Tultepec, vivir entre pólvora

La Feria Nacional de la Pirotecnia. Foto: Miguel Dimayuga La Feria Nacional de la Pirotecnia. Foto: Miguel Dimayuga

TULTEPEC, Edomex (apro).- La historia de la pirotecnia en este municipio se remonta a más de un siglo. El santo patrono de quienes lidian con el fuego es San Juan De Dios, un granadino que fue hecho santo por salvar a todos los enfermos de un hospital en llamas, sin que a él lo tocara el fuego. Murió víctima de una pulmonía en otro acto heroico, cuando rescató a un niño de ahogarse en un río.

Con la venia del santo, cual manto protector, cientos de personas acuden al Zócalo de este poblado cada 8 de marzo para “quemarse”, aunque el guateque dura todo el mes. Es la fiesta del pueblo y sobresale el aturdidor sonido de explosiones inesperadas, un asfixiante aroma a pólvora y violentos golpes de petardos que serpentean torpemente por todo el lugar.

A simple vista no es San Juan De Dios, sino el alcohol, la mota, el chemo y quien sabe qué más lo que hace inermes a los pobladores de Tultepec, municipio ubicado a casi 30 kilómetros al norte de la Ciudad de México. Casi todos ahí son artesanos pirotécnicos.

De vez en cuando una que otra zacapela hace que la multitud se disperse y se mueva como en cámara lenta, algunos con botella en mano.

Hay toros que son dignas piezas de museo. Se notan los meses de trabajo de familias enteras, pero también de entusiastas espontáneos con capacidades natas para la pirotecnia, heredadas de algún abuelo.

“Ya lo traemos en la sangre, ya no es de que: ‘ay, mañana voy a ser pirotécnico’. Ya lo traes en la sangre. Esto es de generación en generación. Mi abuelo o mi bisabuelo fue uno de los primeros pirotécnicos”, dice Fernando, quien presume orgulloso su toro al que bautizó como “La Maldad”.

Con minuciosas ornamentas egipcias, simulando estar en dos patas, “La Maldad”, de aproximadamente ocho metros y al que Fernando llama centauro, luce imponente mientras su dueño, sonriendo pícaramente, dice que el nombre del astado se debe a que a él y su banda los conocen como “los chicos maldosos del barrio”.

“Es el pan de todos los días”, suelta el muchacho, sin que se le pregunte, cuando ve la cámara que se acerca a las manos de una enfermera que escarba la quemada en su brazo con una gasa impregnada de desinfectante. Sonriente, abriendo más sus ojos brillosos y rojísimos, presume un rosario de cicatrices en su abultado vientre.

“Primero, segundo y tercer grado”, dice orgulloso mientras se toca la cicatriz de enormes quemaduras, coronadas con lo que parece un hoyo. Confiesa que se atrevió a ir al camión de las curaciones porque le estaba ardiendo mucho la herida, pero en cuanto lo “dejen como nuevo” regresará a la plaza, que parece llamarlo con los incesantes chillidos de cohete que se escuchan de fondo.

La fiesta es familiar y, como cada año, el 8 de marzo se rinden honores a San Juan de Dios. Por todos lados se ve a niñas y niños, como duendes, brincando entre las chispas. Otro grupo –algunos con bebés en los brazos– esquiva la palapa ardiente que se prendió con un petardo que llegó hasta el atrio de la iglesia, frente al Zócalo.

El festejo es esperado cada año por la gran derrama económica que genera. Vendedores de dulces, pan, pizza, esquites y otras delicias copan las calles por donde pasa el recorrido de las figuras pirotécnicas. Improvisados taqueros, vendedores de tortas y cantineros salen a las entradas de sus casas para ofrecer sus productos a los miles de visitantes que “vienen a quemarse”.

Pero no solo de la región “se vienen a quemar”, hay gente de la Ciudad de México y otros estados, dicen los pobladores. Ya en el lugar se ven sorprendidos por el tamaño y la detallada elaboración de los astados. Quien repite, regresa preparado: ropa resistente, lentes protectores, casco y hasta máscara antigases hacen más llevadera la estancia.

Para la gran mayoría de la gente que vive aquí, convivir con el fuego no es fiesta de un día. El municipio concentra poco mas del 40% de las licencias para manipular pólvora que emite la Secretaría de la Defensa Nacional.

Familias enteras se dedican a la pirotecnia que se quema en México: desde pequeños garbanzos tronadores para que los más chicos jugueteen, hasta elaboradas producciones dignas de la clausura de unos juegos panamericanos y hasta olimpiadas y mundiales de futbol.

Luego de incontables tragedias, la mayoría de los talleres han sido cerrados, pero la elaboración de cohetes no se acaba, es parte fundamental de la economía del municipio. Y la corrupción y malas prácticas han abonado para que con cierta periodicidad la muerte ronde en Tultepec.

En diciembre de 2016, un incendio de grandes dimensiones acabó con decenas de vidas en el Mercado de artesanías pirotécnicas de San Pablito.

Y algunos, como si nada, cuentan porqué su mano solo tiene tres dedos o por qué no escuchan con la oreja izquierda. Casi todos tienen un familiar que murió en un accidente con pólvora, y no imaginan su vida sin ella. Es su vida.

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