El ocaso de Merkel

Angela Merkel durante su discurso tras ganar la elección. Foto: AP / Matthias Schrader Angela Merkel durante su discurso tras ganar la elección. Foto: AP / Matthias Schrader

BERLÍN (apro).- El pasado miércoles 14 de marzo Angela Merkel asumió su cuarto periodo como canciller federal de Alemania. Y aunque el mundo la mira como la mujer más poderosa sobre la tierra, la realidad es que inicia su nuevo gobierno debilitada, con su partido –la Unión Demócrata Cristiana (CDU)– con los niveles más bajos de votación de su historia y con las dudas de especialistas y detractores sobre si terminará completo su apenas comenzado periodo de gobierno.

Los casi seis meses que le tomó formar un gobierno –después de que en la elección federal del pasado 24 de septiembre su partido obtuvo el mayor número de votos, pero no la mayoría para gobernar– demostraron que Merkel no es lo que fue y que el fin de su era ya comenzó.

Y es que, la otrora mujer más poderosa del mundo no sólo tuvo que hacer concesiones, por ella misma calificadas como dolorosas, ante sus hoy socios de gobierno, los socialdemócratas del SPD, con el fin de formar una gran coalición y seguir en el poder. También tuvo que someter su continuidad como canciller y su destino político al visto bueno del medio millón de socialistas afiliados al SPD, quienes, paradójicamente, fueron los que al final decidieron dar un “si” a la coalición de gobierno entre su partido y la Unión de Merkel que gobernará los próximos cuatro años en Alemania.

“Tras los resultados débiles de la elección de septiembre y luego del fracaso del primer intento por formar una colación de gobierno, la imagen de Merkel no es definitivamente igual de fuerte como lo era en 2013. Dudo que ella misma piense en buscar un nuevo periodo de gobierno”, señala a Apro el politólogo y analista electoral del Instituto de Ciencia Política Otto-Sur de la Universidad Libre de Berlín, Thorsten Faas.

Con él coincide el también politólogo y especialista en partidos políticos Nero Neugebauer, para quien el fin de la era Merkel y su último mandato ha comenzado: “Comienza su último gobierno y no sólo no hay comentarios de ella misma sobre un siguiente mandato, sino que la discusión por su sucesor comenzó ya y de manera muy intensa”, dice en entrevista.

Y sí.

Aunque Merkel buscará igualar el récord de tiempo frente a la cancillería alemana, que mantiene hasta ahora su mentor, el excanciller Helmut Kohl, con 16 años en el poder, difícilmente podrá superarlo. El desgaste de su figura en la política nacional y dentro de su propio partido, así como los cambios ideológicos y nuevas exigencias del electorado alemán registrados durante los últimos años obligan a los partidos políticos, no sólo al de la canciller, a reinventarse y darle paso a una nueva generación en la que difícilmente cabrán las figuras que representan la política tradicional.

El inicio del fin

El verano del 2015 será un año que muchos en este país recordarán y en especial Angela Merkel. Cientos de miles de inmigrantes que huían de la guerra y miseria en Medio Oriente y África cruzaron las fronteras europeas en un flujo humano nunca antes visto en este continente desde la Segunda Guerra Mundial. Y justo cuando Europa casi al unísono cerraba sus puertas, la canciller Merkel tomó la decisión de abrir las de Alemania para aquellos que huían de la guerra y la persecución. Este fue el primero de varios factores que comenzaron a menguar la fuerza y poderío de la canciller.

Durante ese verano del 2015 cerca de un millón de refugiados ingresaron a este país sin que nadie imaginara las consecuencias políticas que eso traería. De entrada, la capacidad de acogida de las distintas comunas y ciudades a los que fueron enviados estuvo totalmente rebasada y en ciudades como Berlín se vieron escenas que a muchos indignaban pero que no eran posible cambiar: refugiados durmiendo en la calle y parques ante falta de lugares de acogida.

Tras el primer impacto que significó la falta de infraestructura, recursos y personal para atender a los recién llegados vino otro que aún hoy persiste: el de la integración e interacción con la sociedad alemana.

Los desafortunados sucesos de la Noche Vieja en Colonia de 2015 -cuando durante los festejos callejeros cientos de mujeres fueron atacadas sexualmente y robadas y las investigaciones de la policía concluyeron que muchos de los atacantes habían sido jóvenes refugiados- y la serie de atentados terroristas que desde entonces azotaron a toda Europa, en los que los perpetradores fueron en muchos casos islamistas radicales que se habrían colado a Europa dentro de la ola de refugiados, hizo que una buena parte de la escéptica sociedad alemana pasara del distanciamiento al rechazo abierto contra los refugiados.

La culpa de la situación según la percepción de un sector importante de la población tuvo nombre y apellido: Angela Merkel y su política de puertas abiertas a inmigrantes.

Factura política

La denominada crisis de los refugiados dio lugar a un fenómeno que se creía erradicado de Alemania: el surgimiento y empoderamiento de la derecha radical y xenófoba y que sería un segundo factor que fue reduciendo la imagen de Merkel.

La ignorancia y temor de una parte de la población que creía amenazado su estado de bienestar ante la presencia de casi un millón de refugiados y el descontento real de otra parte que no aprobaba las decisiones de Merkel porque consideraba inexistente una política pública adecuada ante tal contingencia fue aprovechado y capitalizado por el partido político Alternativa por Alemania (AfD), que en sólo dos años pasó de ser un partido marginal sin mayores expectativas a no sólo incrustarse en cada uno de los parlamentos regionales sino llegar hasta el Bundestag y representar la tercera fuerza política a nivel nacional.

“Sin duda, la situación con los refugiados fue un desencadenante y catalizador para que la AfD se estableciera como nuevo partido de derecha y, al mismo tiempo, le complicó a Merkel la tarea de posicionarse nuevamente en el centro y en el espectro derecho de la sociedad rumbo a las elecciones”, explica el investigador Thorsten Faas.

En efecto. Las elecciones federales de septiembre de 2017 dejaron clara la crisis de la CDU de Merkel y del resto de los partidos políticos establecidos: el Partido Socialdemócrata (SPD) y socio de gobierno de Merkel obtuvo el peor resultado de su historia con 20.5 % de los votos, mientras que la CDU y CSU, que conforma con el conservador Unión, alcanzaron sólo el 32.9% de los votos, también su peor resultado desde 1949, cuando se fundó la República Federal Alemana.

En contraparte, AfD obtuvo el 12.6% de los sufragios desplazando también a la Izquierda, los Verdes y los Liberales. La estadística fue demoledora para el partido de Merkel: casi un millón de sus votos se fueron para AfD y un millón 300 mil para los Liberales.

“La política hacia los refugiados dio una nueva imagen a Merkel y al país mismo. Pero ella desaprovechó la oportunidad de sacar ventaja de ello porque no tuvo la adecuada política de integración que se necesitaba. La consecuencia es que su imagen se redujo ante la población, cuyo apoyo hacia ella también descendió notablemente, sin contar además los votos que ello le costó”, analiza por su parte el politólogo Gero Neugebauer.

Seis meses de ingobernabilidad

Con un 32.9% de los votos a su favor, el margen de maniobra para Merkel luego de la elección de septiembre de 2017 no era muy amplio. Su imagen siguió desgastándose luego del fracaso de un primer intento por formar un gobierno de coalición con el Partido Verde y los Liberales.

Comenzó entonces una situación que evidenció la fragilidad de la considerada mujer más poderosa del mundo cuando su destino político comenzó a depender de la decisión de terceros.

Ante el fracaso de la llamada Coalición Jamaica, los fantasmas de un gobierno de minoría e incluso de una nueva elección comenzaron a tomar forma. Los analistas políticos en Berlín pronosticaban que, de llegar a tales escenarios, quizás no sería Merkel quien ocupara la silla de canciller al final.

Y es que, al mismo tiempo, dentro de las filas de la Unión se discutía ya en voz alta algo que sólo meses antes hubiera sido impensable: quién será el sucesor o sucesora de Merkel.

Gracias a la intervención del presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, el SPD –que había asegurado no querer ser más parte del gobierno– aceptó sentarse a negociar las bases de un posible acuerdo de coalición con la Unión de Merkel.

Tras semanas de intensas negociaciones, en las que en dos ocasiones los delegados socialistas y las bases del partido acordaron en votaciones cerradas continuar el camino de una gran coalición y con ello dar vida política a Merkel, se llegó a un acuerdo de gobierno conjunto que, sin embargo, no gustó a muchos.

Merkel tuvo que hacer concesiones “muy dolorosas” ante sus futuros socios de gobierno, las cuales cayeron muy mal dentro de su partido. Tres de los ministerios más importantes del gobierno quedaron en manos de los socialistas: Finanzas, Exteriores y Trabajo.

“Fueron doce horas seguidas de discusiones y negociaciones. Lo que sucedió con el Ministerio de Finanzas fue doloroso, pero aceptable desde mi punto de vista. De lo contrario, la alternativa hubiera sido decirle a la gente: nos pusimos de acuerdo en el contenido de un acuerdo de coalición, pero desgraciadamente no en la distribución de los puestos. Me parece que tomé una decisión responsable”, aseguró días después la propia canciller en una entrevista con la televisión pública alemana ZDF.

Pragmatismo ante todo

Las molestias e inquietudes dentro de su propio partido, la CDU, no cesaron y hubo quien habló de una rebelión.
Pero como siempre, y gracias al pragmatismo que la ha caracterizado, Merkel logró calmar los ánimos: promovió como secretaria general del partido a Annegret Kramp-Karrenbauer, hasta entonces primera ministro del Sarre, quien cuenta con amplio apoyo interno y con ello tranquilizó a las voces que urgen la renovación del partido. Simbólicamente, el acto fue el inicio de la sucesión de la otrora eterna canciller.

Además de ello, integró en las filas de su gabinete a algunas de las voces más críticas de la CDU, como la de Jens Spahn, del ala conservadora del partido, quien se desempeñará como ministro de Sanidad.

Con las riendas de su partido relativamente controladas, Merkel comienza su último mandato de gobierno, que será, sin embargo, el más complicado de los cuatro, según los especialistas.

Con el partido de derecha, populista y xenófobo AfD como principal oposición en el Parlamento federal y voces críticas no sólo en el resto de las bancadas sino dentro de su propio partido, hay quien asegura que no terminará los cuatro años de gobierno.

Eso, sólo el tiempo lo dirá.

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