chocolate que aprovisionaba a las cooperativas locales, no las abastecía sino con la condición de que le entregasen todo lo que necesitara. De este modo, en tanto el pueblo sólo recibía, con la cartilla, un cuarto de libra de pan negro, él disponía en abundancia de pan blanco, azúcar, té, pasteles y manteca. Y cuando los soldados, consumidos por el frío y el hambre, no podían sostenerse en el frente, había que escuchar con qué indignación vociferaba esta familia contra los “cobardes”, asegurando que sentía “vergüenza de ser rusa” y llamando “bandidos” a los bolcheviques porque le requisaban grandes stocks de provisiones acaparados por ella.

Bajo esta podredumbre exterior, las fuerzas secretas del antiguo régimen, que habían sobrevivido a la caída de Nicolás II, proseguían su intenso y misterioso trabajo. Los agentes de la famosa Ojranat (policía secreta del régimen zarista) seguían funcionando, por o contra el zar, por o contra Kerenski (líder de la Revolución de Febrero), a sueldo de quien les pagase. En la sombra, diferentes clases de organizaciones subterráneas, como las Centurias Negras, se dedicaban activamente a preparar el triunfo de la reacción, de una u otra forma.

En esta atmósfera de corrupción y de monstruosas verdades a medias, sólo se oía una nota clara, el llamamiento de los bolcheviques, más penetrante cada día: “¡Todo el poder a los Soviets! ¡Todo el poder a los representantes directos de millones de obreros, soldados y campesinos! ¡Tierra y pan! ¡Que acabe la guerra insensata! ¡Abajo la diplomacia secreta, la especulación y la traición! ¡La revolución está en peligro, y con ella la causa de todos los pueblos!”

La lucha entre el proletariado y la burguesía, entre los soviets y el gobierno, comenzada en los primeros días de febrero, iba a alcanzar su punto culminante. Rusia, que acababa de pasar, de un salto, de la Edad Media al siglo XX, ofrecía al mundo estremecido el espectáculo de dos revoluciones: la revolución política y la revolución social, trabadas en una lucha a muerte (…)

La caída del zarismo. Foto: Especial
La caída del zarismo. Foto: Especial

Las “colas del pan”

En las casas particulares no había electricidad más que desde las seis a las doce de la noche. Cada bujía costaba casi un dólar, y el petróleo escaseaba mucho. La noche duraba desde las tres de la tarde a las diez de la mañana. Los robos y asaltos se multiplicaban. Los hombres, armados de fusiles, hacían guardia, por turno, en las casas, durante la noche. Así se desarrollaba la vida bajo el gobierno provisional.

Los víveres iban escaseando de semana en semana. La ración diaria de pan descendió sucesivamente de una libra y media a una libra, después a tres cuartos de libra, y finalmente a 250 y 125 gramos. Al final, hubo una semana entera sin pan. Se tenía derecho a dos libras de azúcar mensuales, pero era casi imposible encontrarla. Una tableta de chocolate o una libra de caramelos insípidos costaban de siete a diez rublos, más o menos un dólar. Sólo había leche para menos de la mitad de los niños de la ciudad; la mayor parte de los hoteles y de las casas particulares no la veían desde hacía meses (…) Para conseguir leche, pan, azúcar o tabaco era preciso hacer cola durante horas bajo la lluvia glacial (…) Hay que imaginarse a estas gentes mal vestidas, de pie sobre el helado suelo de las calles de Petrogrado, durante jornadas enteras y en medio del invierno ruso. Yo he escuchado en las “colas del pan” la nota áspera y amarga del descontento, brotando a veces de la milagrosa dulzura de estas multitudes rusas.

Naturalmente, los teatros se abrían todas las noches incluso los domingos (…) Las colecciones del Hermitage y de otras galerías habían sido evacuadas a Moscú, pero cada semana se inauguraban exposiciones de pintura. Las mujeres “intelectuales” se apretujaban en las conferencias sobre arte, literatura y filosofía mundana (…)

Como ocurre siempre en semejantes periodos, la pequeña vida convencional continuaba su curso, ignorando lo más posible la revolución. Los poetas componían versos, pero no a la revolución. Los pintores realistas pintaban escenas de la Rusia medieval, todo menos la revolución. Seguían llegando a la capital señoritas de provincias para aprender francés y educar su voz. Jóvenes y elegantes oficiales paseaban en el hall de los hoteles sus bachlyks carmesí bordados de oro y sus sables caucasianos ricamente nielados. Las mujeres de los funcionarios se reunían por las tardes a tomar el té, llevando cada una en su manguito una cajita con azúcar, de oro o plata, ornada de brillantes, y media hogaza de pan. Estas damas suspiraban por la vuelta del zar, por la llegada de los alemanes y, en fin, por todo aquello que pudiera resolver la crisis del servicio doméstico. La hija de un amigo mío sufrió un día un ataque de histeria, porque la cobradora de un tranvía la había llamado “camarada”.

La gran Rusia daba a luz, con dolor, un mundo nuevo (…)

 

El papel de la palabra

En el frente, los soldados continuaban su lucha contra los oficiales y aprendían en los comités a gobernarse a sí mismos. En los talleres, esas incomparables organizaciones que son los comités de fábrica, adquirían experiencia y fuerza y tomaban conciencia de su misión histórica de lucha contra el antiguo régimen. Rusia entera aprendía a leer: leía asuntos de política, de economía, de historia, porque el pueblo tenía necesidad de saber. En cada ciudad, casi en cada aldea, en el frente, cada fracción política tenía su periódico y, a veces, muchos. Millares de organizaciones distribuían centenares de miles de folletos, inundando los ejércitos, las aldeas, las fábricas, las calles. La sed de instrucción, tan largo tiempo refrenada, convirtióse con la revolución en un verdadero delirio. Sólo del Instituto Smolny salieron cada día, durante los seis primeros meses, toneladas de literatura, que, ya en carros, ya en vagones, iban a saturar el país. Rusia absorbía, insaciable, como la arena caliente absorbe el agua. Y no grotescas novelas, historia falsificada, religión diluida o esa literatura barata que pervierte, sino teorías económicas y sociales, filosofía, las obras de Tolstoi, de Gogol, de Gorki.

¡Y qué papel jugaba la palabra! Los “torrentes de elocuencia” de que habla Carlyle a propósito de Francia eran una bagatela al lado de las conferencias, de los debates, de los discursos que se pronunciaban en los teatros, en los circos, en las escuelas, en los clubes, en las salas de reunión de los soviets, en los locales de los sindicatos, en los cuarteles. Se celebraban mítines en las trincheras, en las plazas de las aldeas, en las fábricas. ¡Qué admirable espectáculo el de los cuarenta mil obreros de Putilov acudiendo a escuchar a oradores socialdemócratas, socialrevolucionarios, anarquistas y otros, igualmente atentos a todos ellos e indifesentes a la duración de los discursos! En Petrogrado y en toda Rusia, la esquina de cada calle fue, durante meses, una tribuna pública. En los trenes, en los tranvías, en todas partes brotaba de improviso la discusión.

En cada centro de trabajo una asamblea. Foto: Especial
En cada centro de trabajo una asamblea. Foto: Especial

En el Palacio de Invierno

(Durante la noche del 25 de octubre), aprovechándonos del revuelo, nos deslizamos a través de los centinelas tomando la dirección del Palacio de Invierno.

La oscuridad era completa. Sólo se divisaban los piquetes de soldados y guardias rojas, que vigilaban celosamente. A la altura de la catedral de Kazán, en medio de la calle, se encontraba un cañón de campaña de tres pulgadas, descansando en la posición donde lo había dejado el retroceso del último cañonazo, disparado por encima de los tejados. Bajo todas las puertas los soldados charlaban en voz baja, con las miradas dirigidas hacia el puente de la policía. Escuché a uno que decía: “Puede que nos hayamos equivocado.” En las esquinas de las calles, las patrullas detenían a todos los peatones; a pesar de hallarse formadas por tropas regulares, las mandaba siempre, detalle interesante, un guardia rojo.

Había cesado el fuego. Al llegar a la Morskaya escuchamos a alguien exclamar: “¡Los junkers (estudiantes de la academia militar) han solicitado que se vaya en ayuda de ellos!” Se oyeron voces dando órdenes y, en medio de la densa noche, distinguimos una masa sombría que se ponía en marcha, rompiendo el silencio con el rumor de sus pasos y los ruidos metálicos de sus armas.

Nos unimos a las primeras filas.

Semejantes a un río negro que llenara toda la calle, sin cantos ni risas, pasábamos bajo el Arco Rojo (entrada principal del Palacio de Invierno), cuando el hombre que marchaba justo delatante de mí dijo en voz baja: “¡Cuidado, camaradas! No hay que fiarse de ellos. Seguramente van a disparar.”

Al otro lado del Arco avanzamos corriendo, agachándonos y encogiéndonos todo lo que podíamos, para reunimos después detrás del pedestal de la columna de Alejandro.

–¿Cuántos muertos han tenido? –les pregunté.

–No sé, unos diez…

La tropa, que se componía de varios centenares de hombres, descansó algunos minutos, apretujada detrás de la columna, recuperó la calma y después, como no tuviera nuevas órdenes, volvió a avanzar espontáneamente. Gracias a la luz que brotaba de las ventanas del Palacio de Invierno, yo había logrado distinguir que los trescientos primeros eran guardias rojas, entre los cuales se hallaban mezclados solamente algunos soldados. Escalamos la barricada de maderos que defendía el Palacio y lanzamos un grito de júbilo al tropezar en el otro lado con un montón de fusiles, abandonados allí por los junkers. A ambos lados de la entrada principal las puertas estaban abiertas de par en par, dejando salir la luz, y ni una sola persona salió del inmenso edificio.

El asalto al Palacio de Invierno. Foto: Especial
El asalto al Palacio de Invierno. Foto: Especial

“Propiedad del pueblo”

La oleada impaciente de la tropa nos empujó por la entrada de la derecha, la cual conducía a una vasta sala abovedada, de muros desnudos: la bodega del ala Este, de donde partía un laberinto de corredores y escaleras. Guardias rojos y soldados se lanzaron inmediatamente sobre grandes cajas de embalaje que se encontraban allí, haciendo saltar las tapas a culatazos y sacando tapices, cortinas, ropa, vajilla de porcelana, cristalería… Uno de ellos mostraba con orgullo un reloj de péndulo de bronce que llevaba colgado de la espalda. Otro había incrustado en su sombrero una pluma de avestruz. El pillaje no hacía más que comenzar cuando se escuchó una voz: “¡Camaradas, no toquen nada, no agarren nada, todo esto es propiedad del pueblo!” Inmediatamente repitieron veinte voces: “¡Alto! ¡Vuelvan a ponerlo todo en su lugar, prohibido agarrar nada, es propiedad del pueblo!”

Las manos se abatieron sobre los culpables. Los tejidos de Damasco, las tapicerías, fueron arrebatadas a los saqueadores; dos hombres se hicieron cargo del reloj de bronce. Los objetos, bien o mal, fueron colocados otra vez en sus cajas y algunos de los propios soldados se encargaron de montar la guardia. Esta reacción fue sumamente espontánea. En los corredores y las escaleras, debilitadas por la distancia, se escuchaba repercutir las palabras: “¡Disciplina revolucionaria! ¡Propiedad del pueblo!”

Nos dirigimos a la entrada izquierda, en el ala Oeste. También allí se restablecía el orden.

¡Evacuen el Palacio! –vociferaba un guardia rojo–. Vamos, camaradas, ¡demostremos que no somos ladrones y bandidos! Todo el mundo fuera de Palacio, con excepción de los comisarios, hasta que se coloquen los centinelas.

Dos guardias rojos, un oficial y un soldado, se mantenían de pie, empuñando un revólver; otro soldado se hallaba sentado en una mesa con pluma y papel. Por todas partes resonaba el grito: “¡Todos fuera! ¡Todos fuera!”, y poco a poco toda la tropa comenzó a franquear la puerta hacia el exterior, empujándose, refunfuñando, protestando. Cada uno de los soldados era detenido y registrado, se le vaciaban los bolsillos, se miraba por debajo de su capote. Se le recogía todo lo que “no era ostensiblemente suyo, el secretario tomaba nota y el objeto era llevado a una pequeña habitación vecina (…)

 

La cámara de oro y malaquita

Un soldado y un guardia rojo aparecieron en la puerta, apartando a la gente; venían seguidos de otros guardias con bayoneta calada que escoltaban a media docena de civiles, quienes caminaban uno detrás del otro. Eran los miembros del gobierno provisional (…) Desfilaron en silencio. Los insurgentes victoriosos se apretujaron para verlos, pero su cólera no se tradujo más que en algunos murmullos. Más tarde nos enteramos de que el pueblo, en la calle, había querido lincharlos y de que había sido necesario disparar, pero los marinos lograron conducirlos sanos y salvos hasta la fortaleza de Pedro y Pablo (…)

Entretanto, aprovechándonos del revuelo, habíamos penetrado en el Palacio. Todavía había muchas idas y venidas, se exploraban las habitaciones del vasto edificio, se buscaba a los junkers, que no existían. Subimos y recorrimos todos los salones. La parte opuesta del Palacio había sido invadida por otros destacamentos, llegados del lado del Neva. Los cuadros, las estatuas, las alfombras y tapices de los grandes salones de lujo se encontraban intactos; pero en los despachos, todos los pupitres, todos los armarios habían sido violentados, los papeles andaban por el suelo y en las habitaciones, las mantas habían sido quitadas de las camas y los guardarropas saqueados. El botín más apreciado lo constituían los vestidos, de los cuales tenían gran necesidad los trabajadores. En una habitación, donde se habían almacenado muebles, encontramos a dos soldados que estaban arrancando el cuero de que estaban tapizados los sillones. Nos explicaron que querían hacerse unos zapatos (…)

Los viejos servidores del palacio, con sus uniformes azul, rojo y oro, iban y venían nerviosamente, repitiendo maquinalmente: “No pueden pasar, barin, está prohibido”.

Por fin, llegamos a la cámara de oro y malaquita, con tapicerías de brocado carmesí, donde los ministros habían estado en sesión permanente todo el día anterior y toda la noche, y donde habían sido entregados a los guardias rojos por los ujieres. La larga mesa recubierta de paño verde se encontraba todavía tal como ellos la habían dejado en el momento de su detención. Ante cada asiento vacío se veía un tintero, una pluma y hojas de papel sobre las cuales se habían trazado de prisa planes de acción, borradores de proclamas y de manifiestos. Los textos habían sido tachados en su mayoría, al irse haciendo evidente su inutilidad, y el pie de las hojas aparecía cubierto de vagos dibujos geométricos, garabateados maquinalmente por los ministros mientras escuchaban sin esperanza los proyectos quiméricos que presentaban sus colegas uno tras otro.

Recogí una de estas hojas, donde se puede leer, escrita de puño y letra de Konolov, la siguiente frase: “El gobierno provisional pide a todas las clases que sostengan al gobierno…”

(…) Salimos a la noche helada, estremecida y con el rumor de tropas invisibles, surcada por patrullas. Del otro lado del río, donde se alzaba la masa sombría de Pedro y Pablo, se elevaba un ronco clamor. Bajo nuestros pies la calzada estaba alfombrada de escombros de estuco de la cornisa del Palacio, el cual había recibido dos granadas del crucero Aurora. No habían pasado de ahí los daños causados por el bombardeo.

Eran las tres de la madrugada. En la Nevski lucían nuevamente todos los faroles de gas, el cañón de tres pulgadas había sido retirado y sólo los guardias rojos y los soldados en cuclillas alrededor de las fogatas recordaban todavía la guerra. La ciudad estaba tranquila, como quizás no lo había estado nunca en el curso de su historia: ¡Ni un crimen, ni un robo fueron cometidos en esta noche!

Lenin preside el Consejo de Comisarios del Pueblo. Foto: State museum of political history of Russia
Lenin preside el Consejo de Comisarios del Pueblo. Foto: State museum of political history of Russia

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