El pensamiento de los candidatos sobre política exterior (II)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No se trata de un tema prioritario. Como era de esperarse de una clase política que ha sido indiferente a la progresiva vulnerabilidad del país a los factores externos, el pensamiento sobre política exterior no está muy elaborado. El segundo debate entre los candidatos a la Presidencia estaba dedicado, en principio, a México y el mundo. Pero no fue así; contrariamente a la propaganda del Instituto Nacional Electoral, el debate tuvo otra orientación. Los temas seleccionados estaban claramente acotados al entorno inmediato. Oscilaban entre política interna y política exterior. Enunciados de manera muy general, no proporcionaron un punto de partida útil para puntos de vista y propuestas significativas. Comercio exterior; seguridad fronteriza y combate a la delincuencia, y derechos de los migrantes, fueron tratados de una manera errática que poco contribuyó a esclarecer los problemas que se tienen por delante.

Por sólo dar un ejemplo, comercio exterior no se refiere solamente a acuerdos comerciales. Se trata también de cómo implementar dichos acuerdos y qué resultados se obtienen. Lo segundo es lo más importante porque conduce a una reflexión sobre un tema que ha quedado fuera de los debates: la política económica. La evaluación de lo ocurrido desde hace 25 años, cuando el país ingresó a la etapa de exportación de manufacturas con todas sus consecuencias de modernización, subordinación a Estados Unidos, desigualdades regionales y competitividad apoyada en bajos salarios, es un asunto crucial sobre el que se debe reflexionar en momento de redefinición del desarrollo económico del país. Desafortunadamente, no se piensa en ello durante debates que, según hemos podido ver, son útiles para medir la agilidad mental necesaria para golpear al adversario; nada más.

El momento en que ocurrió el debate (20 de mayo) fue particularmente propicio para que el asunto dominante fuera la relación con Donald Trump. De una parte, éste ha elevado los insultos a los mexicanos a niveles que muchos consideran inaceptables. De otra parte, las negociaciones para la “modernización” del TLCAN, que él ha propiciado, han llegado a un punto muerto del que se saldrá, al parecer, en el momento que las necesidades de su política interna lo lleven a cambiar de opinión. En el aire ha quedado la pregunta sobre la utilidad de la conciliación en la que ha puesto tanto empeño el actual secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray.

Durante el debate se dibujaron dos posiciones contrapuestas sobre cómo debe de enfrentar, quien resulte el triunfador de la elección, al impredecible presidente de los Estados Unidos. Desde el punto de vista de Ricardo Anaya, la mejor estrategia es colocar sobre la mesa los acuerdos de diversa índole –económicos y de seguridad– que México mantiene con Estados Unidos, formal e implícitamente. Se puede entonces optar por una política de enfrentamiento más duro que, ante situaciones intolerables como los insultos, decidiría por acciones más agresivas, como llamar a consultas a nuestro embajador en Washington e informar que se suspenden los programas de cooperación en materia de seguridad más significativos destinados a impedir que a través de la frontera mexicana entren terroristas a los Estados Unidos.

Semejante estrategia, que sin duda puede despertar el nacionalismo defensivo frente a Estados Unidos que muchos mexicanos albergan, tiene altos riesgos. La vulnerabilidad de México frente a Estados Unidos en materia de aprovisionamiento de energéticos, ante la imposición repentina de altos aranceles a nuestras exportaciones (cuántas veces se ha recordado que 80% de nuestras exportaciones van a Estados Unidos) o de seguridad interna es muy alta. ¿Hasta dónde es posible contener la delincuencia trasnacional en territorio mexicano sin la inteligencia que proveen las agencias estadunidenses de seguridad trabajando en nuestro país? 

No es extraño, pues, que la posición del candidato Andrés Manuel López Obrador, contrario a lo que piensan sus principales detractores, haya contrastado por su extrema cautela. Desde su punto de vista, la estrategia sería otra: elevar la autoridad moral del gobierno mexicano a dialogar con Estados Unidos, eliminando la marca de corrupción con que hoy se le percibe y optar por una propuesta de cooperación entre los dos países para el desarrollo. Ahora bien, es muy poco probable que lo segundo tenga éxito. Un breve recorrido sobre la historia de la política exterior de Estados Unidos confirma que aquel país privilegia la cooperación en materia de seguridad y no de alianzas para el desarrollo. La ventaja de la opción de AMLO es sólo evitar enfrentamientos duros inútiles dentro de la relación tan asimétrica que hoy presentan las relaciones México-Estados Unidos.

El segundo aspecto interesante que surgió en el debate fue el de la política hacia la migración procedente de Centroamérica. En franco contraste con lo que en realidad ocurre, los candidatos coincidieron en hacer llamados para el respeto de sus derechos humanos. Poco se dijo sobre el grado en que ese problema ha tomado nuevas dimensiones a partir de 2014, cuando la crisis de los niños migrantes llevó a una etapa nueva de cooperación con los Estados Unidos para detener y deportar migrantes centroamericanos. Poco se dijo sobre los problemas de seguridad interna para México que representa el ingreso sin adecuada regulación de migrantes centroamericanos. Tocó al candidato José Antonio Meade recordar, acertadamente, que no se debe ignorar la diversidad de grupos que entran por la frontera sur, ligados algunos al crimen trasnacional.

El segundo debate pasará a la historia más por la agudeza o no de los ataques personales que tuvieron lugar que por la significación de los planteamientos hechos. Fue un triste recordatorio de lo limitado del pensamiento de los líderes políticos sobre la naturaleza de las relaciones exteriores de Mexico y los peligros que las acechan.

Este análisis se publicó el 3 de junio de 2018 en la edición 2170 de la revista Proceso.

Comentarios