“La bruja”, de Camilla Läckberg

“La bruja”, de Camilla Läckberg. Foto: Facebook “La bruja”, de Camilla Läckberg. Foto: Facebook

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La desaparición de una pequeña, que desata una cacería de brujas en pleno siglo XXI, es el tema de la novelista escandinava Camilla Läckberg (Fjällbacka, agosto 30 de 1974) en su libro La bruja (Häxan, publicada por Bockförlaget Forum en 2017), traducción de Carmen Montes Cano para Maeva Ediciones de Océano.

La llamada “reina sueca de la novela negra europea” ya había publicado su impactante debut “La princesa de hielo” en 1974, antes de cumplir 30 años. Para su décima novela, “La bruja”, de 678 páginas, manifestó a la prensa hispana:

“Si hubiera vivido en el siglo XVII, me habrían quemado en la hoguera.”

Debido al rotundo éxito literario logrado, ella abandonó su carrera como economista y se convirtió en la narradora de historias de suspenso que siempre había anhelado ser. Desde entonces, las aventuras de Erica Falck y de su compañero detective Patrik Hedström han conquistado a innumerables lectores en el mundo entero, gracias también a la serie adaptada en el nuevo siglo por Daniel Lind, intitulada “Los crímenes de Fjällbacka” (Fjällbackamorden).

Fjällbacka es el poblado pesquero donde nació, al norte de Göteburgo, colindante con el sur de Noruega y no muy lejos de Oslo.

Cual corresponde a su perfil de creadora polifacética, también ha escrito una colección de álbumes infantiles, varios volúmenes acerca de cocina, y diseña su propia línea de ropa y de joyería. Actualmente vive en la capital sueca, con sus hijos Charlie Melin, Meja Eriksson y Wille Eriksson.

A continuación, el comienzo de esta novela de Jean Edith Camilla Läckberg (su nombre completo), cuyas narraciones han vendido más de 25 millones de ejemplares en el planeta.

Introducción

Era imposible saber qué vida habría llevado la niña. Quién habría llegado a ser. En qué habría trabajado, a quién habría querido, llorado, perdido y conquistado. Si habría tenido hijos y, en ese caso, quiénes habrían sido. Ni siquiera era posible imaginarse cuál habría sido su aspecto de adulta.

A la edad de cuatro años no habría aún nada definido. El color de los ojos alternaba entre el verde y azul; el pelo, que tenía azul oscuro al nacer, era claro, pero había cierto matiz de rojo en el rubio, y seguramente aún podría cambiar. Ahora era más difícil todavía de decir.

Flotaba boca abajo, con la cara vuelta hacia el fondo. Tenía la parte posterior de la cabeza cubierta de sangre densa, coagulada. Sólo en los largos mechones que flotaban en el agua desde la coronilla se apreciaban los tonos rubios.

No podía decirse que aquella escena tuviera nada de espeluznante. Al menos, no más que si hubiera estado fuera del agua. Los ruidos del bosque eran los mismos de siempre. La luz se filtraba entre los árboles igual que siempre que el sol brillaba a esa hora del día.

El agua se movía plácidamente alrededor de la pequeña, y lo único que alteraba la superficie era una libélula que, de vez en cuando, se posaba en ella y provocaba círculos diminutos en el agua. Ya había empezado la transformación y, llegado el momento, se fundiría con el bosque y con el agua.

Si nadie la encontraba, la naturaleza seguiría su curso y la convertiría en una parte de sí misma.

Nadie sabía aún que la niña había desaparecido.

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