El tecnócrata que halló su voz interior

A Juan Antonio Araujo Riva Palacio, con ecos de infancia

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Para el personaje principal de esta historia, la vida había sido generosa en extremo y parecía estar hecha de conquistas personales cada vez más conspicuas. Nunca supo lo que eran las privaciones, ni llegó a sentir angustias por imaginar un futuro donde el astro rey no brillara para él en todo su esplendor. Y por si fuera poco, en el plano afectivo también pudo jactarse de haber tenido una familia amorosa y de haber encontrado a una mujer con quien compartir cualquier pasión que le brotara de las regiones anímicas más recónditas. En suma, los privilegios eran su pan cotidiano y su degustación era como ingerir el cáliz de una existencia donde no existen reproches, ni anhelos impedidos de antemano.

¿Pero quién es este afortunado sujeto y por qué tendríamos que ocuparnos de él? Digamos que el personaje tiene el perfil del aficionado a la música y que nos interesa por ser protagonista de una historia digna de ser contada. Aunque lo más importante no es narrar su vida sino difundir lo que hizo de ella cuando supo que su fin era predecible.

Así pues, asentados los pilotes del relato, tenemos que dirigirnos a los primeros años del sujeto a quien debemos referirnos, justamente, con su nombre y apellido verdaderos: Eric Sun (téngase presente el significado de Sun en castellano…).

Eric nace en 1983 en el seno de un hogar de inmigrados provenientes de Taiwan. Sus padres estudiaron en la Universidad de Texas y después se establecieron en New Jersey, ciudad donde ve la luz nuestro futuro tecnócrata. Hasta los once años es criado como hijo único, mas en 1995 nace una hermana. Conforme a las creencias paternas, siempre debía priorizarse la educación de los hijos, aunque eso implicara renuncias. De esa forma a Eric y a su hermana les ofrecen muchas posibilidades de estudio para que hicieran algo bueno con sus vidas. Afortunadamente los niños tenían capacidades suficientes para creer que lo invertido en su educación iba a dar réditos sustanciosos. No estaban equivocados ya que a la vuelta de pocos años los resultados serían tangibles.

A los tres años de edad Eric ya es capaz de leer y de recitar de memoria largos poemas escritos en los ideogramas chinos. Cuando cumple cuatro inician sus lecciones de violín y dos años después comienzan las de piano. Todas con maestros particulares quienes, de inmediato cayeron en la cuenta de que el infante tenía oído absoluto. En este punto hemos de aclarar que el estudio de la música no era particularmente apreciado por Eric, sin embargo se somete a él de buen grado por ser una tradición familiar y porque en su interioridad algo palpita con emociones contenidas cada vez que escuchaba obras maestras o, mejor aún, cada vez que imaginaba la plenitud de poder interpretarlas.

En 1996 el señor Sun es contratado como profesor de la Universidad de Washington y la familia se establece cerca de Seattle. Es ahí donde Eric ingresa a una escuela para superdotados, todos con un IQ mínimo de 140. Las ciencias y las matemáticas son sus materias favoritas, mas no descuida las actividades deportivas ‒gana torneos de ping-pong y juega tenis en el equipo de la escuela‒ ni se aparta de sus estudios musicales. En esos años se vuelve discípulo de una violinista coreana que le proporciona herramientas para un buen desarrollo técnico pero es ella quien nota que su involucramiento emocional a la hora de tocar es nulo. Por más que se lo exige, Eric no se emociona tocando.

Es en esa época cuando escucha por primera vez la sonata para violín n° 1 de Brahms[1] y ante el impacto sensorial que le causa acude con su profesora para suplicarle que le de permiso para estudiarla. Asistida de razón, la maestra se rehúsa categóricamente aduciendo que esa obra requería del apasionamiento del que él carecía. Y lo mismo habría de suceder con el octeto de Mendelssohn[2] que lo subyuga pero que le es denegado.

Al momento de concluir la preparatoria Eric piensa abandonar el violín para dedicarse de lleno a las ciencias, particularmente a las que tuvieran que ver con la informática y las comunicaciones, sin embargo no lo hace y sigue tocando con desgano. Debemos ahora puntualizar que durante su adolescencia Eric ya manifiesta una notable vena empresarial, pues funda una compañía, la Alphapyton Tecnologies donde su talento como programador de computadoras se explaya. Viene entonces el enrolamiento en la universidad, para la cual escoge la de Stanford en California. Es de subrayar que se inscribe en dos carreras simultáneas ‒ciencias de la computación y economía‒ y que también elige ser miembro de la orquesta sinfónica universitaria. Esto último para no acabar de tirar por la borda todos los años de estudio que consagró a la música.

En unas vacaciones Eric viaja a Berlín, donde acontece un encuentro de trascendencia para su biografía. Asiste a un concierto de la famosa filarmónica que lleva de solista a la violinista Hilary Hahn, quien le mueve fibras muy hondas. La expresividad de la violinista lo compele a acercársele, quizá en aras de buscar algún contagio emocional. En el camerino obtiene un autógrafo y se entera que la virtuosa toca en un maravilloso violín francés fabricado por Jean-Baptiste Villaume.

De regreso a Stanford decide pedirle clases de violín al concertino de la sinfónica de Oakland, aunque no dispone de mucho tiempo para estudiar. No le hace. Lo importante es no renunciar al sueño de algún día poder expresarse a través del violín, conmoviendo con sus interpretaciones. En su último año de carrera toma clases de baile y es ahí donde conoce a Karen Law, una mujer que lo cautiva por sus dotes: sabe de música, cocina manjares, baila, se interesa por las energías sustentables y, qué mejor, también es hija de inmigrantes chinos. La unión entre ambos surge espontanea.

Iniciada la vida en pareja, Eric y Karen dan rienda suelta a sus ensueños y ellos son facilitados por la bonanza económica que los envuelve. Se mudan a un apartamento con una insuperable vista al Pacífico ‒en Mountain View‒ donde ambos logran consolidarse como profesionistas prototípicos del renombrado Syllicon Valley. Karen trabaja como investigadora en los Sandia National Laboratories y Erick como titular de base de la empresa Facebook, encargándose de un ambicioso proyecto titulado Entities (un programa que “mapea” las conexiones entre los usuarios y sus preferencias de consumo). El trabajo que desempeña es tan bueno, que a unos cuantos meses de su contratación oficial, Facebook le propone que se mude a Londres ‒ya como manager y en compañía de Karen‒ para crear el equipo inglés que expandirá el proyecto Entities.

Dos años en la capital del Reino Unido afianzan su prestigio y le permiten darse lujos inéditos. Guardarropa de diseñadores, comidas en restaurantes de postín y la asistencia a los espectáculos más selectos. Aunque no es de olvidar que una tarde ingresa a una subasta de la casa Tarisio y que no tiene problema en pujar para hacerse de un violín del siglo XIX por el que desembolsa 300 mil libras esterlinas (alrededor de 8 millones de pesos). No es casual que el instrumento sea un Villaume, similar al de Hilary Hahn. De la estadía británica no hay ningún pero que valga, exceptuando al mal clima y a algunas nauseas ocasionales que atribuye a la insípida gastronomía de los insulares.

El regreso a los Estados Unidos es más que promisorio, salvo que las náuseas persisten. Eric se somete a biopsias, análisis y tomografías. Para sorpresa de todos, dada su buena salud, se le detecta un tumor maligno en el cerebro ‒un glioblastoma‒ con una esperanza de vida de catorce meses como máximo. Ante la certeza del diagnóstico Eric se propone realizar, ahora sí, los pendientes de su interioridad. Como podemos suponer no quiere comprar cosas ni hacer más dinero, sino reconciliarse con los mandatos de su esencia humana. Elige entonces aprenderse las partitas de Bach y los caprichos Paganini, tocar el octeto de Mendelssohn, la sonata de Brahms y presentarse, al menos una vez, como solista. Lo logra casi todo ‒de Paganini se aprende 15 caprichos‒ y con el corazón puesto finalmente en las manos. Su última proeza es la de tocar los solos del Violinista en el Tejado[3] en una temporada donde las críticas subrayaron que no hubo asistente que no saliera conmovido ni con lágrimas en los ojos. Días después de la última función, el 23 de noviembre de 2017, fallece en los brazos de Karen. Tenía 34 años de edad y apenas comenzaba a gatear por los misteriosos senderos de la expresión musical.

Lo destacable de su reacción ante la muerte es que estipula ‒además de crear un ingente fondo para mujeres que quieran estudiar ciencias en Stanford‒ que su Vuillaume ‒ahora bautizado Sun-Law‒ estará puesto a disposición de algún joven violinista ‒de 18 a 35 años de edad y de cualquier nacionalidad‒ que lo toque para acercar y sensibilizar comunidades marginadas. Las bases para inscribirse están en el sitio: tarisio.com

[1] Audio 1: Johannes Brahms – Vivace ma non troppo de la sonata para violín y piano op.78 n° 1. (Itshak Perlman, violín. Vladimir Ashkenazi, piano. (EMI, 1987)

[2] Audio 2. Félix Mendelssohn – Allegro moderato ma con fuoco del Octeto para cuerdas en Mi b op. 20. (Soloists of the Chamber Orchestra of Europe. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 2007)

[3] Véase este video sobre Eric Sun y su prematura muerte: https://tarisio.com/about-us/tarisio-trust/sun-law-fellowship/

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