Las flautas de Tezcatlipoca

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En el México Antiguo, la flauta o tlapitzali tenía una vinculación absoluta con el poder y con el mandatario o tlahtoani que regía la otrora Tenochtitlan, al punto que era imposible que alguien que pensara gobernar no tuviera preparación musical y que, una vez ascendido al trono, lograra eximirse de supervisar personalmente la calidad de la enseñanza del canto/baile o cuica y su funcionamiento en las ceremonias implementadas por la teocracia militar mexica. Los nexos del instrumento con las esferas gobernativas eran, por ende, numerosos y su papel como dádiva de Tezcatlipoca a los hombres nos merece explicación y, por supuesto, justifica la escritura de esta nota en un tiempo donde la rebatiña por el dominio político es una farsa abyecta y nauseabunda.

En los discursos de ascensión al poder, contenidos en el Libro VI del Códice Florentino[1], las alusiones al enlace entre el mandatario electo, la flauta y Tezcatlipoca son explícitas y recurrentes. En una de éstas, por ejemplo, el tlahtoani pide al Señor del “espejo humeante” que permanezca en su estera, metáfora del sitio donde se gobierna: “donde haces uno igual a ti, representante tuyo, donde te expresas, donde se habla por ti, donde te haces uno con tu flauta…” Y en otro leemos: “Amo y señor nuestro, yo soy tu flauta arrojadiza, aún sin merecerlo.” Además, es de tener presente que al asumir el mando, el gobernante se convertía en una encarnación de Tezcatlipoca, al igual que los adeptos al sacrificio que, cuales manifestaciones redivivas del dios, debían ser flautistas diestros. A estos se les llamaba “ixiptlas”[2] y su participación en la solemnidad de Tóxcatl nos da pistas para entender mejor la vinculación que queremos subrayar.

Así pues, en la porción temporal correspondiente a la veintena de Tóxcatl se designaba, con miras a su sacrificio, a un cautivo de cuerpo sin máculas para que representara a Tezcatlipoca, a lo largo de los 18 meses del calendario indígena. Periodo en que el “elegido” se educaba con esmero. Se le enseñaban modales nobles y, sobre todo, a tocar bien la flauta. En sus paseos por la ciudad portaba los mismos atavíos del dios –proporcionados por el tlahtoani– aunados a un ramillete de flores y a una caña de fumar o acayetl. Al tocar la flauta el pueblo acudía a su encuentro para rendirle pleitesía, y refiere fray Diego Durán que “en oyendo esta flautilla los ladrones o los fornicarios o los homicidas, o cualquier género de delincuentes era tanto el temor y tristeza que tomaban y algunos se cortaban de tal manera que no podían disimular haber en algo delinquido.” Veinte días antes de que concluyera su reinado, el ixiptla recibía a cuatro doncellas con nombres de diosas –Xochiquétzal, Xilonen, Atlatonan y Uixtocíhuatl– para tener con ellas “conversaciones carnales”. Moriría ataviado como guerrero.

Faltando cinco días para el sacrificio, el gobernante se retiraba de la vida pública cediéndole el poder al nuncio de Tezcatlipoca. Iniciaban entonces banquetes y fiestas. El ixiptla era acompañado por muchos dignatarios, para ser honrado en diversos lugares de la metrópolis y de las riberas del lago. Al concluir los festejos del cuarto día, retornaban a la ciudad las cuatro “esposas” y la comitiva, dejando solo al ixiptla con sus pajes. Llegado el último día, el cautivo acataba su destino subiendo al lejano templo de las flautas o Tlapitzoayan[3], donde los sacerdotes lo aguardaban. En su ascensión tocaba hacia los cuatro rumbos del universo las flautas que había usado durante el año estrellándolas, una a una, contra los peldaños.[4] Una vez en la cima, los sacerdotes ofrendaban su corazón al Sol. Avenía el degüello del cadáver y la colocación del cráneo en la palizada conocida como tzompantli.

Simultáneamente, al tiempo que el ixiptla arribaba al sitio de su muerte, en Tenochtitlan comenzaba la segunda parte de la fiesta dedicada esta vez, a Huitzilopochtli. Para este dios bélico se construía una estatua con masa de bledos (amaranto) y miel, llamada tzohualli, que se montaba sobre un tablado que se izaba hasta su adoratorio al son de música y danzas. Dicha procesión caminaba sobre pencas de maguey y los sacerdotes que la precedían incensaban al numen guerrero. Una vez a los pies del adoratorio, en coincidencia con la puesta del sol, la estatua subía al altar para que en ella se depositaran las ofrendas: mantas, joyas, copal, espigas de maíz y tamales.

Al día siguiente venía el ofrecimiento de codornices, por manos del tlahtoani, quien les arrancaba la cabeza, dando el ejemplo para que lo emularan los sacerdotes y el pueblo en general. La sangre de las aves se derramaba sobre la estatua de Huitzilopochtli. Llegaban aún más convites, para los que las mancebas al servicio del dios habían preparado degustaciones diversas, especialmente para aquellos sacerdotes que habían ayunado. Enseguida daban inicio otras danzas donde participaban los estudiantes del telpochcalli, así como guerreros y mancebas. Caída la noche e iniciado el nuevo día, había más bailes, guiados por otro ixiptla que bailaba hasta agotarse, antes de dirigirse por voluntad propia al Templo Mayor, donde corría la misma suerte del personificador de Tezcatlipoca. Su cráneo también acababa en el tzompantli.

Ya en los estertores de la fiesta, venía una ceremonia con infantes de ambos sexos a los que se les hendía la piel con un pedernal de obsidiana. Entre tanto, en el patio del Templo Mayor, había más músicas, bailadas y cantadas, previas a que las mancebas subieran al altar de Huitzilopochtli para ofrendarle cestas con tamales. Descendidas las muchachas, los varones comenzaban a arrojar ramas hacia las cestas, antes de correr hacia arriba para apoderarse del botín. Sólo había recompensa para los cuatro primeros que alcanzaban la cúspide. Para rematar, en medio de una algarabía general, los jóvenes y las mancebas se retiraban a sus casas y el jolgorio se daba por concluido

Las plegarias a Tezcatlipoca podían rezar lo siguiente: “conceda tu corazón, ten compasión, apiádate, reconoce a tu pueblo, los pobres que junto a ti andan sollozando”.

Que Tezcatlipoca estuviera ligado con la música y que durante esta festividad se recreara el mito de su creación es un hecho plausible que funciona para apuntalar el vínculo por enfatizar. Tal como lo describe Jerónimo de Mendieta en su Historia eclesiástica indiana, había sido Tezcatlipoca quien encomendó que se construyera un puente desde la orilla de las aguas inmensas del mar, para que descendieran los músicos reclutados por Quetzalcóatl desde las alturas solares. Con ellos llegaron los cantos floridos y la sonoridad del huéhuetl, la flauta y el teponaztle. Gracias a ellos se honraba a los dioses y, reparemos en esto, había templanza y regocijo en la tierra…[5]

Con respecto a la tlapitzali “arrojadiza”, se la menciona como una flauta “mui aguda”. Y tocante a los sones elevados a los 4 rumbos del universo nahua, vale decir que se asociaban a los 3 colores, negro, azul y rojo de los distintos Tezcatlipocas y al blanco de Quetzalcóatl, correspondiéndoles el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, respectivamente.

Habiendo enunciado lo anterior, sólo nos falta citar algunas de las exhortaciones que se le dirigían a un tlahtoani apenas electo: 1.- No abusar del poder ejecutivo sobre la justicia y gobernar con prudencia. 2.- Ser generoso en distribuir la riqueza de manera equitativa. 3.- Hacerse digno del nuevo cargo, comportarse con gravedad y con corazón de viejo. 4.- Abstenerse de los placeres corporales, la borrachera y otros deleites y vicios. Y 5.- no malgastar la riqueza y los tributos del pueblo.

Si consideramos que Tezcatlipoca era el encargado de regir los destinos humanos, podemos ahora preguntar: ¿no sería fundamental que los candidatos que ascenderán al trono honraran las exhortaciones que privaban en el México Antiguo? ¿No son también ellos regidores de los destinos ciudadanos? Si se proclaman como dirigentes que castigarán a ladrones, fornicarios, homicidas, o cualquier género de delincuentes, ¿no deberían dar muestras de que son capaces de dividir su inminente poder con los sacrificados que sí dan la vida por una nación que se las reclama? ¿No deberían, forzosamente, tener nociones de música y estar dispuestos a inmolar sus privilegios en los peldaños del templo donde perecen las aspiraciones del poder supremo?…

[1] Es un manuscrito ‒hoy conservado en Florencia‒ que originalmente contó con cuatro volúmenes ‒sobreviven tres‒ en donde Bernardino de Sahagún consignó todo el saber sobre el mundo nahua que sus informantes le proporcionaron. Está escrito tanto en castellano como en náhuatl y cuenta con algunas glosas a los textos.

[2] El vocablo presenta problemas de traducción, aunque parece apuntar hacia “disfraz” o “envoltorio”. Según Alfredo López Austin la partícula xip puede corresponder a la idea de “piel” o “cobertura”.

[3] El vocablo puede traducirse como “lugar donde se tocan instrumentos de viento”. Sahagún refiere que se encontraba “cerca del camino de Itztapalapan que conduce a Chalco”.

[4] Audio 1: Samuel Máynez/Antonio Vivaldi – Danza para la fiesta de Tóxcatl de la ópera Motecuhzoma II. (Sonatori de la Gioiosa Marca y Alauda Ensemble. Francesco Fanna, director. LIVE RECORDING, 2009).

[5] Audio 2.- Arturo Pantaleón – Primer movimiento La llamada de la suite Ritual de Tezcatlipoca op 20. (Orquesta Filarmónica de Bogota. Lior Shambadal, director. DGA LIVE RECODING, 2009)

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