Pérez Prado: repercusiones de un centenario

El rico mambo de Dámaso Pérez Prado le cantó a la UNAM, al Poli, a la Normal de Maestros y al mercado de la Merced; pero su inventor era un ilustre desconocido en la Cuba revolucionaria, hasta que el gobierno de Matanzas colocó una placa en su casa natal junto con dos más, enviadas desde México, para recién conmemorar los cien años del inmortal Rey del mambo. El autor de este artículo entregado a Proceso ha publicado varios libros, entre ellos XEW. 70 años en el aire (Clío, 2000) y las Canciones de Agustín Lara (Océano, 2008). Desde 2011 es coordinador del Catálogo de la Música Popular Mexicana en la Fonoteca Nacional, donde el 1 de junio inaugura una gran exposición. 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hay pocas fechas claras en la vida de Dámaso Pérez Prado. Las de sus primeros arreglos musicales, de la época en que comenzó a imaginar el mambo, de sus primeras grabaciones, y especialmente, la de su nacimiento. Ésa él la hizo fantasmal.

“No, chico, ahora no recuerdo”.

Hasta que Ulises Rodríguez Febles, dramaturgo matancero, encontró su huidiza acta de nacimiento. 11 de diciembre de 1917 es la fecha definitiva. Ya se le puede poner un alfiler en ese cruce del tiempo, para fijar su circunstancia. Y ya se le puede festejar en forma. Matanzas, la ciudad cubana de los muchos puentes, fue el lugar en donde nacieron el danzón y el danzonete, la tierra de la Sonora Matancera y de la rumbera Amalia Aguilar. Pero no tenía muy claro que de ahí era Pérez Prado. Él mismo no tenía mucho interés en su ciudad, la había abandonado muy joven y como que cultivó cierto rencor contra su país de origen.

Convocados por Ulises Rodríguez, fuimos a Matanzas el día de su centenario: Iván Restrepo (mambólogo número uno de México), Leopoldo Gaytán (por muchos años, director de Investigaciones Fílmicas de la Cineteca Nacional), la poeta Nelly Keoseyán, el DJ Yaxkin Restrepo y yo. Matanzas se asombró porque el mambo no ha sido parte de la cultura de la isla. Cuando hablamos de mambo, hablamos de música cubana creada en México, de música cubana pero orquestada según los modelos de las orquestas del jazz. Y música cubana pero tocada por músicos mexicanos, porque Pérez Prado sólo conservó en su orquesta un par de compatriotas suyos.

El mambo le cantó a la UNAM, al Poli, a la Normal de Maestros, al mercado de la Merced, a la calle de Tacuba, a María Victoria, a Tongolele, a las Lupitas… y, naturalmente, a los chafiretes: “Yo soy el icuirucui, el macalacachimba, el ruletero, el chafirete”. Pensaba que esta última palabra era un neologismo del mambo, pero no: Mariano Azuela la usó en su novela La luciérnaga, de 1932. “Chafirete” es un diminutivo afectuoso de “chofer”, tal vez un chofer chafa. Es decir, un mexicanismo en un mambo.

Pérez Prado le hizo arreglos a composiciones de María Grever, Felipe Valdés Leal, Memo Salamanca, Consuelo Velázquez, Agustín Lara, Alberto Domínguez, Pablo Beltrán Ruiz, Luis Demetrio y Tomás Méndez, entre muchos otros; cantaron con él Fernando Fernández, María Luisa y Avelina Landín, Eva Garza, Tony Camargo, María Victoria, El Negrito Chevalier (el primer cantante gay de música tropical) y Las Tres Conchitas.

Se sabe poco, pero existe también una versión en mambo de “Décima muerte” de Xavier Villaurrutia y un arreglo del Preludio op. 3 no. 2 en do sostenido menor para piano de Serguéi Rajmáninov, que Pérez Prado tocó en el Teatro de la Ciudad en 1978 y que restauró la Fonoteca Nacional (ambas piezas conservadas por Iván Restrepo). Al Rey del mambo lo admiraron Fernando Benítez y Manuel Buendía (hay foto que lo atestigua), Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis y Gabriel García Márquez.

Si había relación con Cuba en tiempos de Batista, dejó de existir cuando llegó la Revolución, pues Fidel Castro consideró la gran música cubana de mediados de siglo como la música decadente de tiempos de la dictadura (sin embargo, el bolero se salvó de la condena). Habrían de pasar muchos años antes de que Cuba se diera cuenta de ese error. Pero entonces, Pérez Prado ya había muerto. Y ahora, el gobierno de Matanzas puso una placa en la casa donde nació, junto con otras dos: una que envió la Sociedad de Autores y Compositores de la Música (SACM) y otra que pagaron sus amigos mexicanos: Amalia Aguilar, María Victoria, Yolanda Móntez Tongolele e Iván Restrepo. La gente de Mantanzas fue, un poco extrañada, a la develación y a las conferencias. Finalmente, emocionada al ver las películas, la orquesta de Prado y su extraordinario sonido. Ulises Rodríguez estrenó su obra de teatro en homenaje al Rey del Mambo (Yo soy el rey del mambo), con elenco mexicano y músicos cubanos (ahora se encuentra en México presentándola en varios teatros).

En Matanzas estuvo Sergio Santana Archbold, que presentó su biografía Pérez Prado. ¡Qué rico el mambo! (Medellín, Ediciones Santo Bassilón, 2017), la cual resuelve varios enigmas del músico cubano (sólo no me gustó que el autor no quisiera regalar un ejemplar a los parientes de Pérez Prado durante el homenaje en Matanzas). La frase que debió de decir Ígor Stravinsky: “Una explosión musical, sólo digna de un genio como Pérez Prado”, aunque no sepamos en qué contexto lo dijo ni el año. Lo que parece cierto es que, durante uno de sus viajes a México, Stravinsky pudo saludar al creador del mambo. Su trascendencia en el mundo es indiscutible: Federico Fellini incluyó “Patricia” en su cinta La dolce vita (1960), Leonard Bernstein escribió un mambo para la cinta West Side Story (1961) y Prado con su orquesta visitaron Japón en una gira eufórica y fue escuchado por el emperador Hiroito.

Pero, en rigor, la época del mambo va de 1950 a 1953: los años de su estancia en México. Porque Pérez Prado fue obligado a dejar nuestro país  en este último año. Es mentira, desafortunadamente, que quisiera hacer en  arreglo de mambo el Himno Nacional, y es mentira que haya sido expulsado por esa razón. Lo que ocurrió fue que Prado era el más exigente de los directores de orquesta; pero era el que mejores salarios pagaba, por lo que los demás directores de orquesta, junto con el empresario que se creía dueño de su vida, Félix Cervantes, buscaron la manera de sacarlo de México. El 3 de octubre de 1953 fue expulsado por Gobernación, cuando terminaba de grabar dos melodías para la película Cantando nace el amor, y unos días después de haber grabado su arreglo de “La engañadora”, de Enrique Jorrín. Ese exilio duraría once años, hasta que el presidente López Mateos, de manera personal se comprometió a revisar el caso, luego de que, en una comida, se lo pidiera su amiga María Victoria. Pérez Prado volvió al Teatro Blanquita (antes Margo, lugar donde se consagró ante el exigente público el 8 de abril de 1950), al cine, a los conciertos.

Pero lo cierto es que el “mambo”, estrictamente, es un momento en la vida de Pérez Prado. Siempre estuvo experimentando, creó ritmos nuevos como el suby, el pau pau y la culeta, aunque debe decirse que mambos sólo hay dos tipos: el mambo kaén, que es el lento, y el mambo batiri, que es el rápido.

Pronto, muy pronto, el libro de Sergio Santana se publicará en México gracias a que Iván Restrepo logró el apoyo de la Fonoteca Nacional, el Centro Cultural Tijuana (Cecut) y de las editoriales Palabra de Clío y Caja de Cerillos.

Desde sus discos, el mambo gime, tartamudea, declara onomatopeyas, causa calambres y grita. ¿Pero qué grita ese chaparrito cara de foca? Sí, era un enigma. Pero él lo develó hace muchos años: “¡Dilo!”, y es una llamada a que un instrumento solista diga lo suyo y suspenda por unos momentos el tiempo cotidiano.

Este texto se publicó el 27 de mayo de 2018 en la edición 2169 de la revista Proceso.

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