Elecciones en Irak: tras el Estado Islámico, una nueva oportunidad

BAGDAD (apro).- Con una puesta en escena modesta y un tono severo, el primer ministro iraquí Haider al-Abadi anunció a principios de diciembre pasado que Irak había logrado controlar toda la frontera con la inestable Siria después de haber completado la liberación de las provincias occidentales de Nínive y Anbar.

Así, casi cuatro años y decenas de miles de muertos después, Bagdad declaraba formalmente su victoria contra el autoproclamado Estado Islámico (EI) y cerraba otro oscuro capítulo más de su movediza historia.

Cinco meses después de aquel anhelado anuncio, Irak celebra este sábado 12 unas elecciones parlamentarias que le brindan una nueva oportunidad para regenerarse e intentar corregir los problemas estructurales que llegaron a amenazar su propia existencia.

Para llevar a cabo esta ardua tarea, poco menos de 7 mil candidatos pelearán para hacerse con una de las 329 actas de diputado (una más que en los anteriores comicios) que serán otorgadas por las urnas. Su misión más inmediata será entonces la de formar un nuevo Ejecutivo y apuntalar a un nuevo primer ministro, la figura más poderosa del Estado.

Fragmentación

A diferencia de anteriores citas electorales, en las que especialmente los chiitas y kurdos tendían a comparecer unidos para reforzar sus posiciones, estas elecciones presentan un amplio abanico de partidos fruto de la ruptura interna de los bloques previos.

En el caso de los chiitas, que controlan el país desde que cayó el régimen sunita de Sadam Husein en 2003, la fragmentación ha dado lugar a cuatro principales candidaturas.

La que parece salir en una posición ligeramente aventajada respecto del resto es la que lidera Haider al-Abadi, que intentará aprovechar su victoria contra el EI y la contundente respuesta exhibida contra las aspiraciones independentistas kurdas para hacer buenas las encuestas.

También con posibilidades de obtener unos buenos resultados se encuentran las coaliciones del que fue primer ministro entre 2006 y 2014 Nuri al-Maliki; la de Hadi al-Ameri, cabeza de una coalición en la que estarán representados los movimientos políticos de las Fuerzas de Movilización Popular (PMU), un paraguas que integra numerosas milicias que han liderado la lucha contra el EI, y la de Muqtada al-Sadr que, en coalición con el Partido Comunista, busca el apoyo de los sectores antisistema de Irak.

Quienes tampoco han conseguido erigir una coalición unitaria son los árabes sunitas, cuya participación está marcada por lógicas más regionalistas. Buena parte de sus votos, sin embargo, podrían superar líneas sectarias e ir a parar, sobre todo, a la alianza de al-Abadi.

En un problema similar se encuentran los kurdos, quienes están profundamente divididos tanto por la celebración de un referéndum de independencia en septiembre de 2017, como por el cisma que separa a los partidos tradicionales asociados con el establishment y aquellos de reciente creación o en la oposición.

La principal incógnita que esconde está inédita fragmentación de los bloques chiita, sunita y kurdo es si facilitará establecer alianzas transversales a la hora de gobernar o si, por lo contrario, enquistará aún más los problemas derivados del sistema político sectario iraquí.

Para Randa Slim, investigadora en el Middle East Institute, “la identidad sectaria aún conduce el comportamiento de muchas personas”, pero considera que, al menos, “en estas elecciones hay una cierta esperanza de que esta lógica sectaria haya menguado”.

El investigador en historia moderna de Irak, Ibrahim al-Marashi, en cambio, considera que se trata de un síntoma de intra-sectarismo: Las divisiones “mantendrán la falta de voluntad para comprometerse en cuestiones como la corrupción, las reformas del sector de la seguridad o la reconstrucción” del país.

Los retos

Desde el derrocamiento del régimen de Husein, que tuvo a chiitas y kurdos como principales víctimas, Irak se ha regido por un sistema político sectario de lógica étnico-religiosa que ha hecho imposible la construcción de un Estado inclusivo.

Ese nuevo orden ha permitido e incentivado unos niveles de corrupción cuantitativa y cualitativamente colosales que merman toda la administración del país. En este sentido, Transparencia Internacional considera a Irak el doceavo Estado más corrupto del mundo. Sus malas prácticas, el clientelismo y el nepotismo que imperan socavan instituciones estratégicas como el Ejército y el lucrativo sector petrolero.

“La corrupción no es sólo dinero que ha sido robado por los políticos, también pasa por hacer nombramientos a dedo en puestos de trabajo incorrectos”, señala Slim, que anticipa que una lucha sincera contra este fenómeno implicaría “enviar a políticos a juicio, desvelar el robo público que ha ocurrido (en los últimos años) y asegurarse de que las personas colocadas por dedazo que contribuyen a la ineficiencia sean despedidas”.

“Por todo ello la lucha para sacar a Irak del sistema de padrinazgo establecido en 2003 va a ser muy dura”, anticipa la investigadora.

Una de las grandes damnificadas por este sistema corrupto ha sido la economía nacional, que desde 2014 se ha visto duramente afectada por el desplome de los precios del petróleo (del que dependen más de 80% de los ingresos del gobierno iraquí) y por los fondos que se han tenido que desviar hacia la lucha contra el EI.

Para intentar disponer de cierto margen de maniobra en el plano económico, Bagdad se entregó a mediados de 2016 en brazos del Fondo Monetario Internacional (FMI), con el que llegó a un acuerdo por valor de 5.4 mil millones de dólares a cambio de un severo plan de recortes y otras medidas paralelas como la alteración del precio de la electricidad.

Ahora que el EI ha sido reducido, sin embargo, la nueva administración iraquí no podrá dilatar más su obligación de mejorar los precarios servicios públicos y revertir la dura situación económica de sus ciudadanos, donde más de 40% de los cuales viven por debajo del umbral de pobreza y con tasas de desempleo crecientes.

“Los ciudadanos iraquíes se han dado cuenta de que la élite que ha gobernado el país desde 2003, sea chiita, sunita o kurda, no ha sido capaz de satisfacer sus necesidades”, apunta el investigador del Chatham House Renad Mansour, quien añade: “Y (ahora) gran parte de su discurso es que quieren a cualquiera que sea capaz de proveerles estos servicios”.

Este sistema sectario, exclusivo, corrupto y disfuncional es el que, por su parte, no sólo ha hecho imposible que Irak haya podido asegurar su estabilidad a largo plazo, sino que, además, ha facilitado el surgimiento de amenazas existenciales como el EI de forma cíclica, llegando a poner en duda la propia viabilidad del país árabe.

En este sentido, Irak es el onceavo país más frágil del mundo según el Fondo para la Paz, una organización independiente que elabora un índice global teniendo en cuenta 12 indicadores económicos, políticos, sociales y de cohesión interna.

Además, la futura administración deberá intentar que el inestable contexto regional, aún un poco más enredado tras la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán, no les desestabilice internamente.

Resiliencia

Lejos de ser todo malas noticias, para algunos la celebración de elecciones constituye una buena noticia por sí misma en una región donde los procesos democráticos no suelen tener cabida, y pone de manifiesto la resiliencia de una población que siguen adelante a pesar de sus grandes dificultades.

En esta línea, Irak ha vivido en los últimos 15 años la caída del régimen de Sadam Husein, una invasión liderada por Estados Unidos, una guerra sectaria desatada entre 2006 y 2008 y la emergencia del EI a principios de 2014. Una suma de crisis que, no obstante, no han conseguido acabar ni con el país ni con el coraje de su sociedad.

“Desde IraQueer estamos determinados a tomar parte en la construcción del futuro de Irak como Estado y a expandir culturas como la árabe, la kurda u otras por todo el país”, sostiene el responsable de comunicación de una organización kurdo-iraquí que lucha por los derechos de la comunidad LGBT en el país.

“Los derechos LGBT y los derechos humanos son inseparables”, continúa, y para tener “una sociedad civil fuerte debes abordar los derechos humanos como derechos para todos”.

Sura, una activista de Bagdad, coincide en destacar la importancia de la sociedad civil iraquí para el futuro del país: “Somos muchas las feministas que estamos luchando para defendernos como mujeres iraquíes de todas las violencias por las que atravesamos, y no vamos a rendirnos, vamos a seguir luchando por nuestros derechos”.

“A pesar de todas las crisis, guerras, reveses en seguridad, falta de servicios, derribo de infraestructuras y sistemas políticos muy corruptos, los iraquíes siguen yendo a la escuela, buscan empleo, son funcionales e intentan hacer mucho con lo poco que tienen”, defiende en entrevista con Apro el director del Instituto Iraquí-americano Muhammad al-Maliky, quien ve el futuro con cierta esperanza: “El país no ha colapsado a pesar de que, en la superficie, nada acaba de funcionar. Los iraquíes son unos supervivientes”.

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