Coreas: Todas las esperanzas… todo el escepticismo

El pasado 27 de abril Kim Jong-un y Moon Jae-in, mandatarios de Corea del Norte y del Sur, respectivamente, celebraron en la localidad de Panmunjon un histórico y mediático encuentro en el que se comprometieron a firmar un acuerdo de paz. Sobre la mesa de negociación estaría el tema más delicado: que Pyongyang desmantele su arsenal nuclear. Éste es uno de los puntos que provoca más escepticismo, toda vez que resulta improbable que Kim entregue su único seguro de supervivencia. Los expertos discuten si sólo pretende ganar tiempo en un contexto interno de dificultades económicas o si realmente se propone empujar a su país hacia la “normalidad” y romper el aislamiento internacional.

PANMUNJOM (Proceso).- Seúl y Pyongyang sustanciaron sus buenas intenciones en un acuerdo histórico. Moon Jae-in y Kim Jong-un, presidentes de Corea del Sur y de Corea del Norte, respectivamente, se comprometieron a conseguir “una paz duradera”.

“Nunca más habrá guerra en la península”, sentenciaron con solemnidad apenas unos meses después de que esa posibilidad pareciera inminente. Ahora importa menos la escasa concreción del texto que sus buenas intenciones: la cumbre intercoreana vincula a los dos gobiernos y dejará retratado y sin excusas al infractor. El tiempo dirá si estamos ante otro capítulo de la tensión-distensión en la cual esa península lleva atrapada siete décadas o si se atisba el final del último fósil de la Guerra Fría. Las sensaciones apuntan a que el problema galopa hacia su solución a la velocidad de Cholima, el caballo de la cultura coreana que, según la leyenda, “es demasiado rápido y elegante como para ser montado por cualquier mortal”.

Kim y Moon acordaron enterrar las fricciones crónicas con el cese inmediato de hostilidades. Su intención es que del acuerdo germine a finales de año un tratado de paz y para ello pedirán las imprescindibles firmas de Estados Unidos y China, involucrados en aquella guerra detenida en 1953 con un simple armisticio o alto el fuego.

Donald Trump se entusiasmó con el comunicado. Desde su cuenta de Twitter dio por firmado el acuerdo: “¡La guerra en Corea acaba! Estados Unidos y su gran pueblo deben sentirse muy orgullosos de todo lo que está pasando en Corea”.

Kim y Moon también subrayaron su compromiso por la desnuclearización total de la península. La declaración no es nueva y tampoco llega ahora con plazos ni con concreciones, pero el contexto actual la hace más verosímil. El sacrificio norcoreano de su arsenal nuclear es uno de los puntos que más escepticismo genera. Es improbable que Pyongyang entregue su único seguro de supervivencia, al menos en la forma completa y verificable que exige Estados Unidos. El clausulado de ese asunto y otros será debatido en la reunión que tienen prevista Kim Jong-un y Donald Trump en un lugar aún por determinar.

La sinceridad norcoreana dividió a los expertos más reputados que la semana pasada compartieron una charla en Seúl. Para Kim Tae-hwan, profesor de la Academia Nacional de Diplomacia de Corea, Kim Jong-un ejecuta el definitivo paso “de un país nuclear a un país normal”. Existen razones para el optimismo porque nunca había cruzado tantas líneas rojas: no protestó por los ejercicios militares conjuntos de Washington y Seúl ni exigió la retirada de tropas estadunidenses de la península y, por si fuera poco, colocó su programa nuclear sobre la mesa de negociaciones.

En la línea del escepticismo se incluye Andrei Lankov, profesor de la Universidad de Kookmin: “No creo que su desnuclearización sea posible porque va en contra de sus intereses a largo plazo”, rebatió. Los líderes norcoreanos saben que sólo el as nuclear ha impedido en las dos últimas décadas seguir los destinos trágicos de dictadores como Muamar Gadafi o Sadam Husein. Los recientes bombardeos a Siria les habrán refrescado la memoria.

Influye también la desconfianza mutua. Pyongyang recela de la solidez de las promesas de un presidente tan ciclotímico como Trump y Occidente obtuvo la última certeza de las trapacerías de Corea del Norte recientemente, cuando anunció con fanfarrias el cierre de Punggye-ri, la base donde ha practicado sus seis ensayos nucleares desde 2006. Los expertos sostienen que estaba ya inservible y al borde del colapso. Kim, para vencer los recelos globales, ha invitado a analistas y periodistas extranjeros con el objetivo de que supervisen su desmantelamiento y prometió que verán dos túneles en perfecto estado.

El comunicado incluyó otros acuerdos menos mediáticos pero con sobrado simbolismo, como la participación conjunta en eventos deportivos internacionales (ambas Coreas ya desfilaron bajo la misma bandera en los recientes Juegos Olímpicos de Invierno que gestaron la distensión presente), la reanudación de reuniones entre los familiares separados durante la guerra, la conversión de la Zona Desmilitarizada en un “área de paz” y el cese de envío de propaganda y desmantelamiento de los altavoces en la frontera.

En la Casa de la Paz

Abundaron las sonrisas y las confidencias en la reunión de la Casa de la Paz, en la fronteriza localidad de Panmunjom. Para empezar, un apretón de manos de casi medio minuto. Luego, una declaración de intenciones que desbordó el formalismo protocolario. Confianza donde hubo recelos, alabanzas en lugar de amenazas de destrucción.

Moon y Kim certificaron el giro copernicano en esa península donde un pueblo de hermanos sigue dividido por la alambrada. Los periodistas surcoreanos del centro de prensa rompieron en aplausos y lágrimas en una escena tan arrebatadoramente emocionante que casi olvidaron que el Kim es responsable de violaciones de derechos humanos de dimensiones nazis. No debió de olvidarlo Moon, un viejo y admirable activista democrático con el suficiente pragmatismo para entender que la diplomacia consiste en arreglar problemas sentándose con gente a la que nunca invitarías a tu cumpleaños. Fue una intensa jornada en la que dialogaron durante horas, pasearon sobre un puente y abonaron un pino nacido en 1953, año del final de la guerra. Acabaron abrazados tras presentar una declaración conjunta histórica y con los puños en alto. Volverán a encontrarse en Pyongyang en otoño.

La jornada también sirvió para observar por primera vez a Kim sin el filtro distorsionador de su prensa oficial. Estuvo suelto si atendemos a que el treintañero acudía a su segunda cita internacional en seis años de reinado aislacionista. Aclaró con su voz cavernosa que había llegado hasta Panmunjom para “poner fin a una historia de hostilidades” y reveló una sorprendente vena humilde, reconociendo el pobre estado de sus carreteras. Kim pareció humano y sólo se permitió la excentricidad de poner a correr a sus guardaespaldas alrededor de su limusina.

El mundo discute si sólo pretende ganar tiempo en un contexto económico complicado o se propone empujar a su país hacia la ortodoxia global. Su puesta en escena presenta a un líder auténtico que defiende la paz y está a punto de desembarazarse de su arsenal nuclear. Volvió a preocuparse por el sueño de Moon y prometerle que sus misiles no lo sacarán de la cama con el alba.

Kim, con su traje Mao oscuro de los grandes días, había acudido a la orilla septentrional de la Casa de la Amistad. Al otro lado del bordillo que sirve de frontera aguardaba Moon con un traje de ejecutivo. Kim, tras las fotografías pactadas en el sur y aún agarrados de manos, le preguntó si quería viajar a su país. Ambos traspasaron el bordillo en sentido contrario y posaron de nuevo. El día será recordado no sólo porque un presidente norcoreano pisó el sur por primera vez en la historia sino porque un presidente surcoreano volvió al norte una década después de que lo hiciera Roh Moo-hyun, padrino político de Moon y coartífice de la política de amanecer que trajo un raro periodo de calma a la península entre 1998 y 2008.

Los dos presidentes se acercaron a la Casa de la Paz de Panmunjom escoltados por la guardia de honor. “Una nueva historia empieza ahora, un punto de inicio en la era de la paz”, escribió Kim en el libro de visitas.

Un camino largo y pedregoso

La población aún tiene dudas. La febril actividad diplomática ha ensanchado la brecha en la polarizada sociedad surcoreana entre derecha e izquierda, entre los que exigen mano dura y los que piden contención, entre los que subrayan las violaciones de derechos humanos del norte y los que animan a acercarse al pueblo hermano. El 81% de los surcoreanos apoyaba la cumbre y 70% dudaba de que Corea del Norte sacrifique su armamento nuclear, según las encuestas publicadas en vísperas del encuentro.

No es raro ver en Seúl a excombatientes con ajados uniformes quemando banderas norcoreanas y retratos de los Kim. Un joven con megáfono y altavoces de discoteca de extrarradio animaba la semana pasada a una cuarentena de fieles que ondeaban banderas surcoreanas y estadunidenses en las cercanías del Palacio Imperial. “Masacra a Corea del Norte”, repetían. Si uno desconoce el coreano y atiende sólo al ardor del conferenciante y las respuestas al unísono, cuesta diferenciar esta arenga de las escuchadas en Pyongyang.

Un participante enseñaba su pancarta: “Moon dimisión”. Y la volteaba: “Bombardeemos Corea del Norte”.
“Para eso estamos aquí, para pedirle a Washington que solucione el problema de una vez”, señalaba Soo Yeon Kang, curadora de una galería de arte de 43 años, y esperanzada en que Trump recupere pronto sus amenazas de borrar del mapa a Corea del Norte.

Moon, con una sobrenatural paciencia para empujar hacia la paz en un entorno hostil, es visto por muchos conservadores como un extremista. En el mejor de los casos, aseguran, se dejará engañar de nuevo por los Kim y los regará de millones de dólares a cambio de un tratado inútil; en el peor, traerá su ideología comunista. Tal vez exista sensatez entre la derecha surcoreana, pero cuesta trabajo encontrarla aquí. Tampoco sobra en la extrema izquierda que relativiza las violaciones de derechos humanos del régimen norcoreano.

También falta unanimidad en la comunidad de norcoreanos en Seúl. Unos centenares reunidos el día siguiente de la cumbre en la iglesia metodista de Hansarang debatían sobre lo que les espera.

“Al fin tendremos un tratado de paz. La reunificación será más complicada, pero estamos en el buen camino. La comunicación entre Seúl y Pyongyang es cada vez más fluida. Esta es una gran oportunidad para Corea”, señaló Em Joo Choi, de 33 años.

La edad define la actitud: los más mayores vivieron demasiado tiempo con los Kim para concederles una brizna de fe, mientras los más jóvenes atisban la esperanza de un cambio.

“Nunca creeré a Kim Jong-un, su paz es sólo otro engaño. Sólo ha dado este paso porque estaba desesperado, la economía se hunde”, sentencia Sung Jin Kim, minero jubilado de 65 años.

La reunificación es el asunto más comentado aquí porque permitiría el contacto con los familiares que muchos dejaron atrás. Aún en el mejor de los casos se antoja un camino largo y pedregoso, pero algunos se aferran a la esperanza renacida.

No es el caso de Sung, llegado en solitario a Seúl una década atrás: “Moriré sin ver a mi familia otra vez”, comenta.

Al acto acudió Ji Seong-ho, el desertor más célebre del momento desde que Trump lo ungió en el Capitolio como el mejor representante de las atrocidades del régimen. Ji, al que le falta una pierna, ha acudido sin esas icónicas muletas de madera con las que atravesó la jungla del sureste asiático en su camino a la libertad.

“Kim Jong-un está intentando que el mundo reconozca a Corea del Norte como un país normal. Pero al mismo tiempo es el líder que ha provocado a todos con sus misiles. No sé si creerle, pero que se haya reunido con Moon es ya muy importante”, comenta Ji al final del acto.

Este reportaje se publicó el 6 de mayo de 2018 en la edición 2166 de la revista Proceso.

Comentarios