Una “ganga” inesperada

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Por esas casualidades que nunca tienen nada de casual, el redactor de esta columna fue arrastrado recientemente al mercado de “antiguallas” de La Lagunilla, en el centro de la Ciudad de México. La idea era encontrar algo valioso a un precio irrisorio, ya que entre hierros viejos, adornos inverosímiles, cacharros defectuosos y trebejos varios, la sabiduría urbana afirma que es posible encontrar joyas encubiertas que nadie quiso y que sus actuales propietarios o “marchantes” relegan o malbaratan…

Para decirlo en breve, el fatigoso viaje al corazón de la ciudad justificó con creces el tiempo perdido, pues aquello que en el mercado pudo hallarse merecía, a todas luces, entrar en la categoría de una adquisición afortunada. Pero antes de desvelar la naturaleza del hallazgo, vale la pena recordar que el estrambótico sitio se asienta en lo que, en tiempos prehispánicos, era todavía una franja acuática que separaba al islote de Tlatilulco de Tenochtitlan. Poco a poco, la pequeña laguna se fue extinguiendo y ya con la traza hispana de la urbe, su recuerdo acabó desvaneciéndose. Sobrevivió, nada más, el diminutivo que hace referencia a la zona donde atracaban muchas de las piraguas que llegaban cargadas de mercancías para abastecer al tianguis de Tlatelolco. Mas volviendo al inopinado hallazgo, el redactor divisó entre una pila desordenada de libros, un volumen amarillento ‒aunque en buenas condiciones‒ titulado Manual de biografía mejicana, o bien, Galería de hombres célebres de Méjico. Inútil negar que sonaba interesante.

Tomándolo entre las manos y echándole el ojo encima, resultó ser la primera edición que publicó en París la librería de Rosa y Bouret en 1857. Su autor: un distinguido literato oriundo de Orizaba llamado Marcos Arróniz y el precio escrito a lápiz: 75 pesos… Conforme a la praxis habitual de compra-venta en esos sitios, el regateo era obligado. —50 pesos por lo amolado que está…, —tá bueno, patrón, lléveselo; pa´ que la primera venta del día me traiga suerte…

Convertido ya en el feliz propietario del libro, su revisión y lectura corrió con singular deleite. Se trataba de una notable obra de divulgación en la que su autor había colegido la semblanza de 80 mexicanos ilustres, entre los que había militares, políticos, historiadores, humanistas, hombres de fe, científicos y artistas de las principales disciplinas. Entre éstos, tres músicos egregios cuyo nombre ha sido sepultado por los embates de la desmemoria y las arenas movedizas del desinterés.

La introducción que hizo Arróniz de su obra es esclarecedora: “El estudio de la biografía no sólo nos da a conocer los acontecimientos políticos que cambian la faz de un país, sino que por las distintas fisonomías que presenta, es un medio rápido y seguro de fijarlas en la mente. De la misma manera nos instruimos en los progresos morales, intelectuales y físicos de una nación. Una obra completa de biografía viene a ser un compendio de sus adelantos científicos y literarios, de sus mejoras materiales, del estado y dirección de su fuerza y armas, de su prosperidad y de sus esperanzas o desengaños. […] Ojalá que el éxito de nuestros trabajos corresponda a nuestros objetivos, y los jóvenes mejicanos hallen en aquellos algún recreo e instrucción, y tomando por modelo de los personajes de nuestra Galería aquellos rasgos sublimes y heroicos, aquella constancia y afán por el estudio lleguen con el tiempo a colocar sus nombres, ya esclarecidos, en un lugar como ese en que están colocados los compatriotas que les presentamos, y que se ostenten rodeados de la aureola de la inmortalidad y la fama.”

Con respecto a la propia biografía del autor, hay que decir que ameritaría una extensa y detallada, pues su vida fue todo menos ordinaria. En síntesis: fue poeta, traductor ‒especialista en Byron‒, periodista, conspirador de ideas conservadoras, militar santanista ‒filiación que le deparó la cárcel‒, escritor, aristócrata ‒con una educación concluida en España‒, miembro del Liceo Hidalgo, hombre carente de estabilidad emocional ‒pasó un tiempo en el manicomio‒ y un probable suicida cuya agitada existencia concluyó con sólo 29 años de edad (apareció muerto, o asesinado, en diciembre de 1858 en el Camino de San Martín, vecino a Puebla).

Paradójicamente, aquello que Arróniz lamentó de muchos de sus biografiados fue la brevedad de su vida y cómo ella impidió la realización plena de su potencial. Fue también su caso y es un estigma de la nación mexicana, donde muchos de sus hijos son arrancados de la faz de su suelo por desdicha y menosprecio y por esas carencias ancestrales que se han vuelto endémicas (es de recordar la muerte de Joaquín Beristáin (Proceso 2148) y J. Rosas en sus veintes, de Villanueva y Alcalá en sus treintas y de Revueltas, Castro y Moncayo en sus cuarentas ‒de 22, 26, 31, 37, 41, 43 y 46 años, respectivamente‒).

Tornando a los músicos abordados por Arróniz, debe reconocerse de inmediato que, no obstante sus incuestionables méritos, la patria no les ha dado la visibilidad o, mejor dicho, la audibilidad que les corresponde. Sus nombres, para sorpresa de la oscura e incompleta historia de la música mexicana, son prácticamente desconocidos y su obra está perdida, yace oculta en archivos de difícil acceso o está arrumbada en Librerías de viejo y mercados. Se trata del ilustre organista y compositor José María Carrasco (1781-1845), del músico ciego e inventor José Miguel Carvajal (1803-1847) y del malogrado médico, pianista y compositor Luis Baca (1826-1855). A este último es a quien Arróniz dedica más espacio ‒8 páginas‒ y no es para menos, ya que le corresponde un primado que no se la ha reconocido. Debe subrayarse, antes de consignar lo más relevante de su semblanza ‒es la más completa que existe, aparte de la de menor calado que escribió Fsco. Sosa y de las breves menciones en diccionarios especializados‒, que Baca es, hasta prueba contraria, el primer compositor mexicano de óperas. Se adelantó una década al supuesto pionero Cenobio Paniagua y su Catalina da Guisa del 1858 (Proceso 2140).

Como pudo leerse, Baca encaja en la categoría de los músicos precoces con una muerte prematura ‒a la misma edad que Arróniz‒ y, por supuesto, pertenece al grupo de los desconocidos con obra extraviada e inédita, para hacer hincapié en la sinrazón patria.

Así pues, Luis Baca Elorriaga nace en la ciudad de Victoria de Durango el 15 de diciembre de 1826, siendo hijo del Lic. Santiago Baca, primer gobernador constitucional del Estado de Durango. A los cinco años es puesto bajo la tutela de un preceptor con quien cursa la educación primaria e idiomas y a los siete inicia los estudios musicales con el maestro de capilla de la catedral duranguense. En 1839 la familia se transfiere a la Ciudad de México y ahí Luis es inscrito en el colegio de San Gregorio, donde estudia filosofía, latín y materias de las Bellas Artes. Su pasión por la música se ensancha bajo la directriz del respetado maestro José Antonio Gómez.

A la hora de decidir una carrera universitaria Baca escoge Leyes, pero al poco tiempo cae en la cuenta que no va con su temperamento. Es cuando su padre decide enviarlo a París en 1844 para cursar medicina. Luis asiente y se matricula en la Sorbona donde permanece tres años, sin embargo, consigue paralelamente su aceptación en el Conservatorio de París. Ahí sí logra perseverar y con honores. Durante su estancia en el conservatorio traba amistad con los hijos de Victor Hugo, con el aclamado Zorrilla ‒autor del Don Juan Tenorio‒ y entra en contacto con Gaetano Donizetti.[1] Cuando éste escucha sus composiciones le espeta: “Sabe usted lo que necesita saber; a mí nadie me enseñó a componer; componga usted…” Baca obedece y sus primeras obras son muy bien recibidas (publica una colección de polkas y una famosa Ave María por encargo de la iglesia Notre Dame de Loreto). Un diario francés reseña: “Baca es un joven mexicano dotado de una fecundidad prodigiosa […] sus melodías están llenas de fuerza o de dulzura, y con la ligera prodigalidad que caracteriza a las naturalezas artísticas.”

Ocho años dura la estancia parisina, destacando en ellos la escritura de dos óperas ‒Leonora y Giovanna da Castiglia‒ de las que logra presentar fragmentos. La Cavatina de su Leonora se estrena en el Teatro des Italiens con éxito clamoroso. Su regreso a México, según Arróniz, debía ser temporal ya que pensaba volver a Europa para seguir ampliando su fama y conocimientos. Lastimosamente, un “cólico” mal diagnosticado por los “matasanos” mejicanos se lo lleva a la tumba en un par de días.

Quizá haya nuevas incursiones a La Lagunilla, pues los marchantes aseguran que a menudo les llevan partituras que a nadie le importan. Y, esas sí, las dan casi regaladas…

[1] Se recomienda la audición de algunas de sus obras. Audio 1: Gaetano Donizetti – Larghetto e allegro para violín y arpa. (Josef Suk, violín. Dagmar Platilova, arpa. SUPRAPHON, 1987) Audio 2: Gaetano Donizetti – Sinfonía para instrumentos de viento. (Camerata Budapest. NAXOS, 2004)

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