De orificios, tímpanos y cócleas

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En nuestro texto anterior hablamos sobre el papel del oído en el desarrollo humano, no obstante, faltó que abundáramos en el prodigioso funcionamiento de ese órgano o sentido que, transformando ondas sonoras en impulsos eléctricos, constituye el milagro de escuchar. Asimismo, asentamos que ese descomunal milagro lo damos por sentado y que no defendemos su fragilidad con la enjundia que merece (léase, entre otros agentes contaminantes, que convivimos con ruidos ubicuos sin caer en la cuenta de los terribles daños ‒muchos de ellos irreversibles‒ que nos causan).

Valga entonces el necesario abundamiento junto a la consigna de crear mayor conciencia en los significados de saber cómo y para qué escuchar con atención. Para empezar aclaremos la diferencia entre oír y escuchar, ya que a menudo se confunden, a pesar de ser absolutamente disímiles. Oír es la manera pasiva e ininterrumpida de percibir cualquier onda sonora, en cambio, el acto de escuchar requiere de una participación de la voluntad para lograr discernir qué es lo que penetra en nuestro interior en forma de sonidos, mal o bien ordenados. Dicho esto, no nos sobra describir el complejísimo trayecto que efectúan las señales acústicas antes de que el cerebro pueda descodificarlas y entenderlas, asignándoles un sentido, amén de que tampoco nos estorba repetir que, gracias al oído, se logran las proezas de poder mantenernos verticales y en equilibrio, de poder desarrollar el lenguaje ‒y con ello el pensamiento‒, de adquirir una perfecta coordinación muscular, de contar con un infalible sistema de alerta y de poder proyectar una formidable energía neuronal para nutrir nuestros cerebros en la realización de muchas de sus principales funciones.

En última instancia, merced al oído nos convertimos en esos seres profundamente sociales que establecen vínculos con los otros y consigo mismos, sobre todo en el plano de las emociones y los afectos. En otras palabras, por haber escuchado bien desde el útero materno se favoreció nuestra maduración física, aprendimos a comunicarnos y obtuvimos un inconmensurable desarrollo emocional, de ahí que hayamos estimulado a nuestro ser en su totalidad. El desarrollo fisiológico y psicológico de nuestra Escucha, recalcamos, produjo la manera única de Ser y Estar que nos diferencia de los demás aunque, paradójicamente, nos une con ellos.

Por convención y como resultado de su extrema complejidad, el sistema auditivo, se ha divido en tres secciones: la del oído externo, la del oído medio y la del oído interno. Cada una es responsable de un funcionamiento de alta especificidad a través del cual la conversión de una señal acústica proveniente de la vibración de las moléculas del aire acaba convertida en un impulso nervioso que la corteza cerebral procesa y asimila. Como bien sabemos, el oído externo está formado por el pabellón auricular u oreja, el cual dirige, mediante su ultra sofisticado diseño, las ondas sonoras hacia el conducto auditivo externo a través del orificio auditivo (es ahí donde se produce la cerilla cuyo cometido es coadyuvar en la protección general del oído). El final del conducto auditivo se encuentra cubierto por la asombrosa membrana timpánica, también conocida como tímpano, la cual establece el umbral con el oído medio. La función del oído externo es, en síntesis, la de recolectar las ondas sonoras encauzándolas con sus debidos filtros hacia el oído medio. De igual modo, el conducto auditivo tiene otros dos propósitos adicionales: proteger las delicadas estructuras del oído medio contra daños y minimizar la distancia del oído interno al cerebro, reduciendo el tiempo de propagación de los impulsos nerviosos.

Al traspasar el tímpano y llegar al oído medio, las ondas sonoras se encierran en una cavidad llena de aire, donde moran los tres huesos más pequeños del cuerpo ‒los famosos martillo, yunque y estribo‒, que van unidos entre sí de un modo delicadamente articulado. Cabe decir, para aquilatar a fondo la fragilidad de esta cadena ósea, que la longitud promedio del estribo es apenas de 2.5 mm. Un extremo del martillo se adhiere al tímpano, mientras que la base del estribo se une por medio de un anillo flexible a las paredes de la ventana oval, orificio que instaura la vía de entrada del sonido al oído interno. Como dato ulterior, la cavidad del oído medio se comunica con el exterior del cuerpo a través de la mirífica trompa de Eustaquio, un conducto tubular que llega hasta las vías respiratorias y que permite igualar la presión del aire a ambos lados del tímpano.

Tenemos que apuntar que los cambios de presión en la pared externa de la membrana timpánica, derivados de las señales sonoras, hacen que vibre siguiendo las oscilaciones de dichas señales, pero lo más fascinante del asunto es que el sistema de palancas que forman los tres micro huesos conectan las vibraciones aéreas al ambiente líquido que reina en el oído interno. Este es un verdadero portento que se magnifica, especialmente, cuando el oído está expuesto a sonidos de gran intensidad, ya que el tímpano, sus músculos tensores y el estribo se contraen de forma automática, modificando la característica de transferencia del oído medio y disminuyendo la cantidad de energía que recibe el oído interno. Este admirable fenómeno se denomina reflejo timpánico o auditivo y su propósito, repetimos, es proteger a las sensibles células receptoras del oído interno frente a sobrecargas que puedan destruirlas (hay que advertir que las células del oído interno no se reparan ni se regeneran).

Cuando la conversión mecánica de las ondas sonoras recala en el oído interno, asiento de la verdadera alquimia auditiva, se topa con la cóclea o caracol, otro prodigio de órgano que está lleno con dos fluidos de distinta composición. Al interior se divide en sentido longitudinal, tanto por la membrana basilar como por la membrana de Reissner, mismas que forman tres escalas ‒para ahondar en lo musical‒ o compartimentos. La escala vestibular y la escala timpánica contienen al fluido llamado perilinfa, y se interconectan por la helicotrema, una pequeña abertura situada en el vértice del caracol. En cuanto a la otra escala, la media, está aislada de las otras dos escalas, y está llena de endolinfa. La base milimétrica del estribo, a través de la ventana oval se conecta con el fluido de la escala vestibular, mientras que la escala timpánica desemboca en la cavidad del oído medio a través de otra abertura ‒ventana redonda‒ que está sellada por una membrana flexible. Sobre la membrana basilar y en el interior de la escala media se halla el órgano de Corti, que es el milagro viviente que actúa, ni más ni menos, como receptor último de la audición. Este se extiende desde el vértice hasta la base de la cóclea y contiene las células ciliares que operan, finalmente, como transductores de señales sonoras a impulsos nerviosos. Son ellas las responsables de la magia orgánica que aviene cuando discernimos las infinitas particularidades y características del sonido, desde las frecuencias hasta la variación infinita de timbres. Dependiendo de su ubicación, pueden distinguirse dos tipos de células ciliares: las internas y las externas. Existen alrededor de 3500 células ciliares internas y unas 20000 células externas que, como ya dijimos, al perecer nos van privando de la capacidad auditiva que nos humaniza.

La descripción del fascinante proceso auditivo, deliberadamente anatómica, no implica otra cosa más que captar su importancia para, de ahí, saber que todas las señales acústicas de volumen excesivo ‒inclúyanse las “músicas” ruidosas‒ nos dañan y que no contamos con filtros suficientes para defendernos. No es casual que la sordera se haya vuelto consustancial a la vida “civilizada” y que cada día haya más jóvenes con la merma auditiva propia de la vejez. La palabra, la música y el silencio entran en nuestro cuerpo por el oído, que es sede de la comprensión, de la escucha de uno mismo, de los otros y de la realidad en sus insondables facetas. El aparato auditivo es lugar de apertura y de encuentro con la Existencia ‒así en mayúscula‒ y con la verdad del Ser. La escucha de calidad, no está por demás subrayarlo, posibilita ser lo que somos, sin miedo a la crítica y al juicio. Resumiendo, saber escuchar nos libra de la indiferencia y del fanatismo que encarcela y paraliza; nos libra, igualmente, de la sordera cómplice, mal endémico de esas sociedades nuestras tan afectas a la hipocresía, la simulación, el fraude y el engaño… (sobre todo, en los tiempos electorales que estamos padeciendo)

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