“Otello” en Bellas Artes

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La tan esperada producción de Otello (1887) de Giuseppe Verdi (1813-1901), por fin se dio como parte de las actividades de la OBA (Ópera de Bellas Artes). Esta obra, la penúltima del italiano, la compuso cuando todo mundo daba por hecho que el viejo maestro de 74 años ya estaba retirado, y todavía creó una ópera más, Fastaff.

Ambas basadas en Shakespeare, la que nos ocupa es una adaptación de The tragedy of Othello, the Moor of Venice.

El reparto lo encabezó el joven tenor lituano Kristian Benedikt, a quien ya habíamos escuchado en Pagliacci en el Teatro del Bicentenario en 2015. Poseedor de una impresionante voz de tenor dramático que sabe matizar y colorear para los efectos dramáticos de la obra, buen actor, lleno de verdad escénica gustó mucho tanto a los añejos conocedores como al público nuevo.

Mal vestido (como pirata argelino), con una espada fuera de época y estilo (la acción se desarrolla en Chipre en el siglo XV) y lo imperdonable: rubio cenizo, cuando Shakespeare es muy enfático en su obra: Otello es negro (black Othello), y así se refiere a él al menos ocho veces a lo largo del drama, y el serlo es una de las causas que detonan la tragedia; no es un detalle menor, pero es error, no del tenor sino del director de escena. Su espada es persa, no es ni una cimitarra ni un alfanje de abordaje. Debieron asesorarse con un experto armero.

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La soprano rusa Elena Stikhina protagonizó una Desdémona inolvidable, bien cantada y mejor actuada, joven, bella, posee una sonora voz de soprano fuerte o spinto, e hizo las delicias del público con su impecable interpretación. También padeció de un vestuario fuera de lugar (¿pantalones y botas una dama del siglo XV como una reina pirata? No lo creo). El aplauso más copioso fue para ella en las dos funciones a las que asistimos.

El trío protagónico lo completó el italiano Giuseppe Altomare, quien personificó a Yago, el falso amigo de Otello que, con sus intrigas, provoca sus celos y el eventual asesinato de Desdémona. Muy bien actuado y cantado, la voz a ratos se atenoraba un poco, volumen muy generoso, nos obsequió también unas funciones inolvidables en lo musical.

Lo escénico dejó mucho que desear, a cargo de Luis Miguel Lombana la caótica puesta resultó muy olvidable. La escenografía consistió en veinte columnas que no llegaban al suelo para que eventualmente unos figurantes las empujaran y modificaran el espacio escénico, recurso ya muy trasnochado, columnas que estorbaban la actuación y la visibilidad, esto acompañado de una mesa, sillas, la cama de Otello, uno o dos baúles, un roperito, un mapa, algunos faroles… Al fondo, un ciclorama blanco que, combinado con la iluminación, el absurdo vestuario y la utilería, resultaron una muy desaseada escenificación, como cuando Desdémona en el cuarto acto se queda dormida en el suelo, sin una almohada, como un animal en vez de hacerlo en su cama, siendo que Arrigo Boito en su libreto indica claramente que ella, como debe ser, se adormece en su lecho.

Cassio, el capitán de la guardia, muy bien interpretado por el joven Andrés Carrillo, a quien recientemente admiramos en Turandot y en La Viuda Alegre; cantó y actuó un Cassio impecable como hacía tiempo no veíamos uno. Bien los demás personajes comprimarios, como la Emilia que cantó Encarnación Vazquez, pero se veía mucho mayor que su esposo Yago.

El programa de mano, lleno de errores, como siempre, pero esta vez peor: ya sin notas al programa y sin el nombre del autor Verdi en la portada. ¡Una pena!

En lo musical y vocal estas funciones de Otello fueron inolvidables, las fuerzas sonoras fueron hábilmente concertadas por el maestro Srba Dinic; muy musical y eficiente logra sacar el mejor sonido de cada uno de los de la orquesta.

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