“Sin amor”: un niño en una familia destruida

MONTERREY, NL (apro).- Sin amor (Loveless, 2017) retrata, con desgarradora crueldad, los efectos demoledores que ocasionan sobre los hijos las disputas de los padres.

Durante el invierno ruso, una joven pareja de la clase media se encuentra a punto del divorcio. Zhenya y Boris discuten y se insultan. No les importa que su hijo, el pequeño Alyosha (Matvey Novikov) los vea y los escuche con el corazón hecho pedazos. Inmaduros e irresponsables juegan a lastimarse con horribles acusaciones, en una escalada que los lleva a reconocer que la culpa de su desdicha es el niño que, concebido por accidente, llegó a arruinarles sus vidas.

Hasta que un día, el chico en edad escolar, desaparece, lo que los lleva a reunirse y hacer equipo con el propósito de encontrarlo.

El tenso drama de Andrei Zvyagintsev está recubierto por una insoportable aura de tristeza. Como se aprecia con la preciosa fotografía, la nieve y el frío acechan el habitáculo de estas personas, un departamento que no puede ser llamado hogar. En este campo de batalla moran extraños, seres emocionalmente separados que ensayan a diario una convivencia irremediablemente destruida.

Una de las grandes virtudes de esta laureada producción es la disección que se presenta de un matrimonio disfuncional del nuevo milenio, integrado por dos adultos que se comportan como dos estúpidos, aunque sin saberlo. Por extensión, su relación enferma se convierte en una metáfora de las dificultades que enfrentan las parejas que se precipitan, y que se condenan a establecer una sociedad conyugal condenada al fracaso.

La historia, seca y pasmosa, se parte a la mitad, como si estuviera integrada por dos películas. En la primera se observa el ambiente emocionalmente tóxico en el que crece el niño. La mamá provoca una rabia intensa, por su dependencia crónica al smartphone. No dialoga con el chico, y prefiere estar navegando, revisando las redes sociales, viéndose bella. Es un horrible reflejo del estado de imbecilidad al que llevan los aparatejos. El papá, por su parte, se ocupa de cuidar su estatus laboral, de que no se enteren en el trabajo que tiene problemas en la alcoba.

Cada uno lleva su propia relación alterna, pero en el plan de su felicidad no figura el atormentado Alyosha, que llora amordazado y sin consuelo. La insólita pelea por la custodia se basa en deshacerse de él. Ninguno lo quiere a su lado. Un vistazo al origen de estas personas y el entorno espiritualmente sucio en el que crecieron, deja entrever claramente de dónde surge su percepción desviada del amor.

Hasta que el niño se esfuma. Deben averiguar si huyó, fue secuestrado, murió. Simbólicamente, la pareja consuma el aborto que hubiera deseado para no tenerlo. Al desvanecerse, se materializa su voluntad de no tenerlo.

En la segunda película, hay una búsqueda alrededor del edificio, el vecindario, el bosque. Todos los sitios que visitan están desolados y derruidos, como ellos. La pareja se une, pero, aunque quiere recuperar a su hijo, en el fondo hay algo, sus propios proyectos, que los mantienen más interesados que en el operativo. Su prioridad es mantener vivas las pasiones con sus parejas, esperanzados en un porvenir que les dará la vida plena que no habían tenido.

Al final queda una sensación muy desagradable de derrota social. La convivencia está rota. El egoísmo se impone en los grandes, que prefieren gozar la vida, en lugar de cuidar a los chicos. El ciclo de decadencia, así continúa, prolongándose por generaciones.

Cuando el corazón está invadido por la amargura, ni siquiera el cumplimiento de los caprichos existenciales pueden conducir a la plenitud. Estas personas pueden acceder a lo que deseaban, pero nunca encontrarán la felicidad.

Sin amor es una película magnífica y profunda, pero desoladora. Provocará vergüenza a las madres de familia que se la pasan chateando en sus teléfonos.

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