Sergio Pitol: la imposible memoria

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).-Muchas veces Sergio Pitol contó la historia de su orfandad, cuando sus dos padres se ahogaron en una playa de Veracruz. Él tenía cuatro años y pudo recordar, mediante una hipnosis –que en un principio era para dejar de fumar–, no sólo el suceso, sino la emoción que lo arropaba. Lo más importante quizás era el método que el pasado adoptaba en su cabeza:

–Era como una cinta de imágenes –y movía delante nuestro su mano huesuda recorriendo un círculo– que me jalaban, me iban incluyendo y, otras, sacando, expulsando.

Esta semana murió Sergio Pitol, tras una afasia de años. Lo visto y lo leído se le agolparon en sus infinitas posibilidades y lo dejaron callado, en manos del silencio. Todos los signos y las cosas a las que hacían referencia, el lenguaje ilimitado, quedó en suspenso, sin ninguna similitud que viniera a llenarlo, sin poderse encontrar en un punto de partida, en una magia de su propia adivinación. Preguntan los reporteros con pasmosa insistencia: “¿No es paradójico que se haya quedado mudo?”. Y no saben que ese silencio no era más que el final de su propio método. “¿Que el exilio de más de dos décadas en Europa del Este haya terminado en un auto exilio en Xalapa?”. Y qué saben si él ya traía todo el mundo que necesitaba.

No existe manera de entenderlo sin las infinitas conexiones entre las palabras como signos montados unos en otros, y las ficciones de Pitol para sí mismo y su escritura: la infancia en Potrero, la escuela en Córdoba, o la lectura iniciática de La cena de Alfonso Reyes y de La nariz de Nicolái Gógol. Los viajes para hablar con “los que esperan en la madrugada en las bancas de una estación de trenes” o los de las lecturas y relecturas incalculables. Al final, confesaba Pitol, nada era imaginario en su escritura. Primero, está San Agustín. La confesión ante Dios es, sobre todo, ante los demás hombres que se identifican “descubiertos en su fracaso”. Pitol adivina en la autobiografía un saber íntimo que puede sernos universal: el fracaso es el de las palabras que buscan su unión perdida con la vida. El “hombre nuevo” de San Agustín era el que decía “lo que había sido y lo que actualmente era”, es decir, quien hablaba lo hacía sobre un otro “él” que ya no existía más. Al dar cuenta de su tiempo, se construía de palabras un reflejo distorsionado, y se cerraba su propia fuga. Pitol escribe sobre las innumerables posibilidades del “yo”: “Soy consciente de que al tratarme como sujeto o como objeto, mi escritura queda infectada por una plaga de imprecisiones, errores, desmesuras u omisiones. Persistentemente, me convierto en otro”. Como lectores enfrentados a una prosa no ficticia, nos sentimos en la obligación de corroborar si eso que contaba Sergio Pitol era real, aunque lo único que podíamos hacer fuera asumir que el autor y el narrador tenían el mismo nombre. La vida para Pitol era la relectura de una narración que autentificaba al “yo” del relato. Un “yo” era el escrito; otro, el vivido, que ya se había perdido para siempre. Como entre los otros dos miembros de la llamada “Generación de Medio Siglo” –Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco–, la escritura duda de su propio papel de detentar la verdad y, entonces, se libera, se engarza en juegos, en referencias múltiples, rompe los géneros y los vuelve a pegar con las huellas de la fractura. Si Carlos Monsiváis inventó una forma literaria para parodiar a los medios masivos desde adentro, José Emilio tuvo ese impulso con la transmutación de la historia en diálogo íntimo. Sergio Pitol hizo lo mismo con la autobiografía.

En El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena, la sinceridad no es lo esencial de la confesión, sino el acto de descubrirse ante el otro, a veces, con varias máscaras. Hay una diferencia entre los simples recuerdos y la memoria, entre los objetos de la evocación, como una foto o un anillo, y la narración que fracasa siempre para encontrarse un sentido. En el caso del juego de Pitol, somos recuerdos, no en tanto sucesos, sino de los deseos y emociones que los arropan. Pero ese deseo es sólo la imagen difusa de su distorsión:

“Creemos que no existe sino el presente. Pero, ¿hay presente vivo con pasado muerto? Mas, cuando todo se conjunta y se resuelve, abrimos los ojos y vemos al tiempo acercarse desde el futuro; ahí espera el siguiente amor, el siguiente libro, el siguiente amigo, que son quienes –si nos recuerdan, si nos aman– nos darán al cabo, nuestro tiempo.”

Hay un primer remolino llamado Sergio Pitol: el de las novelas del carnaval o de bacanal, El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal; y un segundo, el del ensayo autobibliográfico. Entre ambos hay una invisibilidad imposible:

“Después de leer con cuidado todo lo que he escrito en la vida, me quedé atónito, lleno de aturdimiento. ¿Cómo puedo creer en la invisibilidad? En todo, me presento por todas partes; en 50 años de escritura, estoy presente. No hay nada ahí que no esté extraído de los archivos de mi vida.”

De su apropiación de Gogol y de la locura de conversar, versificar y cantar, con Pacheco, Luis Prieto y Monsiváis, extrae un coctel rocambolesco que hace la parodia de la avaricia, la mediocridad y el rencor en las parejas, en las familias. De la memoria como reconstrucción extrae imágenes placenteras, al contrario de los sueños, pero con la misma propensión a convertirse en visiones. Con esa palabra –“visiones”– se refería Pitol a la cinta que corría delante de sus ojos bajo la hipnosis: “Uno es una suma mermada por restas infinitas”. Cada golpe de memoria se transmuta en el universo perdido que sólo puede recobrarse a través de la escritura de ese “otro” ya ido. El fracaso universal, el que permite que una confesión sea de interés para los demás, es el paso del tiempo. La escritura es buscar eso que unió alguna vez a las palabras con las cosas y usarse el autor como “prótesis múltiple de los reflejos de uno mismo dentro del relato”. Son ecos vislumbrados.

El recuerdo feliz de la experiencia dolorosa es sólo uno de los exorcismos que permite la escritura. Pitol lo sabía cuando se encerraba en su biblioteca de Xalapa a traducir obras autobiográficas, cartas y los diarios de Thomas Mann, Walter Benjamin, Witold Gombrowicz, Marina Tzvietáieva. El interés por lo confesional, y el consiguiente montaje que llamamos historia de la propia subjetividad, está precisamente en la literatura como traducción: tomar el signo y hacer la semejanza con otro. De esa búsqueda de la similitud nace la interpretación infinita entre lo real y el lenguaje. Para Pitol, traducir será engullir, interiorizar un texto para recrearlo en otro idioma, es decir, en una nueva red de signos. Por eso digo que él llevaba el mundo que necesitaba adentro.

La escritura como memoria es herida del tiempo, infierno de culpas, instantes felices, evocaciones amorosas, lecturas subrayadas, procedimientos de cuando uno la escribió. Son viajes interiores a las Pragas de un repaso al tiempo transcurrido. De Thomas Mann, por ejemplo, se sorprenderá de cómo una idea que se contradice en los diarios resultará coherente ya en la novela. Del recuento de Walter Benjamin en busca de su amor imposible, la actriz Asia Lacis, Pitol resalta la intraducibilidad de esa devoción al ruso: “Es un tratado sobre la desolación”, explica. Del diario argentino de Wombrowicz le llamaba la atención la comicidad. De la biografía de Klaus Mann escribirá: “El trato con su padre Thomas está señalado por la penumbra”. De Marina Tzvietáieva, a quien debe tanto El viaje, retomará la idea de la infinita transmutación de un género en otro: “Un ensayo que es tanto un relato, como la cápsula de una novela, la crónica de época, y un trozo de autobiografía”. Pitol, desde su estancia en Belgrado en los años ochenta, lleva un diario de cuyas minucias extrae cuentos, novelas, aforismos, impresiones. Hay también recuerdos recobrados casi tantos como olvidos e imperfecciones de la memoria. Por ellos pasan las atmósferas “mefíticas” de la cancillería mexicana, las dolencias y medicinas, las lecturas, las visitas. Son diálogos consigo mismo que preparan la escenificación literaria ante los lectores.

La última vez que lo vi, en una feria del libro, ya no pudimos conversar. Solíamos hacerlo por teléfono y hablaba del clima en Xalapa y de su perro, Sancho. Sobre todo, de lecturas. Sobre la mesa del desayuno quiso decirme algo que se le disolvía. Michel Foucault, en Las palabras y las cosas, dice que la afasia no es un desorden del lenguaje, sino de la necesidad de ordenar el mundo. Como prueba, reproduce la clasificación que inventa Borges sobre los animales del emperador chino: “se dividen en: embalsamados, sirenas, perros sueltos, que se agitan como locos, innumerables, dibujados con un pincel finísimo de camello, etcétera, que acaban de romper el jarrón, que de lejos parecen moscas”. ¿Cómo es no poder pensar un pensamiento? La respuesta es la del último Pitol: callarse con una sonrisa ante lo imposible.

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