El canto libre de Judith Reyes (1924-1988)

La cantante Judith Reyes. Foto: Especial La cantante Judith Reyes. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO, (apro).- Por estas fechas decembrinas del año que viene se conmemorarán tres décadas de la desaparición física de una de las cantantes más valientes y compositoras populares de mayor fuerza revolucionaria que haya tenido nuestro país: Judith Reyes Hernández, La tamaulipeca, nacida el 22 de marzo de 1924 en Ciudad Madero.

La recordamos ahora, pues en días pasados nuestro gentil amigo e infatigable promotor de la canción latinoamericana, don Enrique López, hizo favor de entregarnos personalmente en la redacción de la Agencia Informativa Apro la tercera edición del libro escrito por la hidalguense Liliana García Sánchez, intitulado Judith Reyes (1924-1988). Una mujer de canto revolucionario (Editorial RedeZ, 162 páginas), cuyo prólogo de Carlos Montemayor (1947-2010) apunta:

“Este libro nos revela muchas facetas políticas y personales de la gran artista que fue Judith; sus páginas nos ayudan a comprender su dimensión humana y artística, la congruencia que le hizo posible dejar de ser la compositora y cantante con gran futuro comercial La tamaulipeca, y convertirse en Judith Reyes, comprometida con las luchas sociales de México, América Latina y el mundo; luchas a las que cantó, acompañó y celebró”.

Como narra la autora en el capítulo final “Corazón alado”:

“Con 64 años, a pesar del inminente deterioro de salud que la esclavizó a un tanque de oxígeno, del largo encierro de su marido con el que apenas pudo compartir hogar unos meses, de la lejanía de sus hijas, de su tristeza, de su sentimiento de abandono y olvido, Judith continuó siempre activa e irreductible en sus convicciones. Siguió escribiendo libros y artículos; vendiéndolos al igual que sus discos, cancioneros y calaveras políticas; continuó escribiendo canciones, presentándose donde podía para compartirlas, y mostrar así su historia, sus vivencias e ideas”.

Voz en rebeldía

Relata Liliana García Sánchez los últimos días de Judith, en 1988:

“El mes de diciembre no fue distinto. Maylo Colmenares [del conjunto Los Nakos] recuerda que ella se presentó en la Universidad del Valle el día 22, y el 26 en el Frente Magisterial Independiente. El [martes] 27 se levantó temprano, se sentó en su mesa de trabajo para iniciar una nueva jornada. Un fuerte dolor en el pecho interrumpió su labor. Murió de un paro cardíaco.

“En el Campamento 2 de Octubre se realizaron los preparativos necesarios para velar su cuerpo. Llegaron ahí periodistas, obreros, campesinos, colonos, estudiantes, intelectuales y artistas para despedirse de ella. La Jornada, Proceso [#636, enero 9 de 1989] y Por esto publicaron breves artículos y notas acerca de ella y su fallecimiento…”

De origen campesino, Judith Reyes escribió los libros El corrido, presencia del juglar en la historia de México (1987), El cantar materialista de la historia (1986) y su autobiografía La otra cara de la Patria (1970). Como cantautora, había escogido su destino artístico 34 años atrás, cuando en el momento culminante de una carrera de compositora y cantante comercial (iniciada a los 12 años de edad en una radiodifusora de Tampico), abandonó el género ranchero para consagrar su vida a las causas populares. Su hija mayor, Magaly Alarcón Reyes, declaró a Proceso tras su funeral:

“Habrá compuesto unas 300 canciones de corte político, como una que le hizo a Mao Tse Tung. Era una mujer con tanta fuerza cual torbellino: nunca se quejaba, nunca se cansaba. Su fuerza le venía de su conciencia política”.

En la contraportada de aquella tercera edición de Liliana García Sánchez, leemos estas palabras del crítico de arte y teórico marxista Alberto Híjar (1935):

“Pudo ser La tamaulipeca en la industria del espectáculo. Decidió en cambio, hacer del corrido un instrumento de denuncia y crónica de las luchas populares. A diferencia de tantas y tantos, sus cantos los hizo en el plantón, la huelga, la caravana y no dudó en colaborar con las guerrillas en acción para probar que la historia ocurre ahora y no hay por qué esperar que pase.

“Planfletaria la llaman los exquisitos ignorantes de lo que Quilapayún e Inti Illimani llamaron canción urgente en el Chile de la Unidad Popular de los setenta, con tal éxito que sus cantos son ahora himnos en Oaxaca. No tiene tanta suerte Judith porque ya nadie recuerda la huelga de la extinta línea Peralvillo-Cozumel, y pocos ilustrados tienen presente el asalto al Cuartel Madera. De la misma índole concreta son los escritos periodísticos de Judith que centró en un libro-consigna su legado: La otra cara de la Patria.

“Sobre esto habló y cantó en Europa y América, cuando le creció la Patria al aumentar su persecución policíaca. De aquí el valor de ‘Los restos de don Porfirio’ con su carga irónica y su claridad política. Así sea en el proyecto en marcha de [Francisco Barrios] ‘El mastuerzo’ de La otra canción popular y en el asombroso libro de Liliana García, tan joven y tan claridosa, Judith Reyes es y será una fuerte columna en la construcción del pueblo en lucha sujeto a discusión histórica.”

(https://www.youtube.com/watch?v=jTWWrIv5sVg)

Toda una mujer

El prólogo de Judith Reyes. Una mujer de canto revolucionario, estuvo a cargo de la pluma del chihuahuense Carlos Montemayor, quien la conoció en su natal Parral, hacia 1960, por ser amiga de su padre y ayudar al escritor mientras redactaba Guerra en el Paraíso, con documentos y relatos de la participación de ella en la guerrilla de Lucio Cabañas.

“Este libro de Liliana García Sánchez revela muchas facetas políticas y personales de la gran artista que fue Judith (cuyo nombre la mayoría de mis paisanos chihuahuenses lo iniciaban con “i”, no con jota). Son páginas que nos ayudan a comprender su dimensión humana y artística… Su congruencia moral engrandeció por ello la música de México. Que este libro sirva para recordar su canto, su obra, su compromiso social, su grandeza humana. Para enaltecer su memoria y la de México que no se fatiga de luchar”.

En la introducción del volumen, García Sánchez define a Judith Reyes “un icono de la canción popular en los ámbitos de cultura alternativa, en la renovadora época de los años 60 y 70 mexicanos, al lado de José de Molina, Enrique Ballesté, León Chávez Teixeiro, y otros músicos y cantautores quienes permanecieron en los márgenes de la resistencia popular, que siempre ha estado presente”.

En el capítulo “Guitarra viajera”, leemos que La tamaulipeca consiguió empleo en la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM).

“Su trabajo consistía en revisar la música utilizada en las películas que se estaban exhibiendo y acreditarla a su respectivo compositor. Allí conoció a Tata Nacho (Ignacio Fernández Esperón), fundador de la SACM. Un día ella se animó a cantarle uno de los temas de su autoría, ‘Corazón Burlado’, que entonces interpretaba Tito Guízar. El maestro quedó sorprendido con ella y la invitó a trabajar a su lado en el programa ‘La Rondalla’, ganando 18 pesos por programa, y hacia 1948, apadrinada por el mismo Tata Nacho, ingresó a la SACM como socia fundadora.

“Ya dentro del ambiente de sus nuevas ocupaciones, conoció a Jorge Negrete, quien interpretara su ‘Parranda Larga’ en la película El Rapto, filmada en 1953 y dirigida por Emilio [El indio] Fernández.”

(https://www.youtube.com/watch?v=F6btIlmKq6o)

De acuerdo con García Sánchez, dicho tema aparece asimismo en la película francesa Los héroes están fatigados (Les héros sont fatigués), protagonizada por María Félix e Ives Montand. Hacia 1964, durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, Judith fue encarcelada en Chihuahua. Relata la cantante en sus memorias lo que pensó al salir de prisión:

“Yo aspiraba profundo para llenar mis pulmones con aire de libertad. Ahora comprendía porqué el hombre lucha tanto por ella […] Y desde entonces se agregaron a mi conciencia nuevas inquietudes y rebeldías.”

Judith ahorró lo suficiente para grabar su primer disco LP, La otra visión de la historia, edición de mil ejemplares que se agotó rápidamente.

“Cuando tuve el primer disco en mis manos, lo contemplé emocionada y exclamé: ‘Éste es para Fidel. Y se lo mandé a Castro. No supe si lo recibió.”

(https://www.youtube.com/watch?v=51u4t09nNQk)

Algunos de los títulos en los capítulos de Judith Reyes. Una mujer de canto revolucionario, van seguidos de fragmento de letras de sus canciones. Por ejemplo, “Rebeldía Rural” (1960-1964), dice:

Solicitando parcela

los años fueron pasando;

Cárdenas daba la tierra

y Alemán la iba quitando.

Inafectabilidades

que nos mandaron al cuerno;

a mí me dejó sin tierra

este bárbaro gobierno.

El “Corrido de Arturo Gámiz” (1965-1966):

Ciento veinticinco verdes,

de esos que defienden hoy

el latifundio del rico

llamándolo institución,

ametrallaron rabiosos

la guerrilla popular,

y desgajaron con balas

una esperanza rural.

(https://www.youtube.com/watch?v=L0uhG4MtsH4)

Fragmentos de su obra se reproducen a lo largo del volumen. “Corrido de la huelga Peralvillo-Cozumel” (del capítulo “El exilio 1969-1970”) dice:

Yo ya me voy desengañada de la ley,

porque la ley a mis derechos no sirvió.

Adiós mi barrio, adiós mi Peralvillo,

te dejo en mis cantares entero el corazón.

Adiós Adán, Adán Nieto Castillo;

tú estás en Lecumberri y yo en la rebelión.

De su solidaridad con la lucha de los colonos del Campamento 2 de Octubre, surgió el “Corrido del Campamento 2 de Octubre en Iztacalco”:

Hoy guardaremos silencio

por los muertos de Iztacalco.

Presente, Miguel García,

y los niños Saldaña otro tanto.

Secuestrada

Uno de los relatos más espeluznantes del libro de Liliana García Sánchez, es el relativo al secuestro de la cantora el 21 de julio de 1969, por miembros del Estado Mayor Presidencial. Parte de tal capítulo se condensa enseguida:

“Esa noche Judith leía en su cuarto… llegaron por ella dos enmascarados con metralletas… Entraron en la casa dos individuos más preguntando por ella. Violentamente la obligaron a salir, apenas dándole oportunidad de ponerse un abrigo sobre la ropa de dormir…

“Dentro de uno de los autos, le ataron las manos y le cubrieron con tela adhesiva los ojos, siempre encañonada en las costillas y en la sien. Al cabo de largas vueltas que lograron desorientarla, llegaron a un sitio que ella adivinó era una caballeriza, pues prestó suma atención con sus oídos u con su olfato. Más tarde la condujeron a lo que parecía una suntuosa oficina (Judith se daba maña para entrever por debajo de la tela que cubría sus ojos, levantando la cabeza como si estuviera dormida). En esta oficina se encontraba un funcionario, la llevaron sólo para que él la pudiera ver. De él, Judith sólo podía ver sus zapatos, y pensó que tal vez había sido ‘aludido quizá de manera no muy elegante en alguna de [sus] canciones’.

“Poco después la hicieron volver al auto. La llevaron de vuelta a las caballerizas, donde entre golpes y empujones la hicieron entrar en un calabozo maloliente y húmedo. Allí se quedó, con un guardia apuntándole permanentemente con su metralleta. Le fue imposible dormir a causa de los constantes interrogatorios. Solamente le descubrieron el rostro cuando le tomaron fotografías. Entre golpizas e insultos la presionaban, siempre inútilmente, para que aceptara dejar de hacer canciones como las que componía…

“Congruentemente, Judith prefirió seguir componiendo ‘esas cosas’ que salir en la televisión y vender así sus convicciones. Cantó en el calabozo la ‘Canción de la Universidad’, alzó su voz valerosamente para un auditorio que la obligaba a cantar a punta de fusil… Finalmente y a pesar de todo, viendo que sus respuestas seguían siendo claras y determinantes, le pusieron un vaso con olor alcohólico entre las manos atadas, y la obligaron a beber. Judith estaba aún convaleciente de su reciente operación, y beber podría ser fatal, pero ella no mostró temor ni cobardía… Ella, borracha, pero siempre lúcida, propuso un brindis:

‘¡Por Díaz Ordaz! –respondí redondeaba mentalmente los conceptos que estaba deseosa de externar. Cada frase que pronunciaba me la rubricaban a guantazo limpio’.

“Despertó horas después en el interior de un auto estacionado en alguna calle que no podía identificar… Su libertad había sido obtenida gracias a una movilización popular principalmente conformada por estudiantes que exigían su presencia inmediata.”

Las armas con que ustedes me amenazan

podrán cortarme la vida;

pero no lo que yo significo

que va más allá de mi persona física.

En el libro, García Sánchez (antropóloga social por la Universidad Autónoma de Querétaro y experta en laudería) expone asimismo que el rock como producto de una historia “tanto local como global”, es un ejemplo de la clase de cambios que está enfrentando la izquierda tradicionalista.

“Las semillas de este rock en español (conforme al sentido que le brindó Rockdrigo González), fueron plantadas a principio de los años 80 por artistas como el propio Rodrigo González; Rafael Catana, Guillermo Briseño, Nina Galindo, Roberto González, Jaime López y el grupo Los Nakos, entre otros. El rock surgido desde los barrios y calles de la gran capital guarda un sólido vínculo con las canciones pertenecientes a la línea de Judith Reyes”.

(https://www.youtube.com/watch?v=jQemxeZv1jc)

Entre los testimonios de este documento, cuya tercera edición fue revisada por Raúl Silva (Cancionero Rupestres), se cuentan los de León Chávez Teixeiro, Ismael Maylo Colmenares, Enrique Cisneros El llanero solitito de CLETA, Elia Crotte, Enrique Ballesté y Manuel Rodríguez.

Ya estuvo de tanto cuento, de vivir en la mentira.

Entre obreros y patrones la historia está dividida.

(Contacto: meztlli@yahoo.com, www.editorialredez.com y redez1@gmail; teléfono (55) 5603 5950)

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