Memorial a las víctimas de la violencia: un tufo a guerra, a despilfarro y lo peor… a olvido

Enclavado en uno de los extremos del bosque de Chapultepec, entre el Periférico y las bardas del Campo Militar Marte, el Memorial de las Víctimas de la Violencia –una serie de estelas de acero– fue construido por el Ejército con recursos destinados a las personas más pobres del país. A cinco años de su polémica inauguración, el Memorial –en el que el gobierno federal ha gastado 39 millones de pesos– quedó prácticamente en el abandono: en la indiferencia general se van borrando de esas lápidas verticales, derrotado el recuerdo, los nombres de víctimas de la violencia y de los desaparecidos…

Memorial a las víctimas de la violencia en Campo Marte. Foto: Alejandro Saldívar

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Las aspas de un helicóptero baten el cielo de Chapultepec. En el Campo Marte retumban los sonidos de la guerra: ran rataplán, ran rataplán. En los muros del memorial a las víctimas de la violencia zumban los tambores del traspatio militar. Es un eco lejano, pero que reverbera en las placas de acero, lápidas donde se inscriben los nombres de las víctimas de la violencia de Estado.

Un árbol torcido da la bienvenida: apunta hacía el Campo Marte, donde el expresidente Felipe Calderón encontró cobijo después de su toma de protesta en 2006. En algunas de las placas centrales algunos nombres de los desaparecidos ya no están y los masacrados apenas se adhieren a la estela.

Un árbol torcido en la entrada al memorial a las víctimas de la violencia. Foto: Alejandro Saldívar

La entrada al memorial a las víctimas de la violencia. Foto: Alejandro Saldívar

En el memorial, los muertos son huéspedes que habitan desgajados en un pedazo de plástico adherible. Los nombres de los desaparecidos están ajados por el abandono. Algunos apellidos cuelgan en mechones de plástico. Otros están cortados por la mitad. Alrededor de 500 nombres de víctimas están a punto de desaparecer.

Los nombres de las víctimas de la Guerra Sucia a un costado del Campo Marte. Foto: Alejandro Saldívar

Los nombres de las víctimas de la Guerra Sucia a un costado del Campo Marte. Foto: Alejandro Saldívar

Alfonso Guzmán Cervantes es uno de los nombres en donde comienza el abandono: Fue detenido y desaparecido el 27 de febrero de 1977 en Zapopan, Jalisco. La rajadura atraviesa también a Venustiano Guzmán Cruz, uno de los 561 desaparecidos durante la Guerra Sucia.

En otro de los muros, el nombre de Cinthya Sagredo está a punto de desaparecer. Ella fue asesinada en noviembre de 2008 mientras se dirigía al funeral de su hermana Ruth en Ciudad Juárez.

Debajo de Cinthya, el apellido de Sandra Ivonne Salas García aparece carcomido. Era la subprocuradora de Chihuahua, asesinada junto con su escolta en julio de 2010 en Ciudad Juárez.

Argelia Irene Salazar Crispín, de 24 años, mutilada, torturada y violada el 16 de abril de 1998 en Ciudad Juárez. Su nombre está cortado por la mitad.

Junto a un pedazo de plástico carcomido está el nombre de Patricia Saenz Cruz, de 35 años, asesinada por sicarios de La Línea, durante la gestión del exdirector de Seguridad Pública Municipal, Julián Leyzaola y ahora candidato a una diputación plurinominal de Morena en Tijuana. Después de su asesinato, Patricia fue acusada de formar parte de un cártel, según las declaraciones de su asesino.

Los nombres de las víctimas de feminicidio en Chihuahua. Foto: Alejandro Saldívar

Los nombres de las víctimas de feminicidio en Chihuahua. Foto: Alejandro Saldívar

Justo en medio de la estela se comienza a abrir el plástico. Ruiz Jiménez Nuri Gabriela, de 24 años, torturada, violada y asesinada en la carretera Parral-Chihuahua, cerca del poblado de Maturana. Ese día vestía una blusa de color negro y un short de mezclilla. Cuando hallaron su cuerpo, una sábana floreada cubría sus piernas. Nunca se localizó al homicida.

Las estelas son el sedimento de la quietud, cementerio de frases orientadas a la superación personal. “Convierte tu muro en un peldaño”, dice una de las frases de Rainer Maria Rilke, quien enmudeció por la guerra hasta el día de su muerte en 1923.

“Los mortales no conocen bien su propia mortalidad”, escribió Heidegger, uno de los contemporáneos de Rilke. Los peatones desplazan su indolencia en avenida Reforma, cruzan con pereza un velo de mosquitos, sortean a los coches en la cebra. Algunos arañan los muros con la mirada desde el segundo piso del Metrobús.

Memorial a las víctimas de la violencia en México, a un costado del Campo Marte, en Chapultepec. Foto: Alejandro Saldívar

Memorial a las víctimas de la violencia en México, a un costado del Campo Marte, en Chapultepec. Foto: Alejandro Saldívar

Debajo de esas estelas, la muerte se refugia en lo enigmático de una bolsa de basura. Montículos de tierra que evocan al panteón. Rejillas metálicas levantadas. Crípticas visiones del México narco que se confunden con el trabajo de jardinería por el que se han gastado 8 millones 639 mil 199 pesos en servicios de riego, fumigación y jardinería desde su inauguración hasta febrero de 2018.

En abril de 2013 Miguel Ángel Osorio Chong inauguró el Memorial ante la oposición de muchas familias víctimas de la violencia de Estado. La madre de Francisco Alvavera Trejo se colocó ante las cámaras que enfocaban al exsecretario de Gobernación. La imagen era nítida: seguía siendo un espacio del Estado, no público.

La madre de Francisco Alvavera Trejo en la inauguración del memorial. Foto: Octavio Gómez

La madre de Francisco Alvavera Trejo en la inauguración del memorial. Foto: Octavio Gómez

En ese entonces Javier Sicilia acusó al gobierno federal de querer dividir a las familias de las víctimas.

“Es una contradicción inaugurar un monumento en un acto administrativo, con estelas sin los nombres de las víctimas, en un campo dedicado al dios de la guerra, frente al monumento que Felipe Calderón mandó hacer para los soldados y policías muertos.”

El 5 de marzo de 2016 se colocaron los nombres de las víctimas del juvenicidio en la discoteca News Divine en la CDMX, la masacre en Villas de Salvarcar, en Ciudad Juárez, las víctimas del ataque al Casino Royale en Monterrey y la lista de 15 periodistas asesinados en el estado de Veracruz durante la gestión de Javier Duarte.

Si bien Províctima –ahora la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV)– heredó el memorial, la obra se erigió con base en un “convenio de colaboración del programa de rescate de espacios públicos”, celebrado entre las secretarías de la Defensa Nacional (Sedena) y de Desarrollo Social (Sedesol) el 30 de agosto de 2012.

Acta de recepción y entrega del memorial a las víctimas de la violencia by Revista Proceso on Scribd

Mediante ese convenio, la institución castrense “donó” el terreno –de 13 mil metros cuadrados– y supervisó la obra, mientras que la Sedesol aportó los fondos: entregó 31 millones 275 mil pesos a la Sedena para instalar las 64 placas de acero y remodelar el espacio. Esa cantidad equivale a un año del programa de pensión para 4 mil 672 adultos mayores.

Además de los 8 millones gastados en servicios de riego, la CEAV ha pagado 18 millones 588 mil 275 pesos a la empresa ISS Facility Services por servicios de jardineria, limpieza y fumigación para sus inmuebles entre 2014 y 2016.

El despacho de arquitectura Gaeta Springall fue encargado de crear el espectáculo arquitectónico. “Si entendemos la violencia como la destrucción, la construcción de setenta muros juega como el gran antídoto contra esta violencia. Estos setenta muros metálicos que emergen entre los árboles accionan un juego dual entre naturaleza y arquitectura: bosque de árboles y bosque de muros”, se lee en su sitio web.

Julio Gaeta, Luby Springall y Ricardo López, encargados del proyecto ven en el memorial “una forma inacabada que fusiona materialidades”. Violencia materializada en el espacio entre un árbol y un monolito de acero, un reducto de muros grafiteados.

En el acero hay una gama de dolores: El siena de la tierra o el blanco lechoso de la lluvia. Colores minerales de quien entiende la memoria como un monolito en un predio compartido con el espectáculo y la violencia de Estado: el Auditorio Nacional, el Centro Cultural del Bosque y el Casino Militar.

Silencio ante los tamborazos del Ejército, las balatas de los autobuses, el cuchicheo de los peatones, los cláxones ahogados. De los muros brotan constelaciones de pisadas, “I’m not gonna kill you, I’m just gonna hurt you, really, really, bad”, dice con aerosol azul en uno de los muros, frase enunciada por El Guasón, el archienemigo de Batman, mientras tortura a una mujer.

En otros muros hay espejos que protegen a quien mira del vacío, de la desaparición, el asesinato, la persecución. El reflejo está empañado, sucio de los escapes que bufan en la esquina de Anatole France y avenida Reforma. La imagen que devuelve el espejo no es clara. Podrías ser tú el siguiente cuerpo, pero la borradura impedirá reconocerte.

Hay una galaxia atrapada en otro muro, una anemona solitaria navega hacia un cráneo. En una de las estelas una mujer de cabello naranja contempla la silueta de un hombre que sostiene un globo. El memorial es también un jardín amoroso: en las estelas se inscriben las iniciales de quien se ama por primera vez.

El color de los muros del memorial. Fotos: Alejandro Saldívar

El color de los muros del memorial. Fotos: Alejandro Saldívar

Francisco Morales, de 62 años, camina sobre la rejilla del centro del memorial. Un piso propio de una bodega con desaparecidos. La lámina se pandea sobre sus pies: braaam. “De día se ve un espejo de agua y mucha gente viene para tomar sesiones fotográficas, bodas, quince años”. Al atardecer, los zanates rozan los espejos de agua.

“Hay indiferencia, la gente no tiene conocimiento de que existe este memorial”, dice con el ojo pragmático de un vigilante. Hace un año que Francisco vigila el predio del memorial. Hace dos trabajaba en el panteón civil de Iztapalapa. “En San Nicolás hay difuntos, aquí hay digamos recuerdos”, cuenta.

El espejo de agua del memorial. Foto: Alejandro Saldívar

El espejo de agua del memorial. Foto: Alejandro Saldívar

Para Francisco, el misterio del sufrimiento permanece velado. El memorial no es un sitio sagrado, ni un templo, ni un espacio público. “Aquí se ocupa para sesiones fotográficas, bodas, quince años, fotos del paseo, viene mucho extranjero. La gente pasa y no toma en cuenta nada de lo que existe, como no hay lápidas y sólo hay remembranzas de algunos autores, pues pasan”.

Mientras anochece, el peso de los muros cambia la posición de su cuerpo: los hombros caídos, la cabeza inclinada hacia el pasto que se vuelve fosforescente. “Una vez pintaron ‘Aquí estuvo Francisco Villa y sus matones’ (sic), y les dije, pero no pasó nada”.

Todos esos muertos con los que convive a diario le han modificado su percepción de la violencia: “Todos tenemos la violencia desde niños. Hay violencia psicológica y moral. Violencia hay de todo tipo. Este es un lugar donde la gente debería venir a recordar, para que no se sea violento. (sic)”

Memorial a las víctimas de la violencia en Campo Marte. Foto: Alejandro Saldívar

Memorial a las víctimas de la violencia en Campo Marte. Foto: Alejandro Saldívar

Francisco es el único morador de esa sección del bosque. Se resguarda en una bodega de plástico donde come y dormita. A veces hace turnos acompañado, pero la mayor parte del tiempo contempla los árboles y vigila el bosque.

El vigilante mantiene una negación del horror, camina con la voluntad de quien no reconoce una tumba. “La impunidad comienza con el olvido de los agravios”, es una máxima de los integrantes del Comité 68, cuyos nombres también pueden borrarse.

Francisco arroja luz sobre un indigente que camina en Periférico. El haz de luz se suspende en el abismo que hay entre los árboles y los muros. Un animal se mueve dentro de uno de los arbustos en Campo Marte. Las luminarias con las que fue estrenado hace cinco años ya no funcionan. La luz amarilla fue sustituida por el negro y la lámpara de Francisco.

Memorial a las víctimas de la violencia en México, a un costado del Campo Marte, en Chapultepec. Foto: Alejandro Saldívar

Memorial a las víctimas de la violencia en México, a un costado del Campo Marte, en Chapultepec. Foto: Alejandro Saldívar

La noche extiende sus tinieblas sobre las estelas, se camuflan con la oscuridad del bosque, se ocultan ante la mirada, como los nombres que poco a poco desaparecen. En Periférico, doce soldados en un camión militar esperan que se desahogue el tránsito. La punta de sus fusiles tiembla con el crepitar del motor.

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