“Oleanna” y las verdades absolutas

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El enfrentamiento de un maestro y una alumna universitaria crea dos mundos contrapuestos que muestran puntos de vista incompatibles y verdaderos. Dos verdades donde el espectador tiene los elementos encontrados para crear sus propias interpretaciones y reflexionar acerca de la dificultad de las verdades absolutas.

Oleanna, del dramaturgo, guionista, actor y director estadunidense David Mamet, es interpretada por Bruno Bichir y Tato Alexander en una propuesta escénica contenida, buscando el rigor del realismo para acercarnos a las dudas y las problemáticas que viven los personajes y que se van transformando en la medida en que se adentran en el conflicto.

En un intento de imparcialidad, David Mamet los deja ser a partir de una situación dramática: la alumna quiere respuestas de su profesor respecto a la calificación que le ha puesto en su materia. En un primer momento, el profesor despliega sus ideas interrumpido por un conflicto externo que tiene que resolver: la compra de una casa gracias a que ha conseguido la titularidad en la universidad. Ensimismado, medio escucha a la alumna, que en la segunda parte extiende sus alas del contra-ataque para rematarlo en el último tercio de la obra.

Ambos luchan: uno por sobrevivir e imponer su condición de maestro, y la otra por ejercer sus derechos frente a los actos del profesor. No son personajes amables ni difícilmente queribles. Las acciones que suceden en las elipsis entre las escenas indican la evolución del problema y se desarrollan dentro de un hiperrealismo dramático impresionante. El espectador ve fragmentos, intuye procesos, hace deducciones y duda de todo. El autor en apariencia no toma partido, sólo muestra a los personajes en conflicto, definidos por las ideas que los llevan a actuar o dominados por sus impulsos, sentimientos de venganza o deseos de justicia y compasión. Una lucha de poder a muerte desde dos trincheras en las que el espectador puede identificarse o deslindarse.

El acoso, la prepotencia, la crítica al sistema educativo y los procedimientos académicos se van enredando en una madeja que no se intenta desenredar; simplemente darle voz a través de seres humanos complejos y apasionados.

Tato Alexander y Bruno Bichir aceptan el reto del naturalismo y lo concretan con sabiduría y prestancia. Aunque se exceden en este tartamudear, hablar al mismo tiempo o quitarse la palabra; y se presenta la dificultad de la edad de la protagonista respecto a su condición de universitaria; la verosimilitud en la interpretación de los dos actores vuelve creíble la dinámica entre ambos y su actuación es poderosa. El dominio de los personajes pasa de uno a otro al igual que las verdades y las responsabilidades de sus actos.

La dirección de Bruno Bichir responde a este reto hiperrealista y lo lleva hasta sus últimas consecuencias, colocando a los personajes en un pequeño espacio: una caja rectangular con dos pupitres, la pared como pizarrón, y una luz neón que nos da luz y sombra en sus rostros. Vemos a los personajes en un recuadro, como si estuviéramos husmeando sin ser vistos. No hay exceso de movimientos, y hábilmente el trazo escénico se realiza conjugando los perfiles y los frontales, y usando los rincones para la violencia.

Oleanna, que se ha montado en México un par de veces más, ahora cierra su segunda temporada en el Foro Shakespeare y abre la posibilidad de una tercera temporada antes de que acabe el año.

Oleanna, protagonizada por Tato Alexander y Bruno Bichir, es una obra que se disfruta de principio a fin. Que incomoda y abre preguntas. Que incita a la discusión y muestra dos caras de una misma moneda, donde los seres humanos se hunden en sus propios argumentos.

Esta reseña se publicó el 1 de abril de 2018 en la edición 2161 de la revista Proceso.

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