“¡En el Día del Padre le dimos en su madre!”, claman en el Ángel

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- “¡En el Día del Padre le dimos en su madre!”, aúllan a todo pulmón cientos de almas que visten de verde. No caben de júbilo. Regalazo para los papás mexicanos, sus hijos y nietos que cambiaron los festejos familiares por los futboleros. La cita: el Ángel de la Independencia, la figura alada que encarna los éxitos del balompié azteca.

Domingo 17 de junio. Ciudad de México. Medio día. No hay un sólo mexicano que no sepa del 1-0 histórico que la Selección Nacional le encajó a Alemania, al actual campeón del mundo que se topó con la legión de mexicanos en Europa y un golazo de “El Chucky” Lozano inolvidable. Motivo suficiente para abarrotar Reforma y las calles aledañas.

“¿En dónde están, en dónde estáááán, los alemanes que nos iban a ganar…?”. Un triunfo mundialista pretexto ideal para reciclar cánticos. Las tiendas de conveniencia con las puertas cerradas, atienden por las ventanas. Cerveza al por mayor, en cartones, en six o en ochos. Hombres y mujeres se encaminan hacia la glorieta donde nunca se había festejado nada más importante.

En los tiempos de las redes sociales, donde las mascotas pasean en carriola y lucen prendas de vestir, los amigos de cuatro patas deambulan portando la verde. Todos, Smartphone en mano, se detienen a retratar a los amigos peludos y a soltar un cursi ¡Aaaay! de ternura. Y ni cómo, hay que documentar que uno estuvo en el Ángel. Todo en pos de los likes. De hacer un video viral. En una mano la chela, en la otra una extensión llamada teléfono móvil.

En los tiempos de las bicicletas y patines son el medio de transporte para sumarse al festejo. Un dron con una bandera tricolor amarrada revolotea sobre los alegres fanáticos que cerveza en mano brincan, caminan, forman trenecitos que le dan la vuelta a la glorieta. “¡Puto el que se pare…!”.

En la vendimia, Copas de la FIFA de cerámica laqueadas de color dorado se levantan por todo lo alto. El resurgir de los Aguigol de peluche, las camisetas verdes pirata que se venden casi al precio de las Adidas originales. “¡Que traigan 30 putas, que traigan 30 putas!”, el grito zafio que disculpa a los seleccionados de la fiesta del 2 de junio que por poco le cuesta el matrimonio a Héctor Herrera.

La vía pública. Permiso para pistear. Los elementos de seguridad pública vigilan a los felices aficionados. Aprovechan para echarse unos raspados de piña hasta que tres escalan un semáforo para desde la punta ondear una bandera. “Ese güey se siente Juan Escutia”, vocifera uno. Las carcajadas de los amigos, hasta de quienes ni lo conocen.

Si gana México ganamos todos. Vendimia incluida. Los tequilas en jarrito del triciclo amarillo con sombrilla azul; las de las papas a la francesa que se instalan con dos costales repletos y una estufa ambulante, pelucas de rizos de azabache para que uno se sienta Memo Ochoa; las infaltables latas de espuma; la fruta picada, los sombreros, los globos. “¡Corea ya sabe, le toca la de Zague!”, se animan adelantando un nuevo triunfo ahora ante los asiáticos el sábado 23.

Nunca antes, ni como seleccionado nacional Luis Roberto Alves inspiró tanto. Fue el más invocado. De ese tamaño la hazaña del Tricolor.

Vuvuzelas sudafricanas renacen. Se hacen sonar. Uno pasado de chelas con el torso desnudo termina el strip -tease en las escalinatas del Ángel. La policía empieza a perder la paciencia. A la distancia, se asoma una cabellera pelirroja.

Un crío de no más de ocho meses, de mameluco blanco a rayas verdes, y pelos alborotados. “Es el hijo del Chucky”, grita la jovencita que lo lleva en brazos. Y la multitud la rodea para fotografiarse con el pequeño. Se lo pasan entre los brazos. El nene con cara de espanto no sabe qué le hacen esos locos que huelen a alcohol. ¡Ni Anaya, ni El Peje, El Chucky presidente…!”.

Los gritos de la multitud hacen voltear. Un güero de ojos claros de traje oscuro y corbata verde brillante es el nuevo aclamado. “Piojo, Piojo, Piojo”. Lo bañan de chela, le rocían la espuma, lo abrazan como si fuera el auténtico Miguel Herrera. Le suplican un festejo. De las entrañas le sale un sincero “¡A huevo, cabrones. Ganamos!” y la personificación de las celebraciones del entrenador mexicano seguro este domingo deseó ser colombiano y llevar Osorio por apellido.

Transcurre el tiempo. El sol se oculta tras las nubes grises que anuncian la lluvia. Los cantos cada vez se entienden menos. El alcohol deforma las voces, empieza doblar las piernas y pandea a casi todos. Le calienta la sangre a otros, se tiran algunos golpes. La policía, ahora sí sin paciencia, interviene. Intercambio de ganchos y volados. Las riñas que siempre opacan los festejos. Se cargan a algunos. Valdrá la pena. Aún con resaca y en un juzgado cívico, los tres puntos estarán ahí. El primer lugar del grupo F, el sueño de llegar al quinto partido y en una semana regresar al Ángel ebrios por la emoción.

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