Con juguetes, dulces y libros, recuerdan a los niños del Rébsamen (Videos)

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La tradición dice que en la noche del 31 de octubre los niños son los primeros que tienen permiso de Dios para regresar a la tierra y visitar los altares que en su honor levantaron sus familias.

Por ello, Judith y otros vecinos de la colonia Nueva Coapa se organizaron para montar una ofrenda y celebrar una misa por los 21 niños que murieron por el derrumbe del Colegio Enrique Rébsamen en el terremoto del pasado 19 de septiembre.

En la calle marcada con el número 13 de Calzada de las Brujas, ayer, frente a la entrada principal del colegio que por muchos años fue representativo de esa colonia de la delegación Tlalpan, los vecinos colocaron un altar de dos pisos y dos metros de largo, que llenaron de juguetes, libros de texto de los menores, dulces y hasta las frituras “Sabritas” que en vida les prohibían comer.

El altar, con sus flores y veladoras, se montó en el portón verde de un conjunto de 18 casas, porque, según explica Judith, fue ahí donde resguardaron a los pequeños una vez que el terremoto de 7.1 grados tiró parte de la escuela, un edificio de tres pisos en donde también habitaba en un lujoso departamento la directora, Mónica García Villegas.

De acuerdo con las conclusiones periciales de la carpeta de investigación TLP-2/UI-3C/D/1695/09-2017 de la Procuraduría General de Justicia (PGJ-CDMX) que se dio a conocer el 25 de octubre, el sobrepeso añadido al edificio ubicado en una zona no apta para soportar las adecuaciones que la directora hizo con el paso de los años, fue una de las causas del colapso.

Según narró Judith, ese día todos los vecinos de Brujas 13 se volcaron en ayuda. El vigilante de su privada, aún y con sus rodillas lastimadas, fue a patear el portón del Colegio, sobre Rancho Tamboreo, para que los infantes pudieran escapar. Fueron ellos mismos los que los condujeron a la privada, los replegaron cuando comenzó la fuga de gas y los alimentaron y les dejaron pasar a los baños de las viviendas cuando todavía sus padres no habían llegado por ellos, ya fuera por el tránsito vehicular o porque tuvieron percances en sus caminos.

Por eso, otra vez reunidos, varias docenas de padres intercambian muestras de afecto con los vecinos de Brujas 13.

Video: Marco A. Cruz

“Sobre todo Judith, ella fue la que nos ayudó más. Gracias, gracias a usted tengo a mi hija aquí”, dijo una madre quien lloró inconsolable una vez que abrazó a Judith, vestida de negro, chaparrita, cabello corto y de lentes.

La ceremonia religiosa empezó a las 20 horas, pero muchos padres y exalumnos del Colegio Enrique Rébsamen (CER) arribaron desde las 18:30 para montar la ofrenda para los niños que también fueron sus compañeros.

Un caminito de pétalos de cempasúchil conducía de la entrada principal de la escuela a la ofrenda.

“Hermanos, nos hemos reunido para celebrar una eucaristía, y para tender un tributo y recordar a los nuestros”, pronunció el padre.

En el transcurso de la liturgia de más de una hora, las caras sin sonrisa fueron una constante entre los asistentes. Los niños abrazaban a sus papás, los que estaban sentados se recostaban en sus hombros. Mientras que los más pequeños – porque además de secundaría y primaria se impartía el kínder— al no comprender lo que pasaba jugaban con los celulares de sus papás o comenzaban a bostezar.

La misa concluyó con lágrimas de algunos de los asistentes, peticiones y oraciones por los desaparecidos, los rescatistas y todos los muertos de los seis estados en donde el sismo marcó su fuerza.

Video: Marco A. Cruz

Los vecinos comentaron que la colonia no es la misma desde el incidente.

“El sismo nos sirvió para dos cosas. La primera es que nos conocimos, antes no sabíamos de Judith o de los otros. La otra es que la colonia se volvió más triste, como que le cambió la cara. Antes estaba más transitado, había muchos carros, mucha gente en la noche, ahora tienes que rodear para salir”, comentó una de las vecinas que prestó sus servicios de enfermería para atender a todos los afectados.

Tiene razón. Desde la esquina de Rancho Camichines, una barricada restringe la entrada. Ya frente a la escuela, la barda del Enrique Rébsamen, la que da a Calzada de las Brujas, sigue intacta, colpasada, sólo cintas plásticas de “peligro” amarradas a los árboles y los postes de luz restringen el área. De lado de Rancho Tamboreo sí hay bardas de madera que levantaron para cuidar la zona. Incluso, sobre una de las maderas todavía está una corona de flores ya marchitas y botellas de agua. También hay veladoras y soledad en las calles.

En el edificio, ahora abandonado, aún reza la leyenda “SILENCIO TOTAL”.

Al término de la misa, ya casi a las nueve de la noche, a punto de llover, los vecinos, otra vez demostraron solidaridad y ofrecieron comida a todos los asistentes: chocolate caliente, pan, ponche, molletes y hojaldras de mole.

Al tiempo que repartían la comida, un niño se paró en la esquina de Brujas y Rancho Tamboreo. Delgado y vestido de negro, metió sus manos a la sudadera y dijo con la cabeza baja que era su escuela. Él iba en primero de secundaria. No le pasó nada a sus amigos, ni a su familia, pero le da tristeza ver a su escuela así, toda derrumbada.

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