Unasur, un proyecto que zozobra

Hace menos de un mes seis países abandonaron la Unión de Naciones Suramericanas, la Unasur, ese proyecto brasileño que quería ser contrapeso de Washington­ en la región. Lo que nació como un organismo integrador en una década en la que la mayoría de las naciones sudamericanas estaban gobernadas por la izquierda, incluso moderada, tiene todas las trazas de estar naufragando ahora que la mayoría de los mandatarios conosureños son conservadores. Según especialistas, es previsible el fortalecimiento del Mercosur y de la Alianza del Pacífico, esquemas de integración económica y comercial que suelen obedecer los dictados de Estados Unidos.

BOGOTÁ.- La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), un mecanismo de integración creado hace una década bajo liderazgo brasileño, es hoy un proyecto que zozobra en medio del debilitamiento de Brasil y Venezuela y del viraje político –hacia el conservadurismo– que han experimentado varios países de la región.

El foro, nacido en mayo de 2008 y auspiciado por el entonces presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva –hoy preso por cargos de corrupción–, lleva más de un año acéfalo por la imposibilidad de sus miembros de lograr un consenso para elegir a un nuevo secretario general.

Y en lo que parece ser un golpe demoledor al modelo integracionista que impulsó la Unasur, hace tres semanas seis de sus integrantes abandonaron el organismo, con la advertencia de que sólo regresarán si se garantiza un “funcionamiento adecuado” del organismo.

La salida de Argentina, Colombia, Chile, Brasil, Paraguay y Perú no sólo dejó a la institución regional sin la mitad de sus miembros, sino que le quitó gran parte de su peso. Esas seis naciones concentran 85% de la población de América del Sur y generan 87% de su riqueza económica.

Las divergencias entre esos seis países y la dupla Venezuela-Bolivia hicieron crisis cuando esta última nación asumió, el pasado 17 de abril, la presidencia pro tempore de la Unasur, y quedó claro que sería inviable destrabar la elección de un nuevo secretario general, cargo que está vacante desde que el expresidente colombiano Ernesto Samper concluyó su periodo, en enero del año pasado.

Durante meses Venezuela y Bolivia habían obstaculizado la elección del nuevo secretario general al rechazar la candidatura del político y diplomático argentino José Octavio Bordón, única que se ha presentado hasta ahora. Según los estatutos, en ese foro las decisiones se toman por consenso y basta la oposición de uno solo de los miembros para crear un impasse­ como el que se presenta.

Samper dice a Proceso que la norma del consenso, que fue la que permitió un desarrollo armonioso de la Unasur desde su nacimiento, “se ha convertido en estos momentos en su mayor tragedia”.

De acuerdo con el exsecretario general del organismo, esta crisis puede superarse con una fórmula que le ha propuesto a los países miembros: elegir al nuevo titular por mayoría simple.

“Hasta ahí”, señala Samper, “es una cuestión que puede manejarse. Sin embargo, es claro que la declaración de los seis países que se retiraron de la Unasur podría tener una interpretación de carácter ideológico”.

Es un hecho que esas seis naciones tienen hoy presidentes de centroderecha que ven en ese mecanismo sudamericano de integración un espacio en el que confluyeron, bajo la batuta de Lula y el empuje del mandatario venezolano Hugo Chávez, los líderes izquierdistas que gobernaban la mayoría de países de la región en la década pasada.

Política pendular

En 2008, cuando se creó la Unasur, gobiernos de corte progresista dominaban el panorama político regional.

Lula en Brasil, Michelle Bachelet en Chile y Tabaré Vázquez en Uruguay, desarrollaban proyectos de sello socialdemócrata, mientras que Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Cristina Fernández en Argentina representaban a una izquierda más dura.

En ese entonces, 80% de la población sudamericana tenía presidentes de izquierda. Hoy ese porcentaje se ha invertido.

La llegada de Mauricio Macri y Michel Temer a las presidencias de Argentina (2015) y Brasil (2016) marcó el giro a la derecha de la región. El círculo se cerró en marzo pasado, cuando el empresario y político Sebastián Piñera asumió como mandatario de Chile, en reemplazo de Bachelet.

De esa corriente centroderechista que ahora es dominante en la región también forman parte los presidentes Juan Manuel Santos (Colombia), Horacio Cartes (Paraguay) y Martín Vizcarra (Perú).

Y fueron precisamente los gobiernos de Macri, Temer, Piñera, Santos, Cartes y Vizcarra los que decidieron apartarse de la Unasur por tiempo indefinido, en un hecho que tiene efectos prácticos, además de los políticos, porque mientras esta situación prevalezca los seis países dejarán de pagar al organismo las cuotas que les corresponden.

En esta crisis, los gobernantes centroizquierdistas de Ecuador, Lenín Moreno, y de Uruguay, Tabaré Vázquez, han llamado a la conciliación y buscan evitar el colapso del bloque.

Ecuador, país sede de la Unasur, y Uruguay apuestan a solucionar la crisis adoptando un sistema de votación para tomar decisiones, como el que propone Samper: de mayorías, no de consenso.

Un diplomático sudamericano consultado por este semanario en Bogotá señala que “el problema principal es que el sistema del consenso significa, en la práctica, que usted debe tener votaciones unánimes para dar cualquier paso, y esto ha sido aprovechado por Venezuela y Bolivia (los dos únicos países sudamericanos gobernados hoy por presidentes que reivindican el socialismo del siglo XXI) para obstaculizar todo”.

Esas dos naciones, dice la fuente consultada, “son las que han impedido, por razones ideológicas y de coyuntura política”, la elección de Bordón como secretario general.

La “coyuntura política” sería la grave crisis política, económica y social que enfrenta Venezuela, país al que se le acabó el músculo financiero –derivado de los altos precios del petróleo– que le dio protagonismo regional.

Venezuela realizará elecciones presidenciales el próximo domingo 20 en medio del mayoritario rechazo de la comunidad internacional a ese proceso, por considerar que no es democrático y que Nicolás Maduro se postula a la reelección con todo el aparato estatal a su favor.

En estas circunstancias, Venezuela busca impedir que la Unasur se sume al coro de voces y de foros multilaterales que cuestionan la legitimidad del régimen que encabeza Maduro, entre ellos la Organización de Estados Americanos, el Grupo de Lima y el Mercado Común del Sur (Mercosur), que el año pasado expulsó a ese país debido a una “ruptura del orden democrático”.

De acuerdo con Samper, la crisis en Venezuela “está haciendo difícil el manejo de Unasur” porque la mayoría de países del bloque considera inadmisible el silencio acrítico frente a lo que ocurre en esa nación, mientras que una minoría –encabezada por Bolivia– sostiene que se trata de un problema interno que no amerita ningún tipo de interferencia externa.

Una criatura brasileña

La fallecida excanciller mexicana Rosario Green solía decir que Brasil sólo tiene una política a la que le ha dado continuidad a través de su historia: la política exterior, cuyo proyecto estratégico ha sido el posicionamiento de la nación sudamericana como una potencia hegemónica en la región y con influencia global.

Esa visión fue la que condujo la década pasada a la creación de la Unasur.

Se trata de un esquema integracionista diseñado en el Palacio de Itamaraty, sede de la cancillería brasileña, que comenzó a implementar en el año 2000, cuando el entonces mandatario, Fernando Henrique Cardoso, convocó a la primera cumbre de presidentes de América del Sur en la historia.

En ese encuentro –al que acudió como “observador” Jorge Castañeda, entonces asesor de política exterior del presidente electo de México, Vicente Fox–, Cardoso y sus invitados destacaron “la conveniencia de adoptar enfoques específicos suramericanos” relacionados con “la contigüidad geográfica y la comunidad de valores (que) conducen a la necesidad de una agenda común”.

Además acordaron estimular “la profundización del diálogo sobre seguridad en América del Sur”, una antigua aspiración brasileña que buscaba hacer contrapeso a la influencia de Washington en los temas de seguridad de la región.

El canciller de Brasil, Luiz Felipe Lampreia, validó “el concepto geográfico de América del Sur porque es una isla cercada de océanos”.

Desde la narrativa brasileña, la integración latinoamericana se transformó en una integración sudamericana de la que quedaron diplomáticamente excluidos Centroamérica, el Caribe y México.

El 1 de enero de 2003, cuando Lula asumió como gobernante de Brasil, los presidentes de Cuba, Fidel Castro, y de Chile, Ricardo Lagos, estuvieron entre los invitados a la ceremonia.

Un diplomático chileno contó a este semanario que cuando Lula terminó su discurso, Fidel Castro le dijo al oído a Ricardo Lagos: “¿Te fijaste que no mencionó una sola vez a Latinoamérica? Sólo habló de Sudamérica”.

Una daga en el corazón

En diciembre de 2004, ya con Lula al mando de Brasil y con Hugo Chávez consolidado en el poder en Venezuela, nació en Cuzco, Perú, la Comunidad Sudamericana de Naciones, que cuatro años después se transformó en la Unión de Naciones Suramericanas, la actual Unasur, integrada por Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela.

El nuevo esquema defendía el regionalismo abierto, pero ubicaba a Sudamérica como el articulador y el punto de partida de la integración de América Latina y el Caribe.

“Podríamos decir que Brasil construyó la Unasur y la Unasur construyó a Sudamérica, pero hoy vemos cómo este espacio se está quebrando porque descansó en dos factores que ya no existen: los altos precios de las materias primas, que le dieron crecimiento a la región, y la sintonía ideológica de la mayor parte de los gobiernos”, dice el doctor en ciencias políticas, Víctor Mijares.

El investigador del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de los Andes señala que, en la última fase del gobierno de Cardoso y durante los dos gobiernos de Lula (2003-2011), Brasil apostó por una reconfiguración geopolítica de la región en la que no le servía el concepto de Latinoamérica, porque ese espacio incluía la competencia de México.

Por eso, indica el experto, Brasil “se fue con una definición mucho más geográfica, física, en donde Sudamérica prácticamente era considerada una isla, y Brasil la mitad de la isla, lo que le dio a ese país una primacía importante en el sistema sudamericano, que era lo que buscaba, una ventaja política”.

El problema, considera Mijares, es que “es muy difícil ver a Sudamérica como una sola unidad, porque tenemos países, como Colombia, Venezuela y los propios Surinam y Guyana, que tienen una proyección muy importante hacia el Caribe”.
Samper señala que cuando se creó ese organismo, hace una década, “México estaba jugando la política de mirar hacia Estados Unidos, mientras que Brasil apostó por mirar a los semejantes, empezando por sus vecinos del sur.

“Mas recientemente, cuando México se dio cuenta de que no podía poner todos los huevos en la canasta de los Estados Unidos, una preocupación que se volvió tragedia con la llegada de Donald Trump (a la Casa Blanca), volvió a mirar hacia el sur”, asegura el exsecretario general de la Unasur.

Para Samper, hoy, más que ayer, la región está en condiciones de avanzar en un proceso de integración a través de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, aunque este organismo debería tener una secretaría ejecutiva que le diera una mayor operatividad.

Mijares puntualiza que el debilitamiento de la Unasur puede fortalecer otros esquemas de integración, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América –de la que forman parte Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua– y la Alianza del Pacífico, formada por Colombia, Chile, México y Perú.

Agrega que la retirada de Brasil de la Unasur, aunque sea temporal, es “una daga en el corazón” de ese organismo.
Brasil, dice, ha pasado por etapas en las que intenta tener una proyección global a partir de su poderío y de la hegemonía que ejerce en la región, pero en periodos de crisis internas, como la que vive en esta coyuntura –con lento crecimiento económico y una clase política salpicada por escándalos de corrupción–, se retrae al escenario doméstico.

El especialista en derecho y política internacionales de la Universidad Central de Venezuela considera que, ante las “pocas posibilidades de recuperación” de la Unasur, es previsible el fortalecimiento del Mercosur y de la Alianza del Pacífico, sobre todo si estos dos esquemas de integración económica y comercial se asocian para ingresar a los mercados del sureste asiático.

Samper considera que sería “un despropósito” que la región quede sin un organismo como la Unasur, precisamente cuando se está viviendo “uno de los peores momentos por cuenta de la política más agresiva que ha habido por parte de los Estados Unidos hacia el hemisferio en las últimas décadas”.

El canciller de Bolivia, Fernando Huanacuni, está buscando una reunión de cancilleres de los países de la Unasur –incluso de los socios que anunciaron su retiro– para intentar solucionar la crisis.

Este reportaje se publicó el 13 de mayo de 2018 en la edición 2167 de la revista Proceso.

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