Miccacuicatl (cantos mortuorios)

Se pide un minuto de silencio. Y se acata de pie para honrar la memoria de un ser luminoso que abandonó su cuerpo físico en la plenitud de su paso por la tierra. Todos los presentes lo conocieron y en su interioridad revolotean las vivencias compartidas que, ingrávidas, se han decantado en la mejor recordación posible. La urna con las cenizas concentra las miradas y entorno a su gélida superficie se imputa un respeto unánime: aquel que suscita la brusca ascensión, desde el inframundo, de una muerte florida. Así, con las volutas de la consternación incrustadas en las voces, se suman los testimonios que deben preservarse… (Un toque de caracol copula con el silencio)

Canto 1° Patrick Johansson, actual titular del Seminario de Cultura Náhuatl de la UNAM, oficia el ritual y sus palabras de apertura aluden al mito de la creación del hombre.[1] “A petición de los otros dioses, Quetzalcóatl desciende al Mictlan para recoger los huesos-jade que atesora Mictlantecuhtli, quien rige el destino de los muertos. Mictlantecuhtli accede a entregar los huesos, pero con una condición: Quetzalcóatl ha de soplarle a un caracol y darle cuatro vueltas a su círculo de jade. Como el caracol (tecciztli) no está agujerado Quetzalcóatl pide ayuda. Los gusanos (ocuilin) lo perforan y los abejorros (xicotin) lo atraviesan. Quetzalcóatl le sopla entonces, produciéndose el sonido primigenio que preludia la vida humana. La metáfora es clara: El sonido del caracol de Quetzalcóatl penetra el oído de Mictlantecuhtli y fecunda a la muerte. Con ello, la primera luz del amanecer existencial habría sido acústica, dentro de las tinieblas del inframundo en las que sólo ardía la luminosidad ígneo-telúrica del fuego, en otras palabras, la emanación sonora de Quetzalcóatl es la luz pre-solar que anida en el caracol y que representa al embrión espiritual del ser humano en gestación. El simbolismo ígneo/solar del abejorro, junto al sonido del caracol, generaron mitológicamente el alma (tonalli) del ser, antes de que se formaran su naturaleza ósea y su cuerpo de maíz.” Vuelve a sonar el caracol, ahora sí, con su verdadera trascendencia funeraria…

Canto 2° Berenice Garmendia, compañera inseparable del Seminario y poeta de marras, rememora que el difunto tenía un oído privilegiado y que eso lo capacitó ‒junto a su amor por el conocimiento‒ para aprender una cantidad inverosímil de lenguas. Llegó a conversar con él en ruso, mas era bien sabido que podía expresarse en latín, griego, hebreo, japonés, francés, inglés, otomí, zapoteca, tzotzil y, por supuesto, en náhuatl, la lengua de sus abuelos. Acto seguido, con la emoción a flor de labios, entona los versos que el pasmoso lingüista ha venido dictándole desde el Mictlan: “Manantial en buria y espiral constante / Geiser continuo reintegrado al centro / el retorno a Tula… al epicentro / al corazón de jade palpitante. // Llegó la aurora, violeta siempre viva / ‒arrebato de esperas postergadas‒ / Con Vesper en noches afiebradas / a tu encuentro, energía evolutiva. // Febril Efebo, Centauro efervescente: / Liberada la implosión, ¡ningún flagelo! / ¡ningún descanso ni pausa impermanente! // Ya que fuiste en madurez pomelo / renovada ya tu aura incandescente: / ¡Ningún Quetzal se atreva a perturbarte el vuelo!…”

Canto 3° Erika Dobosiewicz, la gran violinista polaca naturalizada mexicana, atina a decir que el difunto fue su profesor en la ENAH[2] y que nunca cesó de infundirle ánimos para que dominara la lengua del Anáhuac. Para corroborarlo pide permiso para recitar un poema escrito bajo el influjo del inolvidable maestro. Sus versos demudan, pues dan fe del compromiso adquirido entre ambos: “In Yectli in Cualli” / Quemah, nicmati auh ahmo nicahcicamati ihuan nimoyolpohua mocahua noyollo. / Quemah, nicmati ye otiyah in campa zan noceltzin tiyazqueh, in campa ye Teotlehco otimocuepa, in campa in nelly timonemihtozqueh. / Cemihcac ticmopielizqueh in toyollihtic nochi tlein otinechmacah in ahmo hueyac monemiliz ihuan ahmo timolnamiquilizqueh: / In mixcatzin in moyollotzin / In motliltzin in motlapaltzin / in tiyectzin in ticualtzin. [3] Para redondear su participación, la eminente solista y primer violín de la Filarmónica de la Ciudad de México, toma su noble instrumento para elevar una plegaria sonora firmada por Johann Sebastian Bach quien, junto a Antonio Vivaldi, era el genio predilecto del homenajeado. Las notas del Adagio en sol menor BWV 1001 inundan el recinto y desvanecen las fronteras de los corazones que palpitan al unísono.[4]

Canto 4° El responsable de esta columna tampoco puede acogerse al mutismo, ya que son muchas las ligaduras que lo unen al extinto. Desde alianzas musicales hasta las pruebas genuinas de una amistad sin quebrantos. Ya a nadie sorprende constatar que el difunto poseyera capacidades fuera de lo ordinario y que la música se convirtiera en su segunda naturaleza. Aprendió a tocar la flauta sin una guía explícita, e hizo lo mismo con el piano, el clavecín y el acordeón. Lo más asombroso es que también consagrara sus energías vitales a la creación musical y que nunca recibiera clases formales de composición. Sus principales mentores fueron Vivaldi y Bach, por ende, su estilo nació barroco como las fuentes donde abrevó sin abandonos.[5] Para no dejar duda de su perenne agradecimiento, quien esto escribe relata que durante el proceso que desembocó en la reelaboración vivaldiana de la ópera Motecuhzoma II, el difunto fue un compañero de ruta imprescindible. No sólo actuó en la primera puesta en escena como calpixqui o mayordomo, sino que tocó los solos de flauta y se solidarizó con las premuras del estreno, traduciendo la letra ‒acorde con la métrica del original italiano que musicalizó el Preste rojo‒ que debía acompañar a la inesperada Danza para la fiesta de Tóxcatl. En ella quedó plasmado: Moyeyecohua, pehua cuica, / quimoyahua xóchitl onahuia cuicatl, / tlazeliya xochitl i / cueponi a xochitl i, / zan ica toxochiuh cuico. / oncan nemi xochitototl, / Hualquimati teotl ichan, / yectli quecholli huel ontechcuica.[6] Como punto final se refiere que la partida duele, aunque hay certidumbre que su espíritu vuela ya sin ataduras y que su legado está anclado al futuro.

Canto 5° La madre del difunto, conmovida y reacia a permitirse el llanto, desvela los enigmas que rondan. Su hijo fue su único varón y lo recuerda rodeado siempre de libros y partituras. Era todavía un infante privado de palabra y ya tomaba cuanto volumen caía en sus manos para deleitarse en su contemplación. Jamás rayó o dañó alguno. Cuando se volvió persona hubo temores de que sus prolongados encierros se debieran a un autismo no detectado. Sin embargo, la única verdad es que su vástago no se identificaba con sus compañeros de escuela ni con sus amigos del barrio y que prefería vivir instruyéndose en vez de perder el tiempo en cosas que consideraba fútiles. En algún momento impreciso descubrió, merced a los prodigios del radio, que la música culta era un reino donde se ofrecía el asilo que su sensibilidad demandaba. De ahí en adelante, el estusiasmo fue la mecha con que alumbraba sus noches sin sueño. Ni las escuelas ni los maestros colmaron a fondo sus ansias de saber, por tanto, el autodidactismo fue la senda que cultivó sin titubeos.

Fue una preocupación materna saber que el difunto viviera con las pestañas en vilo y que se desvelara semanas enteras para estudiar lo que su sed de conocimientos le imponía. Sólo así puede entenderse que hubiera amasado tal cúmulo de saberes y en tan pocos años. Con la gratitud en ristre, concluye aseverando que nunca hubiera imaginado que su hijo fuera un mexicano excepcional y, mucho menos, que se labrara tanto cariño y admiración…

Epílogo Juan Elif Díaz Pérez vio la luz en la Ciudad de México, en junio de 1981. Fue un residente de Cuautitlán, Estado de México, y pisó diversas instituciones educativas. Más adelante se convirtió en maestro y en un defensor a ultranza de las lenguas indígenas y de la buena música. Para su salvaguarda y divulgación sacrificó el aliento. En noviembre de 2017 pescó un enfriamiento que lo llevó al hospital. En la clínica del ISSSTE diagnosticaron que no era grave y lo regresaron a su casa, donde trabajaba en un diccionario de variantes del náhuatl. El pasado 6 de diciembre, una pulmonía le paró el corazón. El caracol de Quetzalcóatl lo escoltó hasta el Mictlan…

[1] Pertenecen también al libro del Dr. Johansson: Miccacuicatl. Las exequias de los señores mexicas. México. Editorial Primer círculo, 2016.

[2] Escuela Nacional de Antropología e Historia.

[3] El ejemplo. Sí, lo sé, pero no lo entiendo y confundido queda mi corazón. Sí, lo sé. Sé que te fuiste a donde todos iremos por nuestra cuenta, que retornaste a donde sube la energía divina, donde en verdad viviremos. Siempre cuidaremos todo lo que nos diste en tu corta vida. Y no olvidaremos tu venerable persona, tu sabiduría y tu digno ejemplo.

[4] Audio 1: Antonio Vivaldi – Largo del concierto Per la Solennitá di San Lorenzo RV 286. (Erika Dobosiewics, violinista. Capella Puebla, Horacio Franco, director. 2009)

[5] Audio 2 y 3: Elif Díaz – Concierto para violín y cuerdas (Inédito y dedicado a Samuel Máynez Champion. (Versión midi) )

[6] Se ejercita, inicia el canto / se esparcen flores / alegra el canto; Reverdecen las flores / abren sus corolas las flores / con nuestros cantos se goza. / Ahí anda el ave florida / viene a conocer la casa del dios. / El bello pájaro rojo / hermosamente nos viene a cantar. Audio 4: Vivaldi/Máynez – Danza para la fiesta de Tóxcatl de la ópera Motecuhzoma II. (Elif Díaz, flauta. Paola Gutiérrez Candia, mezzosoprano. Sonatori de la Gioiosa Marca. Francecso Fanna, director. LIVE RECORDING, 2009)

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