Argentina: a los pies del Fondo

BUENOS AIRES (apro).- El regreso de Argentina al redil del Fondo Monetario Internacional (FMI), anunciado por el presidente Mauricio Macri, exhibe la fragilidad del actual programa económico y conduce a una encerrona de desenlace previsible.

El anuncio se hace en medio de un clima de volatilidad cambiaria, que ya ha provocado una caída brusca del valor del peso argentino y de las reservas internacionales de este país. La medida no cuenta con el apoyo de ninguna fuerza opositora y despierta gran temor y escepticismo entre la población.

El más reciente programa de “rescates financieros” y monitoreo de la economía argentina por parte del FMI desembocó en la crisis terminal de 2001. El estallido sobrevino luego de una década en la que el organismo elogió a los gobernantes argentinos que aplicaban sus recetas. La recesión resultante limitó la generación genuina de divisas en la economía. El endeudamiento para superar desequilibrios se volvió adictivo. El temor del propio FMI a una posible cesación de pagos terminó con el gobierno de Fernando de la Rúa. El país se hundió en la peor crisis político-económica de su historia, con pérdida de los ahorros y niveles récord de desempleo y pobreza.

El monto del primer préstamo que Argentina solicitará al Fondo ronda los 30 mil millones de dólares. “Es un FMI muy distinto al de hace veinte años”, dijo el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, intentando torcer la imagen que vincula al organismo con políticas de ajuste que terminan en colapsos financieros.

La postura actual del funcionario difiere de la que tenía cuando todavía no lo era: “No volvamos al Fondo”, rezaba el cartel que mostró en 2016 en un programa televisivo. Las recomendaciones del FMI a todos sus países miembro, que se vuelven condicionamientos a la hora de sus otorgar sus préstamos, son sin embargo las de siempre. Reducción del déficit fiscal, recortando el gasto público en obras y programas sociales, flexibilización de las condiciones de contratación y despido, baja en las jubilaciones y aumento de la edad de retiro.

La aplicación de estas recetas en Argentina, en medio de una coyuntura con inflación elevada y caída del consumo, augura un deterioro del nivel de vida y una baja capacidad de repago de la deuda que se contrae. Un escenario recesivo, que ya asoma con las medidas anunciadas para frenar al dólar: un recorte multimillonario en obra pública y el incremento de tasas de interés del Banco Central al 40% que vuelve imposible el acceso al crédito para las Pymes.

El acercamiento explícito a las políticas del FMI augura además un aumento de la conflictividad social. En diciembre último, sin ir más lejos, la “reforma previsional” que determinó un recorte en las jubilaciones fue aprobada tras dos jornadas de represión brutal en las afueras del Congreso.

A partir de entonces la imagen de Mauricio Macri y de su gobierno ingresaron en una pendiente. La reelección de Macri, que el oficialismo luego del triunfo en las legislativas de 2017 daba por descontada, está en entredicho.

La población argentina asocia el rechazo al FMI con soberanía política y bienestar económico. En 2006, Néstor Kirchner saldó la deuda que el país tenía con el organismo y acabó con su injerencia en la definición de objetivos económicos y políticas públicas. Argentina vivió entonces un crecimiento pronunciado de la economía, con caída de la desocupación y del endeudamiento. No parece probable que la oposición peronista vaya a apuntalar hoy al gobierno en este camino lleno de descrédito. El peronismo ha comenzado a oler sus chances de volver al poder en 2019.

Corridas

Desde que Mauricio Macri asumió como presidente de Argentina, en diciembre de 2015, diversos mandatarios de países desarrollados elogiaron el giro hacia la ortodoxia en materia económica, tras los 12 años de proteccionismo de los gobiernos kirchneristas.

Los elogios no alcanzaron, sin embargo, para impulsar la inversión extranjera directa, que entre 2006 y 2016 promedió el 1.5% del PIB y en los últimos dos años se redujo a la mitad.

El giro hacia la ortodoxia ha provocado una caída del consumo, que en Argentina representa el 71% del PIB, elevando además el déficit fiscal y el de cuenta corriente. En 2017 la balanza comercial de bienes arrojó un déficit récord de más de 8 mil millones de dólares.

En los dos primeros años de mandato, el gobierno suplió todos los desequilibrios a través del endeudamiento externo. Presentó esta alternativa como puente hasta que se recuperara la actividad económica. Argentina se convirtió así en 2016 y 2017 en el país emergente que contrajo un mayor endeudamiento externo, a un ritmo anual de 30 mil millones de dólares.

El propio FMI predice que el país necesitará mantener hasta 2023 ese nivel de endeudamiento anual. En enero de este año, sin embargo, los mercados internacionales le pusieron freno al crédito para el país. Una nueva muestra de que las finanzas no se rigen por la simpatía.

La reciente subida de los tipos de interés en Estados Unidos aspiró depósitos de los mercados emergentes. Las monedas de la región se depreciaron. Pero ninguna tanto como el peso argentino, que se convirtió en la segunda moneda más devaluada del mundo en el año detrás del bolívar venezolano. A eso contribuye la vulnerabilidad estructural de la economía argentina.

Al freno en el ingreso de dólares financieros por la colocación de deuda en bonos argentinos, se sumó la salida de los dólares que buscan obtener una renta extraordinaria a través de la especulación con letras del Banco Central (Lebac). A través de este mecanismo, el gobierno argentino capta dólares para financiarse. El riesgo es grande. Se trata de un mercado muy volátil, con tenedores internacionales y argentinos, empresas y grupos financieros con muy alta capacidad de movimiento de capitales a corto plazo.

“En el mejor de los casos el escenario que se presenta es de estanflación”, dice a Apro el economista Andrés Asiain, director del Centro de Estudios Scalabrini Ortiz (CESO). “La estanflación hoy es un escenario optimista, es decir, una inflación elevada, del 26% y el 28%, y una economía en crecimiento vegetativo, si es que se logra frenar realmente la corrida”, advierte. “De lo contrario, podría ser un escenario de crisis. De crisis cambiaria, y hay que ver si se traslada a cambiaria y financiera”, explica.

La cotización del dólar, termómetro de Argentina, aumentó 35% de diciembre a esta parte. Y la calma no ha llegado ni siquiera con el aumento de la tasa de interés al 40%, el anuncio de la vuelta a los créditos del FMI y los recortes en la obra pública.

“Han subido las tasas en forma descomunal, que en lugar de dar seguridad dan pánico a los inversores, porque cuando uno está dispuesto a pagar cualquier cosa demuestra que está en una situación bastante débil y extrema”, dice Andrés Asiain.

“Han vendido reservas y han devaluado la moneda. Han obligado a todos los bancos a vender parte de su posición en dólares y con todo eso el dólar todavía no está bajo control. Entonces el nivel de gravedad puede ser mayor al de una estanflación”, advierte.

Círculo vicioso

La erosión del capital político del gobierno es pronunciada. El salto del dólar se traduce de manera inmediata en incertidumbre y pérdida de apoyo.

Los recurrentes procesos de inflación y de devaluación han conseguido que el argentino piense su economía en dólares. La moneda norteamericana constituye la forma de ahorro más sencilla y extendida. Cuando el dólar sube, por otra parte, suben todos los precios de la economía, incluso los que no presentan ningún insumo dolarizado en su cadena de conformación de precios.

“El costo económico va a ser un mayor grado de inflación al esperado en 2018 y un menor crecimiento”, dice a Apro Gustavo Marangoni, expresidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires (BaPro).

“Y el costo político el gobierno ya lo está registrando ahora, porque las encuestas marcan que la imagen del presidente y de la gestión del presidente están en el piso desde que se las mide cuando asumió el cargo”, explica.

La próxima prueba de fuego, aunque no la última, será el 15 de mayo, cuando venzan 680 mil millones de pesos en Lebacs. Se trata de unos 30 mil millones de dólares, el equivalente a más de la mitad de las reservas internacionales de Argentina. Con la tasa de interés al 40%, el gobierno intenta evitar que los inversores retiren su dinero y lo dolaricen.

“Si el gobierno logra superar esa jornada renovando la mayor parte de estas letras, entonces habrá que volver a una agenda más virtuosa, de tomar medidas concretas, que no tienen que ser muchas ni confusas, dando señales claras, con objetivos fiscales más firmes, con algunas restricciones al acceso a dólares, y hacer que los exportadores agropecuarios liquiden divisas en plazos que no sean como ahora ilimitados, para ver cómo ir bajando las tasas de interés sin el temor a que los inversores se refugien en el dólar”, sostiene.

“La fotografía hoy es compleja, con tasas en el 40%, inflación del 23% al 25% y negociaciones salariales en el 15%. Esto, lógicamente, no te garantiza el buen humor social”.

El gobierno culpa de la encerrona en la que se encuentra al contexto internacional y al anterior gobierno. Pero ha ingresado en un círculo vicioso conocido por los argentinos y a la vez difícil de sortear. Requiere de divisas que no tiene para hacer funcionar la economía. Para continuar aportando dólares, el FMI y los inversores le exigirán mayor ajuste fiscal y monetario. Esto a su vez provoca un achicamiento de la economía real y de la generación genuina de divisas. Un día los préstamos apenas sirven para cubrir los vencimientos de intereses, teniendo a toda la sociedad en vilo, ante una eventual cesación de pagos. Por último, cuando madura el colapso social, o la resistencia a las medidas implementadas se intensifica, los inversores se retiran.

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