“Algo en Fuenteovejuna”: El pueblo lastimado

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Algo pasó hace siglos en Fuenteovejuna. Y algo, muy cabrón, pasa en México hoy en día. Ante las narices de todos, aunque muchos prefieran no mirarlo.

Viva, vigente, cruel. Algo en Fuenteovejuna está escrita y dirigida por Fernando Bonilla, basada en el clásico de Lope de Vega de 1618.

La presentación en el programa de mano nos pone la piel chinita desde antes de la tercera llamada:

“Miles de muertos sobre nuestro lomo, periodistas incómodos silenciados a balazos, niños sicarios, feminicidios, levantones. La normalización del terror, la farsa costumbrista mexicana de las primeras dos décadas del siglo XXI.

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Y tantas veces que hemos gritado ¡Ya basta! ¡Estamos hasta la madre! ¡Ni una más! ¡Hay que contagiar la rabia! Para después, al difuminarse nuestra indignación, volver a hacer las filas en el banco, a celebrar la navidad, a pagar impuestos”

Y da el golpe final:

“Algo en Fuenteovejuna es “algo” del clásico del Siglo de Oro español que retumba en el México contemporáneo, pero también es “algo” que sucedió en un pueblo que podría llamarse o no Fuenteovejuna y que, desde la comodidad de nuestros mullidos asientos, ingenuamente deseamos que nunca nos alcance, como si no estuviéramos conectados por las mismas raíces y su desgracia no implicara, tarde o temprano, también nuestra propia agonía.”

Con un elenco extraordinario —Héctor Bonilla, Francia Castañeda, Carlos Corona, Ricardo Esquerra, Juan Carlos Medellín, Malcom Méndez, Patricia Ortíz y Valentina Sierra— que vive como en carne propia los horrores de la violencia en nuestro país.

Héctor Bonilla, dirigido por su hijo, interpreta una clara versión del luchador social José Manuel Mireles. Sabio, cauto, pero implacable; Carlos Corona es el comendador, jefe del cartel que tiene a todo el pueblo aterrado, y que hace, “por sus huevos”, lo que le da la gana; Patricia Ortiz nos desgarra el alma con su discurso, que engloba la terrible realidad de las mujeres mexicanas.

La fuerza se pierde a ratos, con intervenciones paralelas a forma de los antiguos entremeses que se mofan de los políticos. Puede que se haya planteado como un respiro —que sin duda resulta efectivo—, pero más vale contener la respiración de principio a fin. Que duela, para que sirva.

La escenografía da la oportunidad de crear y crear espacios. Todo se aprovecha: arriba, abajo, a los lados, detrás.

El montaje incorpora detalles que sólo podrían estar en México: un altar de Jesús enmarcado con lucecitas de colores, botellas vacías de cristal en el techo, incrustadas en varillas que salen de una casa a medio terminar, mesas y sillas metálicas. Un espacio que está ahí, como testigo mudo de tragedias inacabables.

Todo está cuidado de forma exhaustiva. No es casualidad que haya tantos créditos especializados (asesoría de verso, multimedia, zapatería, máscaras y joyería).

Hay que ver en el teatro lo que pasa en este país. Tal vez así, después, lo podamos ver en la realidad. Y tomar acción.

Aunque el teatro sí tiene vigencia, y a Algo en Fuenteovejuna le quedan pocas funciones. Jueves y viernes a las 20:00 horas, sábados a las 19:00 horas y domingos a las 18:00 horas, en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario (Insurgentes Sur 3000). Hasta el 27 de mayo.

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