“En la ruina de los náufragos”, para sonreír y recordar

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El presente y el pasado se mezclan para recordar. ¿Qué recordamos?, ¿cómo lo recordamos?, ¿qué nos da o qué nos quita?, ¿a quiénes recordamos? 

En la ruina de los náufragos es una obra que hace una investigación sobre el acto de traer a la memoria; de cómo nuestro pasado se vuelve presente a través del recuerdo, de cómo conviven dos tiempos en un mismo instante, en un mismo espacio y cómo el vehículo para que suceda es el que ejecuta el acto de rememorar. Algo parecido a lo que sucede con las reflexiones surgidas respecto a la muerte y nuestras raíces: ¿dónde está nuestro pasado?, ¿dónde nuestros seres queridos?, ¿dónde nuestro México lastimado?

Daniela Bustamante, Dulce Mariel y Jorge Rojas son los actores que recuerdan, y Francisco de León y Bruno Ruiz construyeron con sus historias una parte de la obra. No son actores interpretando un personaje. Son ellos mismos hablándonos de su pasado, de sus historias familiares cercanas o lejanas. Junto a estos microcosmos, los autores colocan el pasado histórico, los sucesos que influyeron en los personajes que rememoran. Se hacen presentes los acontecimientos sangrientos del movimiento del 68, o el terremoto del 85 que prendió a tantos colaboradores o la devaluación del peso; o los sueños de Salvador Allende y las utopías vencidas.

El espacio escénico, diseñado e iluminado por María María, está lleno de objetos antiguos; desde una cámara fotográfica con rollo hasta un tocadiscos de acetatos; zapatos, bolsas, marcos de cuadros, y muchas fotos. Parece una tienda de antigüedades en la que, después, los espectadores pueden chacharear. El ambiente nostálgico de este espacio tan poderoso contagia a la obra, y al mismo tiempo la contrasta con la vitalidad de los actores. Sus historias son desiguales; a veces son triviales y aburridas; y otras, enternecedoras, emotivas e ilustrativas de los usos y costumbres de las familias en el pasado.

En la ruina de los náufragos es una obra con muchos recursos escénicos que, desde la sencillez, se multiplican y hacen que la propuesta sea rica tanto visual como emotivamente. Interactúan con el público y nos hacen pasar al teatro como si fuera a su casa. Nos ofrecen mezcal y nos platican cálidamente de su familia a partir de dos fotos. No nos las muestran, sólo las describen y nosotros las imaginamos o las vemos al finalizar la obra. Cuentan un recuerdo mientras sostienen un fósforo encendido y sacan de por allí unos zapatos que forman parte de la historia de un personaje o cortan vidrios cuando hablan de aquella tienda familiar.

Es de llamar la atención la frescura de la propuesta y el hallazgo dramatúrgico de combinar en el teatro, que todo lo vuelve tiempo presente, dos realidades: Jóvenes de hoy recordando a los que les antecedieron; jóvenes recordando sus raíces, la familia de la que provienen o con la que estuvieron de pequeños.

Bruno Ruiz, el director, hace que los actores fluyan en el espacio naturalmente. La obra tiene ritmo y se integra fácilmente el transcurrir en el escenario y la participación eventual del público.

La propuesta escénica se ha presentado en distintos foros: Casa Actum, Sala Marlowe y, el año pasado, en la Muestra Nacional de Teatro. Ahora está dando funciones en el Foro A Poco No los martes y los miércoles. 

En la ruina de los náufragos es emotiva y original, arriesgada y rica en propuestas. Es una obra que nos hace sonreír y también recordar. Una obra de calidad, que el colectivo Teatro desde la Grieta nos ofrece. 

Esta reseña se publicó el 3 de junio de 2018 en la edición 2170 de la revista Proceso.

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