Crimea, cuatro años después de la anexión

CRIMEA (apro).- La ambigua situación de Crimea puede percibirse desde que uno entra en ella: si se coge el ferry que atraviesa el estrecho de Kerch y une la Rusia continental con la península, los procedimientos con los pasaportes y el equipaje son los mismos que al cruzar cualquier frontera entre naciones, a pesar de que Moscú asegura que Crimea es parte de Rusia desde 2014.

Las tarjetas SIM rusas y ucranianas también dejan de funcionar al atravesar esta “frontera”, como si fuera un país distinto.

Este estatus extraño ha afectado a la economía Crimea de manera contradictoria: por un lado, ha permitido una mayor inversión rusa, pero, a la vez, la ha convertido en diana de sanciones occidentales, aplicadas después de la anexión rusa de Crimea, la crisis más importante entre Moscú y Occidente desde la Guerra Fría.

El efecto también ha sido distinto entre los propios crimeos: una mayoría de origen étnico ruso ha aceptado e, incluso, celebrado la anexión, mientras que buena parte de las minorías ucranianas y tártaras se han opuesto a ella, con la consiguiente represión del gobierno de Putin, que ha conseguido altas cotas de popularidad entre los rusos gracias a la incorporación de esta península.

Todo empezó en febrero de 2014, en medio de las protestas que sacudían Ucrania y que llevaron a la expulsión del presidente pro-ruso Víktor Yanukóvich, cuando militares rusos sin identificación tomaron posiciones en varias ciudades de Crimea, sin apenas enfrentamientos con sus homólogos ucranianos. Bajo esta tensa situación se llevó a cabo el polémico referéndum de anexión, en el que ganó por amplia mayoría (casi 97 %) la integración a Rusia.

Un 83 % de la población de Crimea fue a votar, pero –dada la presencia militar rusa, las dudosas condiciones de voto y la inestable situación de Ucrania– Estados Unidos y la Unión Europea declararon ilegal el referéndum y la posterior anexión, que han castigado desde entonces con sanciones a Crimea.

Una economía dependiente

El ámbito económico ha sido uno de los más afectados por la anexión. “Como funcionaria mi salario es más alto desde que formamos parte de Rusia, pero –a la vez– los precios han ido subiendo”, explica Tatiana, maestra de escuela en Feodosia, una población al sureste de la península.

Para Lena, farmacéutica jubilada de Sebastopol, al suroeste de Crimea, el cambio de soberanía ha sido algo positivo: “Desde que cayó la URSS, Crimea era una zona abandonada por el gobierno ucraniano. Ahora, en cambio, se están arreglando todas las calles y construyendo nuevas carreteras”.

Los expertos consultados coinciden en un aumento de los salarios, pensiones e infraestructuras bajo la administración rusa. El ejemplo más destacado es el puente que se está construyendo en el estrecho de Kerch para unir Crimea con la Rusia continental, de 19 kilómetros de longitud, y que por ahora ha costado el equivalente a siete mil millones de dólares.

Esta mayor inversión rusa también tiene una cara negativa, explica el analista político Anton Barbashin: “La economía crimea es muy dependiente de los subsidios de Moscú. El presupuesto de Crimea depende en un 53 % de ellos. A consecuencia de esto, Crimea se ha vuelto una carga constante para el presupuesto ruso y lo seguirá siendo, ya que hay poco potencial en el crecimiento de la región, a causa de su dudoso estatus legal”.

Otra de las adversidades que enfrenta la economía de Crimea son las sanciones occidentales. Algunas son menores y pueden afectar al turismo externo: por ejemplo, las tarjetas de crédito de entidades bancarias occidentales no funcionan en la península, y plataformas de reserva de hoteles como Booking tienen prohibido ofrecer información sobre esta región.

Pese a todo, el turismo de Crimea –las playas llenas de hoteles e instalaciones para el verano– no ha bajado, gracias al éxito que ha tenido entre los turistas rusos alentados por la anexión. Las ventas inmobiliarias a ciudadanos rusos también han crecido.

Los mayores problemas que las sanciones han generado están relacionados con algunos bienes básicos, las grandes empresas y los bancos.

“El bloqueo económico de Ucrania y las sanciones internacionales han hecho que los precios de productos básicos –especialmente, comida y electricidad– hayan subido considerablemente. El sector financiero está anémico porque los bancos ucranianos se han ido y los grandes bancos rusos no invierten en Crimea, por miedo a las sanciones. Grandes firmas rusas (en telecomunicaciones o manufacturas) también son muy reticentes a operar allí”, explica Leonid Peisakhin, profesor de ciencia política en la Universidad de Nueva York-Abu Dhabi.

El miedo a invertir en Crimea también se extiende a las empresas occidentales, por la mala prensa y las multas asociadas a hacer negocios allí. La polémica más reciente ha salpicado a la empresa alemana Siemens, que ha tenido que afrontar críticas e investigaciones después de que se descubrieran turbinas de su marca en territorio crimeo.

Mayoría satisfecha, minoría asustada

La posición frente a la anexión rusa varía en fuerte medida según el origen étnico de los crimeos. Entre 60% y 65% de la población son de etnia rusa, la más favorable a la incorporación. Por otro lado, entre 20% y 25% de los crimeos son ucranianos étnicos, buena parte de los cuales preferirían vivir bajo el liderazgo de Kiev. El grupo más fuertemente opuesto a Moscú son los tártaros musulmanes, que representan entre 13% y 15 % de la población en esta península.

Crimea fue anexionada por Rusia en 1783, durante el reinado de Catalina II, y formó parte de ella hasta 1954, cuando el dirigente soviético Nikita Kruschev regaló esta península a la “hermana” república de Ucrania. Una vez esta se independizó del poder ruso en 1991, Crimea siguió formando parte de su territorio, aunque buena parte de la población se sentía más cercana a Moscú que a Kiev.

Según una encuesta Gallup de 2014, 73.9% de los crimeos creían que vivirían mejor bajo mandato ruso que ucraniano. Por otra parte, 82.8% consideraban los resultados del referéndum de anexión como realistas y legítimos.

“Cuando cayó la URSS, de golpe ya no formábamos parte de Rusia. No sabíamos cómo había sucedido todo esto. Amo a Ucrania, pero Rusia es mi madre. Cuando voté para volver junto a ella, fue uno de los días más felices de mi vida”, cuenta emocionada Lena.

Esta euforia patriótica puede verse en las calles, tiendas o edificios de las ciudades crimeas, donde cuelgan multitud de banderas tricolores rusas. El recuerdo soviético también pervive en las omnipresentes estatuas de Lenin o en honor al Soldado Desconocido de la Segunda Guerra Mundial, que se mantuvieron después de la caída de la URSS.

Para parte de los jóvenes crimeos como Tatiana, el referéndum no significó demasiado. Precisamente, cuando se produjo, ella estaba de vacaciones fuera del país. Afirma sentirse “crimea”, más que rusa o ucraniana. “La mayoría de gente mayor quiere ser rusa, por un lado, porque creen que la economía irá mejor y, por otro, a causa del buen recuerdo que tienen de la Unión Soviética. En cambio, hay una parte de los jóvenes que se oponen, porque consideran a Rusia una dictadura. Hay bastante gente que se marchó a Ucrania después del referéndum y ucranianos de zonas como Donetsk -de mayoría étnica rusa- que han venido a vivir aquí”, asegura.

Los grupos minoritarios que se han opuesto a la integración con Rusia no lo han tenido fácil. “La mayoría de los que se han opuesto a la anexión se han marchado fuera de Crimea o están políticamente inactivos y no revelan su postura real. Algunos están en prisión. Ha habido arrestos y acusaciones contra varios activistas”, explica Barbashin. Algunos grupos ucranianos y tártaros han realizado sabotajes en las líneas de suministro eléctrico que alimentan Crimea.

La cercanía de buena parte de los ucranianos étnicos hacia Kiev sigue una lógica nacionalista, pero la postura de los tártaros musulmanes, la comunidad crimea más crítica con Moscú, tiene raíces históricas en la época de Stalin, concretamente en 1944, cuando el dictador georgiano los acusó de haber colaborado con los ocupantes nazis.

“Los tártaros crimeos fueron deportados a Asia Central por los soviéticos y sólo se les permitió volver a finales de los 80. A partir de estos hechos, han tenido una actitud hostil contra Rusia y se ven a sí mismos como víctimas”, explica Peisakhin, que realizó una investigación de campo sobre la percepción de los tártaros respecto a Rusia. El recuerdo de esos 200 mil desplazados, de los que se calcula que perecieron entre 20% y 46 % en esa marcha forzada, todavía define la posición política de esta minoría musulmana.

La geopolítica de Putin

Cuatro años después de la anexión, todavía no están claros los motivos que impulsaron a Putin a tirar adelante esta operación, ni el nivel de planificación que tenía detrás. El factor decisivo, coinciden los expertos, fueron las protestas contra el gobierno pro-ruso en Kiev, que Moscú vio con mucho recelo.

“Creo que el gobierno ruso actuó de manera oportunista y con poca planificación. Crimea es de gran importancia estratégica para Rusia, ya que es la base naval para su Flota del Mar Negro. Desde hace una década había preocupación de que Rusia consiguiera seguir convenciendo al gobierno ucraniano, y que su flota pudiera continuar allí”, explica Peisakhin.

La geopolítica jugó un papel clave en la decisión rusa: en la base crimea de Sebastopol había 15 mil militares rusos en el momento de la anexión, además de buques de guerra y submarinos. No es extraño ver marinos rusos paseando entre los civiles residentes en Sebastopol o barcos militares cruzando delante de las turísticas playas de la ciudad.

Desde esta base naval Moscú puede ejercer su influencia en el Mar Negro, además de acceder al Mediterráneo a través de los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos, que dividen Turquía.

La anexión rusa de Crimea es interpretada desde diferentes ángulos: algunos analistas la ven como un movimiento defensivo de Moscú ante un posible avance de la OTAN en Ucrania, vecina fronteriza de Rusia, mientras que otros lo consideran un paso más en el proyecto imperialista de Putin, que abarcaría el área de influencia de la antigua Unión Soviética.

Lo que es claro es que la incorporación de Crimea elevó con fuerza los índices de popularidad del presidente ruso. Según datos de la organización rusa Levada, la popularidad de Putin pasó de bordear 60 % en 2013, antes de la anexión, a llegar a picos cercanos a 90 % después de que esta se llevara a cabo.

“La mayoría de rusos aprueban fuertemente esta apropiación de tierra. El ‘consenso de Crimea’ sirve como pegamento para unir a Rusia alrededor del incuestionable liderazgo [de Putin]. Según encuesta recientes, el ‘retorno de Crimea’ es el segundo evento histórico del que los rusos están más orgullosos. El primero, por supuesto, es la victoria en la Segunda Guerra Mundial”, apunta Barbashin.

A pesar de las dificultades impuestas por las sanciones y por algunos grupos étnicos hostiles a Moscú, el fervor patriótico que ha generado la anexión de Crimea sigue en las mentes de la mayoría de rusos. No es casualidad que las próximas elecciones presidenciales, en las que todo apunta que Putin repetirá mandato, se hayan fijado para el día 18 de marzo, la misma fecha en la que Crimea se unió oficialmente a Rusia, ya hace cuatro años atrás.

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