Mugabe pudo ser Mandela, pero fue Mubarak

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- “He superado a Cristo –declaró Robert Mugabe en 2012–. Cristo murió una vez y tuvo una sola resurrección. Yo he muerto y he tenido resurrecciones muchas veces y no sé cuántas veces más lo haré”.

Había superado tanto los rumores de su muerte física como las muertes políticas que le habían anunciado. Ahora sí se acabó, al menos en su casi vitalicio periodo como líder supremo de la república de Zimbabwe.

“Sólo dios, quien me nombró, me puede despedir”, dijo en 2008. Pero no fueron divinidades ni sus enemigos declarados quienes lo derrocaron, sino sus propios seguidores.

Como hizo el egipcio Hosni Mubarak en 2011, Mugabe despreció la última oportunidad que le dieron para plantear su salida en sus propios términos, y la utilizó para tratar de convencer a su pueblo –con la voz profunda de un padre enfadado pero dispuesto a perdonar– de volcarse en su apoyo y ayudarlo a poner en orden a los incautos que osaban oponerse a él.

En ambos casos, los militares los pusieron frente a las cámaras de televisión para leer discursos previamente acordados, y ellos improvisaron como suponían que tocaría los corazones de su gente y la sacaría de su confusión.

Y aclaró: “Soy el presidente de Zimbabwe y comandante en jefe” de los generales que, sorprendidos, aparecían a su lado en el evento, el domingo 19.

Como les ocurrió a otros dictadores que han perdido contacto y comprensión de lo que sucede en la calle, ni los golpistas se arredraron, ni las masas reaccionaron contra ellos. El partido que dirigió desde 1975, la Unión Nacional Africana Zimbabwe (ZANU, por sus siglas en inglés), había apoyado el movimiento de soldados que puso al mandatario bajo arresto domiciliario el martes 14, y anunció un ultimátum: si Mugabe no renunciaba el lunes 20, impulsaría un proceso relámpago de impeachment que en sólo dos días culminaría en su destitución.

Mugabe jugó a la tortuga, pero terminó presentando su renuncia por escrito, el martes 21, con el argumento de que lo hacía por decisión propia y “para facilitar una suave transición del poder”.

O ésa es la versión oficial: en el caso de Mubarak, fue su vicepresidente quien anunció la dimisión de su jefe; con Mugabe, sólo fue presentada una carta supuestamente firmada por él.

De cualquier forma, las celebraciones se extendieron con exhuberancia por el Parlamento y las plazas. Miles de personas pisotearon retratos del exlíder y su esposa, Grace.

Se repetía una consigna que resulta toda una afrenta para quien también fue el jefe guerrillero que logró la liberación nacional del yugo británico: que éste era el “verdadero día de la independencia”.

De nuevo como en el caso egipcio: no se iba nadie más que la careta del régimen; los asociados que oprimieron al país durante décadas se quedaban, ahora libres del fardo que representaba el dictador. La dictadura cambia para seguir igual.

Paralelismos

El destino de Robert Mugabe no debía ser el de Hosni Mubarak, sino el de Nelson Mandela. Al menos así se veía en 1980, cuando en lo que entonces se llamaba Rhodesia del Sur, un régimen colonial blanco tan violento y racista como el del Apartheid en Sudáfrica, pero mucho menos conocido, fue derribado por las guerrillas del ZANU y la presión internacional. La independencia fue declarada el 18 de abril de ese año, con un gran evento en el Estadio Rufaru.

El músico jamaiquino Bob Marley cantó ahí una pieza que acababa de componerle al país que nacía, titulada “Zimbabwe”: “No más luchas interiores; nos unimos para superar este problema; pronto descubriremos quién es el verdadero revolucionario; porque no quiero que mi gente esté en contra”.

La estrella del momento era Robert Mugabe, quien había salido de la selva para convertirse en presidente –primero y hasta ahora único- de Zimbabwe. Nueve de cada diez zimbabwenses tenían menos de 15 años cuando el comandante tomó el poder y no han tenido otro jefe de Estado desde entonces.

Con los vecinos Angola y Mozambique, que se acababan de independizar de los portugueses, y Zambia, liberada de los británicos, Zimbabwe formó la Línea del Frente contra el régimen del Apartheid, y el papel clave que jugaron los nuevos países, proveyendo recursos para la oposición sudafricana y dándole refugio, tuvo altos costos en términos de enfrentamientos militares, sabotaje económico y parálisis comercial. Nelson Mandela agradeció el decidido apoyo de Mugabe al asumir la presidencia de Sudáfrica en 1994.

Martin Meredith, biógrafo de ambos, resumió los paralelismos en sus vidas: “Nacieron en una era en la que el poder blanco prevalecía en África, Mandela en 1918, Mugabe en 1924. Los dos fueron producto del sistema escolar cristiano de misiones, Mandela de la variedad metodista, Mugabe de la católica. Ambos asistieron a la misma universidad, Fort Hare, en Sudáfrica. Los dos surgieron como miembros de la pequeña élite profesional africana, Mandela como abogado, Mugabe como maestro. Los dos se involucraron en la lucha contra el mandato minoritario blanco, Mandela en Sudáfrica, Mugabe en la vecina Rhodesia. Ambos promovieron la violencia para derribar los regímenes blancos. Los dos padecieron largos periodos de cárcel, Mandela 27 años, Mugabe 11 años”.

La destrucción del optimismo

La experiencia de la prisión, sin embargo, puede haber tenido efectos distintos que finalmente marcaron la diferencia. Mandela, señaló Meredith, “usó sus años de prisión para abrir el diálogo con los gobernantes blancos de Sudáfrica y derrotar el Apartheid”, en tanto que Mugabe salió de las celdas decidido “a hacer la revolución, a derrocar la sociedad blanca por la fuerza. La victoria militar, dijo Mugabe, sería la alegría definitiva”.

Liberado en 1990, Mandela negoció durante cuatro años hasta la celebración de elecciones libres, evitando no sólo una guerra entre negros y blancos, también un conflicto armado entre los zulúes y el resto de las tribus sudafricanas. Fue electo presidente para un periodo de cinco años pero, aunque tenía derecho constitucional para optar a un segundo mandato –y hubiera arrasado en los comicios-, decidió cederle el paso a una nueva generación de dirigentes y ejercer desde su casa el gran liderazgo moral que mantuvo hasta su muerte, en 2013.

Mugabe hizo lo contrario: constituyó el gobierno y las fuerzas armadas exclusivamente a partir de su propio partido ZANU –enraizado en la tribu shona- y lanzó la Quinta Brigada de su ejército (entrenada por oficiales norcoreanos) en una ofensiva contra la otra milicia que también participó en la lucha de independencia, la ZAPU (Unión Popular Africana Zimbabwe), que pertenecía a una tribu distinta, la minoritaria ndebele. En lo que se convirtió en una guerra interétnica, donde la Quinta Brigada cometió masacres de civiles, hubo alrededor de 20 mil muertos.

Si en los primeros días de la república había optimismo porque Zimbabwe era considerado el “granero de África”, y esto debería asegurar su éxito económico, la gestión de Mugabe fue desastrosa y pronto se abrió una enorme brecha entre la pequeña y ostentosa élite gobernante, que poseía mansiones y coches de lujo, y el resto de la población depauperada.

El presidente pidió a finales de los noventa préstamos al Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, que a cambio impusieron planes de reforma estructural que fracasaron, además de provocar el descontento de las bases sindicales dirigidas por Morgan Tsvangirai.

“Haz tu partido y tu política”, le espetó Mugabe, y Tsvangirai le tomó la palabra: fundó su Movimiento por el Cambio Democrático en el año 2000, a partir de lo cual el presidente sólo pudo mantener el poder mediante sucesivos fraudes electorales, el uso de la fuerza militar y la aprehensión de miles de opositores, con frecuentes casos de torturas y asesinatos.

El deterioro económico continuó mientras la moneda sufría devaluaciones diarias que pulverizaban en minutos lo poco que ganaba el 10% de afortunados que encontraban empleo. Llegaron a imprimirse billetes de cien trillones de dólares, lo que obligó al orgulloso líder a renunciar a tener medios de cambio propios y adoptar el dólar estadunidense.

Ante las crecientes denuncias de violaciones de derechos humanos y de la legalidad democrática, Mugabe se montó en un discurso nacionalista que descalificaba cualquier crítica como un acto del imperialismo occidental que quería volver a imponer el dominio blanco.

Había traído lo contrario de lo predicho por Bob Marley: más luchas intestinas, desunión, incumplimiento de las promesas revolucionarias y mucha gente en contra.

La Grace que colmó el vaso

Dentro de sus propias filas, crecía la inquietud, sin embargo. Aunque no se cuestionaba su liderazgo, parecía poco dispuesto a morir y dar paso a la siguiente generación, que había luchado bajo su mando en la etapa guerrillera.

En 2017, cuando Mugabe cumplió 93, algunos esperaban que por fin nombrara sucesor.

Pero él tenía otra jugada: en 1996, semanas después de la muerte de su anterior esposa, contrajo matrimonio con una joven que hoy tiene tan sólo 52 años y grandes ambiciones políticas. Grace Mugabe, o “Gucci Grace”, como es apodada por sus expediciones de compras a grandes capitales del lujo, contó con el apoyo de su marido para ir despejando su propia ruta hacia la presidencia con campañas de desprestigio contra sus rivales, hasta que el pasado lunes 6 se anunció la destitución de quien fue, durante más de medio siglo, mano derecha de Robert Mugabe: el vicepresidente Emmerson Mnangagwa, quien sufrió además un intento de envenenamiento y tuvo que escapar del país.

Fue demasiado para todos. Ocho días después, los generales pusieron a la pareja Mugabe bajo arresto, aunque no se atrevieron a destituir al presidente, pues insistieron en que no se trataba de un golpe de Estado (que hubiera podido motivar la intervención militar de Sudáfrica en defensa del orden constitucional). El viejo zorro jugó con esa indecisión y los engañó, convenciéndoles de permitirle dirigirse al pueblo para renunciar. En lugar de eso, apeló al amor de su gente, incapaz de darse cuenta de que nadie lo quería. Y lo apartaron del camino.

El martes 21 Mugabe cedió a cambio de garantías de inmunidad legal ante cualquier acusación o investigación, y de que le permitan permanecer en el país. Esta fecha, de cualquier forma, dista de parecer el auténtico día de la independencia de Zimbabwe, como se grita en las calles. El socio e instrumento de Mugabe en cada operación de saqueo de las arcas públicas, de despojo y de represión a lo largo de cuatro décadas, Emmerson Mnangagwa, de 75 años, será nombrado presidente del país este viernes 24. Junto a él, seguirán mandando los gerontócratas en el ejército, la administración pública y la empresa privada que se han beneficiado de esta dictadura.

Mugabe pudo ser Mandela, pero fue Mubarak, y, como él, fue desechado por la dictadura que con sus propias manos creó. A costa de Zimbabwe.

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