“Daría mi vida por encontrar a mi familia”: sobreviviente del Volcán de Fuego

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Al menos 110 muertos se han contabilizado desde la erupción del Volcán de Fuego, en Guatemala, el pasado domingo 3, y se cree que cerca de 200 personas quedaron enterradas bajo los escombros en la aldea de fértiles laderas en las zonas más bajas del coloso que se eleva entre las regiones de Sacatepéquez, Escuintla y Chimaltenango.

“Daría mi vida por encontrar a mi familia”, dijo José Ascon, un joven que discutió con la policía cuando detuvo temporalmente los esfuerzos de rescate después de más flujos de la erupción.

Ahí, donde alguna vez hubo vida, hoy hay calor, polvo y un persistente olor a azufre, porque el Volcán de Fuego, situado 50 kilómetros al oeste de la capital guatemalteca, tiene una abundante desgasificación.

Según el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh), cada hora se registran entre seis y nueve explosiones entre débiles y moderadas, que expulsan ceniza hasta los 4.700 metros sobre el nivel del mar, que se desplaza a 10 kilómetros al oeste del cono volcánico.

Aquel nefasto día no hubo tiempo para comer. Los almuerzos familiares del domingo se interrumpieron, la comida quedó sobre la mesa. Los niños abandonaron los juguetes y la ropa todavía colgaba en los patios traseros. Los animales murieron petrificados.

De acuerdo con un despacho informativo de la agencia Reuters, las autoridades guatemaltecas reaccionaron lentamente ante las señales de la inminente erupción, contribuyendo a uno de los desastres naturales más trágicos en la historia reciente de Guatemala.

El Volcán de Fuego retumbó temprano ese domingo. Hacia el mediodía estaba arrojando cenizas en columnas humeantes a varios kilómetros de altura que luego cayeron, cubriendo una amplia franja del país centroamericano.

Pese a los ruidos de la montaña y las primeras lluvias de cenizas, muchos aldeanos hicieron una apuesta fatal y se quedaron quietos, pensando que la suerte que los había protegido durante décadas resistiría una vez más.

Por la tarde las cosas empeoraron. Toneladas de ceniza y gases tóxicos cayeron por los flancos del Volcán de Fuego. Estos “flujos piroclásticos” alcanzan velocidades mucho más rápidas, más letales que la lava, arrastrando árboles y rocas gigantes hacia las aldeas en su camino.

Para cuando la mayoría de las familias en las aldeas más afectadas de El Rodeo y San Miguel de Los Lotes supo lo que estaba pasando, solo tenía tiempo de huir, si eso era posible.

“Mi familia estaba almorzando, incluso quedaron los platos de comida. Ya no siguieron comiendo y salieron huyendo. No llevaron nada solo su ropa que llevaban puesta”, dijo Pedro Gómez, un soldador de 45 años.

Ahora, el otrora exuberante y verde paisaje está cubierto de gruesas capas de ceniza volcánica sepia, dando al lugar la extraña sensación de un barco fantasma.

Rescatistas que buscaban víctimas caminaron por los techos de las casas como si fueran sus pisos, cavando en edificaciones en las que solo han encontrado cadáveres de los que se quedaron atrás. Solo unos pocos perros, pollos, conejos y gatos sobrevivieron.

Cuando la ardiente materia volcánica se precipitó sobre ellos, algunos escaparon a pie, otros en automóvil.

“Yo saqué el pick-up (camioneta) y sacamos a un montón de vecinos en él cuando vimos el humo”, relató Alejandro Velásquez, un agricultor de 46 años.

Otros, con menos tiempo, corrieron entre los arbustos y saltaron las alambradas de púas y vallas de madera para llegar a la carretera principal del pueblo de Escuintla, cerca de Los Lotes.

Muchos perdieron de 10 a 50 familiares cada uno, descendientes de generaciones entrelazadas de familias pequeñas que se establecieron en Los Lotes hace más de 40 años. Se niegan a perder la esperanza de encontrar parientes, o al menos, sus restos.

“Toda mi familia está perdida”, recalcó José Ascon.

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