Constitución moral: romanticismo político-religioso dañino

Andrés Manuel López Obrador en su toma de protesta como candidato del PES. Foto: Octavio Gómez Andrés Manuel López Obrador en su toma de protesta como candidato del PES. Foto: Octavio Gómez

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Coincido con periodistas de Proceso y otros medios, críticos de la idea de una constitución moral y de un diálogo interreligioso, sugeridos por uno de los candidatos a la presidencia de México. Ya contamos con una Constitución política, no se necesita otra de corte moral. La Constitución política de un país representa la estructura básica de la organización de los valores de libertad y Bien Común, con su dignidad y autonomía propias. La clave es que se viva, aplicándola a diario.

La política no es redentora, no resuelve los problemas más urgentes del alma humana como apuntaba sabiamente Agustín de Hipona al hablar de la Ciudad del mundo y de la Ciudad de Dios. La redención del espíritu humano es materia ajena a la política, pertenece a otro orden, al de la trascendencia, al de la religión. Lo que legitima el poder político es el derecho justo. El derecho auténtico, el orden jurídico como causa formal de lo social, organiza, legitima y le da sentido al poder, haciéndolo apto para defender la dignidad humana, mediante la gestión del Bien Común.

Sacralizar la política en horas de desazón por la realidad, es romanticismo político, imaginería que suple a la prudencia deliberativa que gira en torno a la resolución de los apremiantes problemas particulares de la comunidad ampliada, no a utopías mesiánicas, sentimentales, a grado tal que uno de los devotos de Morena hace unos días, tuvo el atrevimiento de citar en un artículo periodístico uno de los pasajes evangélicos relativo a la visita de Cristo al repudiado recaudador de impuestos, tratando de justificar así, el sincretismo y llamada al tierno amor de dicho candidato. Sugerir diálogos interreligiosos con fines románticos, en estos tiempos, no es papel de la política: zapatero a tus zapatos.

La política romántica da la espalda a la razón práctica, y en la historia concreta del Siglo XX, ha conducido a pueblos enteros a callejones irracionales, ajenos a la libertad, según lo ha señalado con certeza el filósofo Safransky al tratar el tema de los peligros del romanticismo en política. Por otro lado, es integrismo el utilizar la religión para fines políticos. El integrismo envilece tanto religión como política, al tergiversar sus funciones esenciales: al César lo que del César y a Dios lo que es de Dios, sin simulaciones retóricas dirigidas a lactantes. Se trata de una sacralización sincrética la que propone tal candidato: mezcolanza contradictoria y obscura de todo tipo de tendencias ideológicas, religiosas, sociales, políticas, destacando la económica de corte neoliberal -descrita puntualmente en el último número de Proceso– como paradoja insalvable.

Esa mezcla es inepta para enfrentar la injusta y violenta realidad política actual que exige prudencia política, claridad, coherencia entre medios y fines. El romanticismo es viable y digno de admiración en el campo de la estética, de la música, de la pintura: Chopin, Novalis, Wagner, Caspar David Friedrich con su Árbol de los Cuervos; pero en el escenario de la política, equivale a un aventurerismo dañino para la libertad del grueso del pueblo en estado de pobreza; romanticismo político en alianza con élites ahora neoliberales (Hanna Arendt) que se ha concretado en la historia en forma de regímenes que hacen a un lado la razón práctica, la prudencia política, enarbolando el mito, la emoción, la insubstancial utopía redentora para ruina en los hechos, de la dignidad humana. En el peligro está la salvación, dijo una vez un romántico ilustre: atisbar tal peligro en política, es lo que salva. Tiempo de honda reflexión sin duda, no de irracionales mitificaciones.

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