La censura polaca llega al Cono Sur

Morawiecki en el Parlamento. Versión oficial de la Historia. Foto: AP / Alik Keplicz Morawiecki en el Parlamento. Versión oficial de la Historia. Foto: AP / Alik Keplicz

El ultraderechista gobierno de Polonia aprobó y puso en vigor este mes una ley que prohíbe mencionar hechos históricos que le incomodan. Lo insólito es que los primeros demandados por esa legislación son sudamericanos. El periodista argentino Federico Pavlovsky y el medio para el que trabaja, Página12, son víctimas ahora de una reglamentación que pretende hacerse internacional. Su “crimen”: reseñar un libro que habla de la activa participación de ciudadanos polacos en el Holocausto.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La novedad no es que el gobierno de Polonia apruebe una ley que prohíbe a sus ciudadanos hablar de hechos históricos que le incomodan. Ya lo han hecho los de Turquía, China y Egipto.

Lo sorprendente es que, al entrar en vigencia una norma que sanciona con tres años de cárcel y multas a quienes recuerden en público que hubo polacos que fueron victimarios durante el Holocausto, los primeros demandados no están en Polonia ni son sus ciudadanos, sino que son argentinos: el periodista Federico Pavlovsky y el diario Página12.

Ni el primero ni los editores del segundo tenían idea de que las autoridades polacas pretenden darle jurisdicción mundial a su legislación nacional.

El pasado 18 de diciembre, Página 12 publicó un texto de Pavlovsky que resume y analiza el libro Vecinos: el exterminio de la comunidad judía de Jedwabne, publicado en 2010, en el que su autor, el historiador Jan T. Gross, documenta –con base en los testimonios de los únicos siete sobrevivientes– la matanza de mil 600 judíos polacos a manos no de los nazis, sino de sus paisanos católicos, con quienes habían convivido siempre.

“Veníamos siguiendo el desarrollo de la ley polaca”, dice a Proceso Martín Granovsky, columnista de Página12. “Estaba leyendo el sábado en la mañana las novedades, y cuando vi que denunciaban a un medio argentino dije: ‘¡A la puta!, esto empezó con alguien de aquí’. Cuando vi que era Página12, me impactó”.

Granovsky comenta que después vino “la indignación porque había un intento de censura global y de censura a la discusión del pasado. Las dos cosas son muy sensibles para Página12, que surgió en 1987 con un compromiso con los derechos humanos como temática”.

La influencia y poder del grupo Liga Polaca Antidifamación (LPA) han crecido en los últimos dos años gracias a que la extrema derecha asumió el gobierno de Polonia. Así pudo impulsar esta ley mordaza, que entró en vigor el pasado jueves 1. No esperó más que unas horas para acudir a ella por primera vez: el viernes 2 la Liga denunció a Pavlovsky y a Página12. El domingo 4, los sorprendidos editores se enteraron por los medios de comunicación.

Aunque el gobierno polaco todavía no se ha manifestado sobre el recurso, el ministro de Justicia, Michal Wojcik, le dio su apoyo al expresar, en entrevista con la radio privada Zet, que esperaba que la Corte le diera entrada y que hubiera un juicio.

Jedwabne: tu asesino vive al lado

En 1941 Polonia había desaparecido. Las fuerzas nazis y soviéticas habían hecho polvo a su ejército. El pueblo de Jedwabne estaba en la zona de control alemán pero no había sido ocupado por sus tropas. Fue una de varias localidades del país donde se produjo una carnicería de judíos a manos no del invasor extranjero, sino de los mismos habitantes.

Gross se basó en dos juicios celebrados por las autoridades de la Polonia comunista, en 1949 y en 1953, y en lo que le contaron los únicos sobrevivientes: sólo siete de mil 600 judíos que vivían ahí. La otra mitad del pueblo, unas mil 500 personas, “mataron o vieron matar”, sostiene Pavlovsky: “La mayoría de los hombres participó activamente y el resto observó de manera pasiva pero cómplice”.

Los judíos fueron golpeados, sometidos a humillaciones, como realizar actos de feria y acrobacias ridículas, y torturados antes de que los encerraran en un granero al que le prendieron fuego. Después, los vecinos se repartieron sus propiedades. Los alemanes “no ordenaron la matanza ni participaron en ella, sólo se limitaron a autorizar el devenir de los acontecimientos y a sacar fotografías”.

Miles de polacos judíos más murieron a manos de católicos en localidades como Szczuczyn, Wasosz, Radzilow y Kielce. En muchos otros casos los judíos que escapaban eran denunciados e incluso capturados y asesinados por población civil.

La LPA argumenta que ninguna de estas masacres fue cometida por lugareños, pues son parte de las que realizaron los nazis, y que la razón de atribuirlas a los polacos es que la Alemania actual quiere desprenderse de responsabilidades.

Asegura también que los judíos son cómplices de esta fabricación, porque pretenden exigirle a Polonia el pago de 65 mil millones de dólares en reparaciones. No ha aclarado de dónde proviene esa cifra, quién habría presentado la reclamación ni ante cual autoridad.

El poder de la LPA deriva del retorno al gobierno del Partido Ley y Justicia (PiS), nacionalista, antiinmigrante, ultracatólico y que combate el feminismo y los derechos de las minorías sexuales.

Fue fundado en 2001 por los mellizos Lech y Jaroslaw Kaczynski, que en 2005 ganaron las elecciones y fueron presidente y primer ministro, respectivamente, hasta que perdieron la mayoría parlamentaria en 2007. Regresaron en 2015, ahora con Jaroslaw al frente del Parlamento y con Mateusz Morawiecki dirigiendo el gobierno.

La nueva Ley del Instituto de la Memoria Nacional, establecida para imponer una versión de la historia del país al gusto de la LPA y del PiS, pretende multar y encarcelar a quien culpe al Estado o a la nación polacos por el Holocausto.

Los detractores del artículo de Pavlovs­ky señalan como prueba de mala fe que el texto fue acompañado de la foto de cuatro guerrilleros polacos muertos, que no eran judíos perseguidos, sino combatientes antisoviéticos.­

Página12 respondió que su error, en todo caso, habría sido minimizar la tragedia porque no hubo sólo cuatro víctimas, sino mil 600. Además, cambió la imagen por una reciente de un monumento judío en Jedwabne que fue vandalizado al pintar suásticas sobre él, con la leyenda “jamás pediremos perdón”.

Los demandantes también denuncian que esta narración trata de hacer responsable al Estado polaco por el Holocausto.

El artículo, sin embargo, no menciona la presencia ni siquiera la existencia de autoridad polaca alguna (el Estado había sido destruido), se concentra en analizar las acciones efectuadas por los vecinos bajo la mirada alemana y no pretende sugerir que lo ocurrido en un pueblo explica el fenómeno global del Holocausto, donde hubo 6 millones de víctimas, la mitad en Polonia.

Igualmente, una narración sobre un hecho concreto no necesariamente omite lo ocurrido en eventos ajenos, aunque hayan ocurrido en un espacio y tiempo próximos. Pavlovsky no niega que numerosas víctimas de los nazis fueron polacos católicos, ni que muchos de éstos actuaron para proteger a compatriotas judíos, poniendo en riesgo la vida.

Antisemitismo

En realidad lo que está en juego no es el prestigio de Polonia, sino la imagen de la ultraderecha polaca en el poder, aseguró el periodista polaco Przemyslaw Wielgosz, director de la edición polaca de la revista Le Monde Diplomatique, en un artículo que el diario The Guardian publicó el pasado martes 6.

Según Wielgosz, en la política de su país falta “una visión convincente del futuro”, por lo que “la capacidad de controlar las definiciones del pasado se ha convertido en una de las más importantes fuentes de legitimidad”.

El PiS que gobierna hoy es el heredero de una tradición de extrema derecha con carácter marcadamente antisemita. Agrupaciones como ONR-Falanga, el Campo de la Gran Polonia, el Campo de la Unidad Nacional y el Partido Nacional reunían entre todos a cientos de miles de miembros organizados bajo los modelos de los fascistas alemanes y nazis.

Antes de la Segunda Guerra Mundial y por cuenta propia, pasaron de montar boicots contra comercios judíos y ataques individuales contra ellos, a lanzar una ola de pogromos entre 1935 y 1937.

“Restaurar esta parte de nuestra memoria nacional corrompe la imagen de los gobernantes de Polonia, así que el PiS trata de cerrarles la boca a los historiadores” para “borrar el recuerdo de un importante elemento de su propia identidad”, explicó Wielgosz.

El tiro salió por la culata. Como muestra de solidaridad y repudio, medios de todo el planeta reprodujeron total o parcialmente el artículo de Pavlovsky.

“Me impactó la repercusión mundial inmediata”, comparte Granovsky. “Muchos reaccionaron muy rápidamente, porque deben haber sentido que si le toca a un medio lejos de Polonia, como Página12, le puede tocar a cualquiera”.

También personas a título individual, incluidos periodistas y descendientes de judíos polacos, siguieron el ejemplo de un poema de Diana Wang, presidenta de Generaciones de la Shoá en Argentina, que empieza: “Quiero que Polonia me denuncie a mí también / que me demande, me acuse y me crucifique”.

Página12 reprodujo algunas de las numerosas reacciones internacionales de condena contra la LPA, además de varios artículos de análisis del caso.

En uno de ellos (el martes 6), Andrea Pochak, abogada argentina descendiente de judíos polacos, señaló que la denuncia viola el principio de que la ley no puede ser retroactiva (no puede castigar actos realizados antes de que existiera), y el texto de Pavlovsky apareció dos meses antes de que la norma entrara en vigencia.

También atropella el principio universal de territorialidad, según el cual el derecho penal de un país sólo se aplica en su ámbito jurisdiccional, a menos que se trate de crímenes contra la humanidad.

La LPA, sin embargo, asegura que mientras esté disponible en internet, el delito se sigue cometiendo, y su pretensión obvia es que esta ley se aplique universalmente.

La vulneración del derecho a la libertad de expresión y del derecho a informar, que también denuncia Pochak y ha sido combatida por numerosas resoluciones del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, tampoco ha sido limitante, aunque en teoría Polonia está sujeta a la autoridad de ese organismo.

Rostros familiares

La historia de la matanza de Jedwabne “rompe el arquetipo de monstruo que comete actos inhumanos”, asienta en su artículo Pavlovsky, quien es psiquiatra.

Los verdugos eran personas normales, “y lo que vieron los judíos, para mayor espanto y desconcierto, lo último que alcanzaron a ver, fueron sólo rostros familiares. Vieron a sus propios vecinos devenidos en asesinos voluntarios. Un ejemplo en donde la horda, la furia de una masa resentida que por distintos motivos se contamina con las ideas de diferencia y superioridad, elimina los límites y las responsabilidades individuales”.

Pese al horror del pasado, la política del PiS y de la LPA conduce a no aprender de él e incluso, afirma Wielgosz, en la medida en que sean más eficaces “produciendo amnesia colectiva”, será para ellos más fácil “convertir esta herencia en una realidad del presente, organizando campañas de suspicacia contra los extranjeros, diseminando el odio contra los refugiados y las feministas, y haciéndose los ciegos” ante las acciones de grupos neofascistas.

Granovsky observa que esto no es un fenómeno solamente local, y que el ejemplo polaco puede ser imitado por cualquiera que quiera utilizar los instrumentos del Estado para silenciar a otros: “La novedad es que este intento pretende globalizar” la censura.

“Lo que hay en general es un proceso gradual que intenta restringir libertades individuales, entre ellas la de expresión, y dentro de eso hay muchos países que quieren regimentar el negacionismo de los crímenes como el Holocausto, o el genocidio armenio… o en México con Ayot­zinapa. Frente a esto hay que resistir, ya que la amenaza es global. Una forma es la solidaridad internacional concreta, como la del Equipo Argentino de Antropología Forense”, que ayudó a desmontar la versión oficial de la quema de los 43 normalistas desaparecidos en Cocula.

“Se puede desestimar el tema y decir que están locos”, concluye Granovsky. “Los nazis puede ser que fueran locos, pero, ¿qué fueron primero, nazis o locos? Cuando hay un régimen de ultraderecha, hay que invertir la sorpresa inicial y combatirlo, no subestimarlo”.

Este reportaje se publicó el 11 de marzo de 2018 en la edición 2158 de la revista Proceso.

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