Rosas para Juventino

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Sin lugar a dudas, el guanajuatense de origen otomí José Juventino Policarpo Rosas Cadenas (1868-1894) es el compositor del romanticismo mexicano de mayor fama dentro y fuera de nuestras fronteras, sin embargo, lo que se sabe de él es contradictorio y está impregnado, casi siempre, de un aura de leyenda. Asimismo, sus contadas biografías[1] no han llegado a conclusiones definitivas. En otras palabras, la documentación sobre sus primeros 25 años de existencia ‒básicamente toda, pues murió a los 26 años y 5 meses‒ es mínima y acorde con sus biógrafos, la posibilidad de colmar las lagunas es nula.

Por esas paradojas que tan familiares nos resultan, fue su estancia en Cuba aquella que dispone de mayores registros sobre su persona y con respecto a su biografía, la más confiable no fue pergeñada por un compatriota, sino por un extranjero, el eminente investigador austriaco Helmut Brenner.[2] Nada que nos escandalice conociendo el prejuicio que pende sobre nuestros músicos, sobre todo en el caso de Rosas, quien además de su tez morena y sus rasgos indígenas lidió persistentemente contra sus problemas de alcoholismo y sus penurias económicas. ¡Cómo iba a ser posible que un indio pobretón y vicioso hiciera algo trascendente para la cultura universal!

Pero, con independencia de nuestras arraigadas prevenciones raciales, debemos sumarnos a los raquíticos esfuerzos institucionales en pos de celebrar el sesquicentenario de su natalicio, para hacer una recordación del entrañable personaje que vivió en la miseria y que únicamente encontró reconocimiento patrio al traspasar los umbrales de la vida. Ahí sí, cuando su vals Sobre las olas comenzó a darle la vuelta al mundo ‒aún sigue haciéndolo y su última aparición cósmica avino en el recientemente oscarizado filme de Guillermo del Toro La forma del agua‒ y cuando se supo que había muerto como indigente en Cuba, ya no hubo contención para elevarlo al rango de prócer…(su pueblo fue rebautizado en su honor, sus restos fueron trasladados a la Rotonda de las personas ilustres, se emitieron sellos postales rememorándolo, su nombre apareció en calles, y agrupaciones y se erigieron bustos y estatuas con su efigie).

Así pues, como la historia exige, hagamos un recuento cronológico de su breve trayectoria vital, arrancando con la fecha de su nacimiento. Mes y año son ciertos ‒enero de 1868‒, mas con el día surgen controversias. Diversas fuentes señalan tanto el 23 y el 24, como el 25. Lo único veraz es que fue bautizado en la parroquia de Santa Cruz de Galena, Guanajuato, el día 26. Como podemos suponer, el pueblo natal ‒habitado entonces por cerca de 15 mil almas‒ era un lugar inhóspito para quienes quisieran dedicarse profesionalmente a la música y la única opción de sobrevivencia era ser “músico callejero”. Fue éste el caso de su padre, don Jesús Rosas, un arpista lírico que transmitió de oído los rudimentos de la profesión a sus vástagos. Juventino tuvo dos hermanos, Patrocinio y Manuel, habiendo noticias de que solamente éste último se dedicó también a la música. De la madre, doña Paula Cadenas, se ignora todo.

En lo que concierne a la escolaridad del futuro héroe filarmónico, lo único verificable es que cursó la primaria y que no fue un alumno distinguido. Se le menciona como un estudiante rebelde con especial aversión a los números y la geografía. En general, escapó de su interés aquello que le requería concentración y trabajo diligente. Según la descripción de uno de sus condiscípulos, Juventino era un niño afable con temperamento melancólico cuyos únicos momentos de lucidez sucedían durante las clases de música. En ellas, su carácter introvertido se transformaba en uno rebosante de pasión. Sobre su apariencia, se narra nada más que su tez era cetrina, que tenía penetrantes ojos negros y que su cuerpo estaba bien proporcionado.

Lo siguiente que se acierta es que los Rosas emigraron a la Ciudad de México entre 1875 y 1880. La causa podemos intuirla: huir del infortunio y buscar mejores condiciones de vida. En lo que respecta al viaje de más de 400 kilómetros de distancia, se presume que la familia satisfizo sus necesidades básicas ‒agua, comida y refugio‒ intercambiándolas por sencillas interpretaciones musicales. Se ha escrito que el largo recorrido lo hicieron a pie, alternando monturas sobre un burro que feneció de fatiga.

Una vez en la gran urbe, las condiciones de supervivencia se calcaron: perseguir el sustento cómo fuera y resignarse a habitar lo que fuera. Curiosamente, la vecindad en que lograron alojarse se situaba en la Calle de la Amargura (hoy República de Honduras). Pese a que no sabemos nada de los inicios de Juventino con el violín, ni de la edad en que llegó al D. F., lo real es que en algún momento de esos años formó parte del trío familiar que se estableció para salir adelante. Con su papá en el arpa y su hermano Manuel en la guitarra, Juventino empezó su carrera profesional, aunque lo más probable es que fuera todavía un analfabeto musical. Al parecer, las primeras apariciones públicas del desarrapado conjunto fueron como comparsas de un vendedor de camotes que intentaba atraer clientela con la música, en la zona de Tepito.

Más adelante el grupo logró un contrato en el salón de baile de los Hermanos Elvira, pero la pequeña mejoría económica duró poco porque en alguna riña de cantina Manuel fue asesinado a puñaladas. Y también, aún adolescente Juventino, su padre, su madre y su otro hermano fallecieron, dejándolo en completa orfandad. Nos falta señalar que, supuestamente, otros de los oficios del joven violinista fueron los de tañedor de campanas de iglesia y cantor. Sobre su primer instrumento hay noticias de que se trató, obviamente, de un ejemplar construido con madera rústica y sin un molde preciso.

Tocante a su contacto con el Conservatorio, es verídico que se matriculó en varias ocasiones ‒1884, 1885 y 1888‒, aunque nunca presentó un examen. Las materias en las que se enroló fueron solfeo y coro, faltando la evidencia de que haya participado en alguna clase de instrumento; dicho de otro modo, su capacidad para tocar e improvisar melodías con el violín fue meramente innata. Igual con la composición que empezó a darle frutos desde sus años estudiantiles. Su primera pieza fue el vals Dos pensamientos[3] y a partir ahí, desde su adolescencia tardía hasta el final de su vida, escribiría alrededor de 94 composiciones,[4] lamentablemente más de la mitad perdidas.

Sobre el célebre vals que le dio inmortalidad también abundan las incógnitas. Hay dos posibles lugares de composición: Magdalena Contreras y Cuautepec. El título original fue Junto al manantial, mismo que fue cambiado por los editores. Éstos, los alemanes August Wagner & Wilhelm Levien le pagaron 45 pesos por ceder los derechos de la obra, y ya con ella publicada amasaron una verdadera fortuna.

En algunas biografías se refiere que formó parte de la orquesta que acompañó a Ángela Peralta en su fatídico viaje a Mazatlán, en 1883, pero no hay constancia documental. Y lo mismo sucede con respecto a otras actividades como la de haber tocado el cornetín en una banda militar y haber sido maestro de escuela.

De su vida sentimental, una vez más, son mayores las brumas que las claridades. Hay rumores de que tuvo un hijo “ilegítimo”, producto de un amorío con una señora de sociedad[5] y que contrajo nupcias con una tal Juana Morales, a quien dedicó una danza llamada Juanita, pero volvemos a lo mismo: no subsisten pruebas concretas.

En torno a sus últimos años, la precariedad habitual pareció amainarse. Dispuso de mecenas, organizó una orquesta y tuvo acercamientos con el poder supremo. A la mujer de Porfirio Díaz le dedicó el vals Carmen, cuya retribución fue un piano de cola que no tuvo dónde meter. Vinieron también giras al frente de la Orquesta típica mexicana, con la que se presentó en diversas ciudades de los EUA. Hasta que, en enero de 1894, inicio su travesía postrera desembarcando en Cuba como titular de otra agrupación, una orquesta “gitana” formada por músicos italianos y mexicanos. Éxitos rotundos por doquier y promesas de un futuro luminoso, empero, una infección viral se entrometió, llevándoselo a la tumba el 9 de julio del mismo año. Enterrado en Batabanó, 7 años después su cuerpo fue expatriado. Cientos de paisanos lo recibieron en Veracruz y miles en la Ciudad de México. En conmovedor tributo a su origen, el ataúd viajaba repleto de Rosas…

[1] Son 8 y salvo la de J. Rodríguez Frausto de 1956, las otras carecen de rigor académico. De cualquier modo, citémoslas: Hernán Rosales, 1926. Julio Sesto, 1929. Jesús C. Romero, 1952. Hugo de Grial, 1978, Francisco Moncada García, 1979. Juan Álvarez Coral, 1980 y Manuel Magaña Contreras, 1991.

[2] Lleva por título. Juventino Rosas. His Life, His Work, His Time y fue publicada por la Harmonie Park Press de Michigan en 2000.

[3] Fue escrita al alimón con un tal Guillermo Ortiz y no hay referencia de ninguna editorial.

[4] Audio 1: Juventino Rosas – Polka Flores de México. (Alauda Ensemble. Samuel Máynez director desde el violín, URTEXT , 2001) Audio 2. Juventino Rosas – Vals Carmen. (Nadia Stankovich, piano. CLÄSICOS MEXICANOS, 1996)

[5] Fue Maura Alfaro de Garrido, a quien le dedicó su polka La cantinera.

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