Israel-Palestina: la “muerte” de los Acuerdos de Oslo y el regreso a la “casilla cero”

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En el largo conflicto palestino-israelí, la etapa que ha sido conocida como “del proceso de paz” está llegando a su fin de la mano del presidente estadunidense Donald Trump.

Después de 25 años, en los que muchos han señalado que los diálogos hacia un acuerdo definitivo fueron poco más que cortinas de humo, el anuncio de que Estados Unidos trasladará su embajada de Tel Aviv a Jerusalén –que rompe un principio fundamental sobre el que se basaba dicho proceso– ha terminado por dinamitar los consensos más básicos.

En respuesta a la decisión de Trump, el Consejo Central Palestino –en el que participan todas las facciones de la Organización para la Liberación de Palestina, entidad que la ONU reconoce como representante del pueblo palestino— decidió pedir a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) –el órgano que administra 19% del territorio palestino, donde se concentra la mayor parte de la población– que rompa con otro principio fundamental que mantiene dicho proceso de paz: el reconocimiento del Estado de Israel.

Ese llamado todavía no se convierte en un hecho: el órgano superior de la OLP, el Consejo Nacional Palestino, todavía tendrá que tomar una decisión final.

Mientras tanto, el presidente palestino Mahmoud Abbas –repetidamente acusado de alinearse con Israel–, dio en dos horas y media su discurso más fiero en este cuarto de siglo: acusó a Israel de haber matado los Acuerdos de Oslo de 1993 (los que dieron origen al proceso de paz); desconoció a Washington como mediador; describió al Estado de Israel como “una aventura colonialista”; adelantó que revelará los nombres de 150 compañías que colaboran con la ocupación (lo que las expondrá a campañas de boicot); advirtió que devolverán la “bofetada” que les dio Trump al anunciar la mudanza de la embajada estadunidense a Jerusalén, y concluyó que, arrinconado como está su pueblo, éste se abocará a la “lucha nacional, porque no hay nadie más en quién podamos apoyarnos”.

La ANP ha quedado así en un grave dilema: desconocer a Israel significa el fin del Acuerdo de Oslo que le dio origen. Esto significa a su vez anular legalmente a la misma ANP: su autodisolución. Y sería el fin de la cooperación con Israel en temas de seguridad. Así, el primer ministro Benjamin Netanyahu tendría que ordenar la ocupación militar y administrativa de las ciudades palestinas.

Terminaría, además, con el objetivo mítico que ha animado todo este proceso: el de la solución bi-estatal; la creación de dos estados soberanos, uno judío y otro palestino, en convivencia pacífica.

Trump aseguró que acabar con el problema le tomaría poco tiempo, y para eso, envió a su yerno Jared Kushner, un inversionista cuya experiencia en resolución de conflictos políticos y negociaciones diplomáticas era igual a cero, como enviado especial a Medio Oriente, la región más compleja del mundo, en donde generaciones sucesivas de estadistas han fracasado desde la guerra árabe-israelí de 1948.

Así retornaron el problema a la casilla cero, en donde estaba hace 70 años.

Un agente israelí encubierto detiene a un manifestante en la ciudad de Ramalá. Foto: AP / Nasser Shiyoukhi

Un agente israelí encubierto detiene a un manifestante en la ciudad de Ramalá. Foto: AP / Nasser Shiyoukhi

La “bofetada del siglo”

“¡Yajrab baytu!”. Los delegados al Consejo Central Palestino, celebrado en la ciudad de Ramalá, sede de la ANP, escucharon del presidente Abbas muchas oraciones que pocos esperaron alguna vez de él, y esta expresión en particular resumió la postura del cuestionado dirigente: “Que su casa sea destruida”.

Y hablaba de Donald Trump.

No se refería a derribar la Casa Blanca ni bombardear la Torre Trump. En la tradición árabe, estas dos palabras tienen un sentido metafórico, aunque sigue siendo claro.

Trump aseguró que lograría el “acuerdo del siglo” pero, según Abbas, lo que les dio fue “la bofetada del siglo” con la decisión de trasladar la embajada estadunidense a Jerusalén.

En 1993, los Acuerdos de Oslo –con el protagonismo de Bill Clinton– fueron firmados bajo la premisa de que los palestinos reconocían el derecho a existir del Estado de Israel, e Israel reconocía a la OLP como representante legítima de los palestinos. Se abrió así un breve periodo de transición para construir un Estado palestino en los territorios de Gaza y Cisjordania, ocupados por Israel; se estableció una administración autónoma sobre esos territorios bajo control de la ANP; y el estatus de Jerusalén –que ambos pueblos reclaman como capital– sería definido en un eventual pacto final.

Por esta razón, y en cumplimiento de sucesivas resoluciones de Naciones Unidas, los países del mundo mantienen sus embajadas en Tel Aviv y representaciones en Ramalá, no en Jerusalén.

En 1995, Yitzhak Rabin, entonces primer ministro de Israel que compartió el Nobel de la Paz con Yasser Arafat, el líder histórico palestino, fue asesinado por Yigal Amir, un extremista de 25 años que de esta forma trataba de descarrilar el proceso de paz. Y lo logró: a partir de ahí, el electorado israelí estableció gobiernos cada vez más derechistas, que impulsaron políticas que en lugar de desmontar la ocupación buscaron consolidarla, mediante la creación de extensos asentamientos de colonos judíos que terminaron por partir Cisjordania en dos. Los 200 mil colonos judíos que había en ese territorio en 1993, pasaron a ser 400 mil en 2000 y cerca de 800 mil en la actualidad.

Esto hizo tan inviable la creación de un Estado palestino como seguir creyendo que Washington era un mediador imparcial o en la existencia de un proceso de paz real. Pero ambas ideas se mantenían vivas en la retórica de la diplomacia internacional y en el discurso de los mandatarios estadunidenses, así como en los del primer ministro Netanyahu y del presidente Abbas.

Trump las demolió con el golpe de su bolígrafo, el 6 de diciembre, cuando firmó el decreto de traslado de su embajada a Jerusalén.

Una máscara con la mezquita de Al-Aqsa durante una protesta contra Trump en Estambul. Foto: AP / Emrah Gurel

Una máscara con la mezquita de Al-Aqsa durante una protesta contra Trump en Estambul. Foto: AP / Emrah Gurel

Mitos derribados, verdades desnudas

Al llegar a la plenaria del Consejo Central Palestino, convocado de emergencia por la OLP, los delegados confrontaban un escenario de mitos derribados y de verdades desnudas, y la necesidad de tomar decisiones graves, con cuatro opciones principales: declarar a Palestina como un Estado bajo ocupación; disolver la ANP; dar por terminada la cooperación en seguridad con Israel, y retirar el reconocimiento del Estado de Israel.

Prevalecieron las dos últimas, como llamados al Consejo Nacional Palestino. Del discurso de Abbas no se desprende con claridad una determinación de romper los últimos vínculos con Israel, pero sí hay una advertencia clara: la decisión de dejar de ser “una autoridad sin autoridad” y “una ocupación sin costos” para el ocupante.

Marcó una línea roja: “Trump amenaza con cortar el financiamiento (a los palestinos) porque las negociaciones han fracasado”.

Dos días después, el gobierno estadunidense anunció que no entregará 65 millones de dólares a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA, por sus siglas en inglés), la mitad de sus recursos. La ONU advirtió que esto afectará a 5 millones de refugiados, incluidos 500 mil niños en cerca de 700 escuelas, y a programas médicos para 9 millones de pacientes; recordó además que la UNRWA es una entidad de la ONU, no de la ANP.

Pero el mensaje estaba dado.

Algunos analistas en Israel trataron de valorar los retos de largo plazo en medios como el influyente diario Haaretz, en vista de que el estado terminal de los Acuerdos de Oslo desencadenará una caída de fichas de dominó que conduciría a que Israel retome la administración de 19% del territorio palestino que ahora maneja la ANP, desaparezca la cooperación en seguridad –es decir, el colchón que da a Israel la policía palestina–; y lo más importante, que Palestina no reconozca a Israel como Estado.

Una voz conservadora, Eric H. Joffie, denuncia tanto a la extrema derecha del gabinete de Netanyahu como a los grupos de izquierda por sabotear la solución bi-estatal, porque –asegura– el territorio completo de la Palestina histórica (lo que hoy son Israel, Gaza y Cisjordania) quede dentro de un solo Estado sólo puede traer o una “sangrienta guerra civil eterna” o un “apartheid israelí”, en el que una parte de la población –la palestina– carezca de ciudadanía y de derechos.

Por eso insiste en un futuro en el que una “patria judía orgullosa, democrática y liberal” conviva en paz con un Estado palestino.

Esa es la idea que ahora está muriendo.

Jeff Halper –que aclara que estuvo a favor de la solución bi-estatal hasta que “la fragmentación del territorio palestino (a causa de los asentamientos judíos) hizo que un Estado palestino viable y soberano fuera imposible”– respondió a Joffie en el mismo periódico que, ahora que ya no hay otra opción que la de un solo Estado y que éste debe abandonar el sistema del apartheid para convertirse en uno democrático y binacional, que les dé “derechos iguales a todos sus ciudadanos –una ciudadanía, un voto, un Parlamento–, pero que les dé garantías constitucionales tanto a judíos israelíes como palestinos árabes a mantener sus identidades, narrativas e instituciones”.

Pero ese tono reflexivo no es el que prevalece en este intenso debate en Israel. La mayor parte de los comentaristas y los medios no están revisando las causas y consecuencias de la situación, sino que se centra en atacar a los palestinos, y en especial a su presidente Abbas porque, con el inusual tono de indignación de su discurso, ahora sí habría “mostrado su verdadera cara” y que “jamás estuvo realmente dispuesto a negociar”.

En su discurso, Abbas preguntó: “¿Cuándo demonios empezaron las negociaciones?”.

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