La vida musical en México-Tenochtitlan

Al Dr. Porfirio Castillo Campos, con admiración fraterna

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Por un acentuado atavismo, a las expresiones artísticas de los antiguos mexicanos se les negó, tácitamente, la virtud ‒o la calidad‒ de haberlo sido y, haciendo de ellas tabula rasa, se las etiquetó como obra surgida entre tinieblas para honrar al demonio. Afortunadamente, gran parte de las manifestaciones tangibles ‒entran aquí la arquitectura, la escultura, la orfebrería, el arte plumario, la poesía y la pintura‒ pervivieron y dan cuenta irrefutable del grado de refinamiento alcanzado por sus artífices. No fue ese el caso de la tríada Música-Canto-Danza ‒englobada en el vocablo Cuica‒ pues quedó sepultada bajo las losas del silencio y la inexistencia, por haber sido, precisamente, un saber emparentado con la oralidad y el adiestramiento mnemónico.

La carencia de una escritura en el sentido occidental del término ‒sobreviven, nada más, algunas referencias vagas de orden rítmico y, por supuesto, la inmensa variedad de instrumentos musicales prehispánicos‒, amén de la prohibición de su ejercicio, determinó que sus modos y su morfología se perdieran para siempre. Lo relevante del asunto es que el arte sonoro indígena tuvo una importancia capital en el ordenamiento de la vida política, cívica, religiosa y cotidiana de México-Tenochtitlan y que su aprendizaje era obligatorio, sin excepción alguna de clases sociales; especialmente para los gobernantes, quienes debían ser verdaderos expertos en la materia, ya que a ellos correspondía, además de contribuir con sus propias creaciones, supervisar su correcta andadura. Ahora que es tiempo de campañas presidenciales, donde constatamos la pobreza de propuestas culturales y la mediocridad vil de los perfiles, no está por demás recordar cuáles eran los códigos a los que los antiguos dirigentes debían someterse y cómo a través de ellos ejercían su gobierno. Será evidente el contraste neto entre los actuales candidatos con sus homónimos entronizados del mundo mesoamericano.

Para reafirmar lo antedicho leamos a Motolinía o “el pobre”: “una de las cosas más principales que en esta tierra avía heran los cantos e los bayles, ansí para solenizar las fiestas de sus demonios que por dioses honraban, con los quales pensavan que les hazían grand servicio, como para regoçijo e solaz propio. Hordinariamente cantavan en las principales fiestas que heran de veynte en veynte días, y en otras menos principales. Los bayles más principales heran en las plaças, otras veces en el patio de la casa del señor. Quando avien avido alguna victoria en guerra, o levantaban nuevo señor, o por otra novedad, los maestros componían nuevo cantar, demás de los generales que thenían de las fiestas de sus demonios e de las hazañas antiguas e de los señores pasados.”

Por si no quedara clara la preeminencia de la música enunciada por Toribio de Benavente o “Motolinía”, digamos que ella era, ni más ni menos, el motor sobre el que descansaban los ritmos de la urbe indígena. Gracias a sus desplazamientos en el tiempo se ordenaban los ritos y se sincronizaban las actividades colectivas. Acorde con lo escrito por Pablo Escalante en La ciudad, la gente y las costumbres: “Al salir el sol sonaba el tambor del Templo de Quetzalcóatl. Ese mismo tambor se oía en toda la ciudad cuando el sol se ocultaba: entonces se levantaban los tianguis, y las calles y plazas comenzaban a vaciarse. Con la oscuridad, los estudiantes del Calmécac salían por los caminos tocando flautas y teponaztles, y a la media noche esos mismos jóvenes tocaban las poderosas trompetas de caracol marino. Había ocho o nueve señales sonoras de ese tipo a lo largo del día; la primera se emitía desde el Centro Ceremonial de Tenochtitlan, viniendo después una réplica, producida por múltiples emisores de la periferia.”

Ahora bien, si la música era parte indisoluble de la vida del antiguo mexicano, especifiquemos dónde se aprendía y cómo se articulaban sus diferentes formas. Para empezar, asentemos que era un patrimonio común inserto en todos los ámbitos, desde el familiar y el escolar, hasta el religioso y el militar. Naturalmente, en la esfera del poder supremo su presencia era cardinal, pues con ella el tlahtoani en turno debía encargarse de que se manifestara como un reflejo prístino del orden cósmico. En otras palabras, la música del hombre había de amalgamarse a los dictados establecidos por los movimientos del cielo, decretados en su cosmogonía; razón por la cual ninguna falla podía tolerarse. Cualquier desorden, ausencia o yerro en la ejecución se castigaba con la muerte y ésta era impuesta específicamente por el regidor. Siguiendo a Sahagún: “Y andando el baile, si alguno de los cantores hacía falta en el canto, o si los que tañían el teponaztli faltaban en el tañer, o si los que guían erraban en los meneos y contenencias del baile, luego el señor los mandaba a prender y otro día los mandaba a matar.”

Así pues, el principal instituto de aprendizaje del arte sonoro era la Cuicacalli o Casa del Canto. Su asistencia, como ya apuntamos, era obligatoria y, cosa notable, era la única institución educativa mixta. Los alumnos eran sometidos a un rigor educativo muy similar al del Calmécac y al del Telpochcalli, rigor que podríamos comparar al de los guerreros de Esparta o al de los Samurais japoneses. No es necesario abundar en la férrea disciplina que en ellos imperaba, sin embargo, vale la pena comentar que no había ningún miramiento con los hijos de la nobleza, al contrario, eran a los que se les imponían los castigos más severos y las tareas más arduas, precisamente, porque en ellos recaerían los destinos del pueblo mexica. Digamos también que había una Cihuacalmécac que era la escuela para las mujeres pertenecientes a la clase dirigente.

La currícula que se impartía en la Cuicacalli contemplaba la enseñanza y práctica del enorme repertorio de cantos ‒con sus respectivas coreografías y la ejecución de instrumentos‒[1] tanto del pasado como de los recién compuestos, junto a todo lo complementario, esto es: el conocimiento del atuendo, los tocados, la pintura corporal, las máscaras y la mímica. Para dar una idea de la magnitud del trabajo emprendido baste consignar la gran variedad existente de cantares: los Teocuicatl o cantos dedicados a las deidades ‒estos también se aprendían en el Calmécac‒, los Macehualiztli o cantos de merecimiento para recibir los favores de los dioses, los Netotoliztli o bailes de regocijo, los Yaocuicatl o cantos guerreros, los Icnocuicatl o cantos de orfandad, los Atequilizcuicatl o cantos acuáticos, los Miccacuicatl o cantos mortuorios, los Cococuicatl o cantos eróticos, los Huehuecuicatl o cantos de vejez, los Cuecuechcuicatl o cantos traviesos y, por supuesto, los Xochicuicah o cantos floridos. Y de varios de estos géneros se desprendían diversos subgéneros. Por ejemplo, de los Yaocuicatl se disociaban los cantos guerreros de los señores águila, de los señores ocelote y los de la Guerra florida.

Hemos de agregar que en cada barrio o Calpulli de la urbe había una Cuicacalli y que en ésta obraba una clara jerarquía de funciones. Existían los Cuicacpicque que eran los maestros forjadores de cantos, estaba el Tlapizcatzin, que era el adepto a la organización general de las ejecuciones públicas (podría compararse con el director de orquesta), había un responsable de las coreografías o Tlacocoloani y estaba también el encargado del control de la asistencia o Tiachcahuan. Asimismo, existían fraternidades denominadas Cohuayotl en las que se reunía con frecuencia la élite musical para ensayar y dar a conocer sus nuevas creaciones.

Como hemos podido dilucidar, la trascendencia de la enseñanza musical para el pueblo y el Estado mexica era innegable, al grado que el mismo tlahtoani estaba obligado a mantener una sala especial dentro de su palacio donde se comprobaba el desarrollo y la calidad de los cantos. Él mismo debía supervisar que las ejecuciones fueran perfectas, sobre todo para las músicas que se presentaban en el Recinto Ceremonial de Tenochtitlan. Nuevamente Sahagún nos ofrece una descripción del sitio palaciego: “Había otra sala que se llamaba Mixcoacalli. En este lugar se juntaban los cantores de México y Tlatilulco aguardando a los que les mandase el señor, si quisiese bailar, o probar u oír algunos cantares de nuevo compuestos…”

Pero lo más sobresaliente de la actividad rectora del tlahtoani es que se irguiera como un verdadero forjador de cantos. Hay ejemplos sobrevivientes de cantares de Motecuhzoma II, de Cuauhtémoc y de Axayácatl. De este último consignamos un par de versos que dedicamos a nuestro próximo tlahtoani: “Una y otra vez heridos por las piedras, los mexicas se esfuerzan. La flor de los escudos permanece en sus manos. ¡Conquistadores de tiempos antiguos, volved a vivir!

[1] Sugerimos la escucha de algunas recreaciones hechas a partir de los instrumentos musicales prehispánicos- Audio 1: Antonio Zepeda – Cuando allá era de noche (Del CD La región del misterio. GLOBAL ENTERTAINMENT; 1986) Audio 2: Antonio Zepeda – Flores del viento. (Idem. LOBAL ENTERTAINMENT, 1986).

Comentarios

Load More