“La finta giardiniera”, de Mozart

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Si bien es cierto que poner en escena una ópera es caro económicamente hablando, también lo es el que, si se posee talento, imaginación y, aunque parezca una tontería, buena voluntad, pueden hacerse montajes que vayan desde dignos hasta estupendos con costos que no sean tan gravosos.

Buen ejemplo de esto lo acaba de proporcionar la Orquesta de Cámara de Bellas Artes (OCBA) que, aliada al Estudio de la Ópera de esa misma institución y, en un recinto no concebido para la ópera, El Teatro Julio Castillo, presentó la simpática obra de Wolfgang Amadeus Mozart, La finta giardiniera (La falsa jardinera), prácticamente desconocida en nuestro país ya que hacía la friolera de 72 años que no se presentaba aquí.

En una curiosa muestra que no llega a ser un montaje con toda la barba de escenografía, vestuario y demás parafernalia, pero que a su vez sobrepasa en mucho el concepto de “ópera-concierto”, el director de escena, Alfonso Cárcamo, consigue una representación que, muy bien concebida, resulta seguramente bastante más barata que una puesta en escena normal.

Apostando a la imaginación más que a la producción, Cárcamo, en primer lugar, utiliza a la propia orquesta y a su mismísimo titular, José Luis Castillo -que permanecen sobre el escenario porque este teatro no tiene foso para la orquesta- como parte del elenco actoral y escenográfico, así que, sin moverse de su asiento, la orquesta sirve como pared, por ejemplo, dividiendo los diferentes espacios de acción. Igualmente utiliza todo el espacio de butaquería para mover por toda la sala a sus personajes cantantes-actores.

Con esta disposición se ahorra de entrada toda la escenografía y, con ello, una buena parte del vestuario ya que, como no se trata de una escenificación normal, no tiene que ceñirse a la época y sí, en cambio, permitirse libertades que contribuyen al fresco y gracioso resultado, tal la aparición de un par de “robocops” que son dos de los atrilistas.

Los jóvenes estudiantes del Estudio de la Ópera entendieron bien la intención y el juego del director, y procediendo en consecuencia ponen lo mejor de su parte para crear a sus respectivos personajes, logrando algunos de ellos, la mayoría no, parte de su cometido.

Vocalmente se sintió también la novatez de los jóvenes Akemi Endo (soprano, La Falsa Jardinera, Marquesa Violante), Edgar Villalva (tenor, Conde Belfiore, quizás la mejor caracterización), Frida Portillo (mezzosoprano, Don Ramiro, papel travesti), Leonardo Sánchez (tenor, Don Anchise, Alcalde), Ariadne Montijo (soprano, Sobrina del alcalde), Rosario Aguilar (soprano, Serpetta, Sirvienta del alcalde), y Tomás Castellanos (barítono, criado de la Marquesa Violante, buena voz a la que habrá que ponerle atención en el futuro).

No obstante las discordancias, gracias al empeño manifiesto de los jóvenes educandos que dejaron volar su imaginación, y al talento de los dos directores, tanto el de escena como el musical -que guió por demás acertadamente la orquesta y a los cantantes-, así como a una pareja de balletistas que complementaron la escena, y al también joven Mitchel Casas -a quien se le concedió la responsabilidad de ejecutar el clavecín-, la presentación de esta ópera que no merece el desprecio de más de 70 años, mostró su frescura y encanto con una música espléndida que el Divino Mozart compuso, increíblemente, cuando tenía apenas 17 años de edad.

Estoy seguro que La finta giardiniera cumpliría una exitosa temporada si existiera la buena voluntad de parte de las autoridades de efectuarla.

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