“Negra como la noche”, de Patricia Fonseca

"Negra como la noche", de Patricia Fonseca. Foto: Facebook "Negra como la noche", de Patricia Fonseca. Foto: Facebook

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Autora de los libros infantiles De mascotas y juegos electrónicos, y La jirafa, Patricia Fonseca (Villaflores, Chiapas) acaba de presentar su novela Negra como la noche, editada por Grupo Rodrigo Porrúa S.A. de C.V.
Licenciada en Administración de Empresas con especialidad en Administración Pública, la escritora aparece en la Primera Antología de Narrativa Chiapaneca Contemporánea “La Voz en Tinta”. Se ha desarrollado en diversos ámbitos, principalmente el público infantil de escasos recursos, promoviendo la campaña de libros “Sembrando letras”.

Fonseca es fundadora de los grupos Viajeros en el Arte y el de narradores “La Voz en Tinta”, y además es miembro de la Asociación de Escritores de Tapachula.

Esta novela transcurre en una comunidad que se llama San Juan Chicharras, que nos muestra la otra cara de Chiapas: un estado rico en vegetación, hermoso, con lugares naturales, pero carente de infraestructura en muchas comunidades y donde las mujeres aún sufren vejaciones con un sufrimiento callado, conformista y sin cuestionar aquel machismo, debido a que la violencia equivale ya a un acto normalizado.

Negra como la noche equivale a una crítica social sobre las conductas machistas, el alcoholismo y la doble moralidad (tanto por el respeto exagerado hacia los dogmas religiosos y por esa contradicción en actos que realizan y no va acorde a lo que predican). La pretensión de Fonseca es que se aprenda a ver la realidad tal cual es, sin disfrazarla de bondad; que a los actos se les dé el nombre que corresponde, y si la novela es leída por alguna mujer maltratada, al terminar su lectura “será como un casete de ida y vuelta para cuestionar si lo vivido vale todas sus lágrimas”.

Enseguida, los dos primeros capítulos de Negra como la noche.

Capítulo primero

El crujir de las hojas secas atemoriza a Juana; espera unos segundos a la sombra del árbol de limón y respira tranquila al escuchar los ronquidos de Jacinto a través de la ventana. Con cuidado sujeta la bolsa de lona que contiene algo de ropa y dos de sus libros favoritos, se acerca a la calle y destraba la tranca que le impide el paso.

Es de madrugada, las vacas y las gallinas descansan en el corral. El perro se acerca y ella lo ahuyenta. Intenta ir de prisa, pero las zanjas, las piedras y el lodo se lo impiden; apenas logra distinguirlos gracias a la luz de la luna. Los perros del patio vecino ladran embravecidos. Juana quiere correr; pero una sombra detrás de los arbustos la detiene bruscamente, siente como si una descarga eléctrica le recorriera la columna vertebral. Voltea a izquierda y derecha, busca con qué defenderse, pero no se le ocurre qué cosa puede ayudarla. Esa situación la sorprende; mira hacia atrás en busca de otra vía, pero allí sólo percibe el rumor del río y recuerda las historias de aparecidos. A lo lejos se escucha el canto de los gallos, corre para alejarse. Se detiene junto a un árbol para recuperar fuerzas y observa las rocas y piedras, agarra las piedras más grandes y, sosteniéndolas, levanta las manos y regresa al lugar donde vio la sombra y dice en voz alta:

–¡Aunque seas el mismito diablo, yo paso!

Corre, y en un abrir y cerrar de ojos llega a la carretera polvorienta y solitaria. Se detiene para recuperarse y, temerosa, observa el lugar para comprobar que realmente está sola y no hay alguien que la persiga. Busca un lugar donde sentarse y su mirada y sus pensamientos se pierden en la llanura; infinitas lágrimas fluyen por el rostro.

Capitulo segundo

Cuando Roberto llega a San Juan Chicharras y baja del camión, no puede evitar llevarse las manos a la nariz. Hace una mueca de desencanto, un hedor insoportable lo asquea y observa el agua estancada dentro de las zanjas en ambos lados de la calle.

Se dirige a la iglesia, a lo lejos se ven las montañas una tras otra, en una interminable hilera verde… le parece que en cualquier momento se comerán al pueblo. Camina entre calles sin pavimentar. Los perros ladran en vanos intentos por alejarlo. La neblina, como densa capa blancuzca, se posa en las paredes, en los árboles y también en sus huesos. Un escalofrío le recorre el cuerpo y le tiembla la barbilla; en un intento por calentarse, mete la mano hasta el fondo de su chamarra, mientras la otra, a la intemperie, la siente helada y rígida al jalar la correa de la maleta.

Mira a hombres y niños cargando leña con mecapal. Las mujeres que muelen maíz, les dan de comer a las gallinas, barren, tienden la ropa, y hombres montados a caballo pasan a su lado, lo saludan con una leve reverencia, inclinan la cabeza y se retiran el sombrero.

La iglesia sobresale de las casas vecinas por su construcción hecha de ladrillo y su campanario en lo alto. Contrasta con las casas de adobe y tejas de barro. La casa que busca se encuentra justo detrás; es la única con loza de concreto y un portón de metal. Al pasar por el parque, observa con cierta tristeza que los columpios donde deben jugar los niños están retorcidos; el sube y baja y la resbaladilla se encuentran despintados. Llama su atención el suelo árido, con piedras por doquier, hierbajos sobresalen debajo de éstas.

Al llegar a la casa lo recibe una señora de aspecto ceñudo que le dice:

–Máistro, desde a quióra lo estábamo esperando.

–Disculpe, el camión salió tarde. ¿Dónde puedo colocar mi maleta?

–Ah mire asté, estas son las llaves del portón pa’ que pueda entrá y salí –señalando al patio dijo–. Ahí le acomodamo como pudimo.

Camina por un corredor cubierto de macetas de diversas flores: geranios, margaritas, rosas, tulipanes y plantas de helechos; en la pared reposa una jaula con un pájaro, en el piso sacos de maíz y sobre éstos un gato dormita disfrutando su siesta. Al fondo se distingue una choza de adobe con una puerta de madera que resalta en medio de esa pared sin ventanas, las tejas le dan un aire pintoresco. Entra al cuarto y encuentra una mesa pequeña, un catre, una silla y un lazo atado de extremo a extremo de la pared y ganchos para la ropa.

–Al menos pensaron en que no puedo dejar mi ropa tirada –murmura–.

De repente, una sensación en el estómago lo obliga a buscar el baño. Atraviesa el corral de las gallinas, el perro amarrado a un árbol de guayaba le gruñe, a lo lejos divisa a unos cerdos. El baño parece una casita hecha de palos forrados con plástico negro. Al entrar abre los ojos espantado:

–¡Puta madre, qué es esto! –al ver un hoyo en el suelo y, sobre éste, una especie de silla sin respaldo. Al salir, siente náuseas al observar que los cerdos pelean lo que él acaba de defecar, el contenedor del sanitario va a parar a las zanjas.

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