Elecciones en Turquía: el desgaste de Erdogan alienta a la oposición

DIYARBAKIR, Turquía (apro).- El taxi de Senol acelera por las anchas avenidas que llevan a los barrios nuevos de la ciudad de Diyarbakir, bajo cuyas farolas cuelgan cientos de retratos del presidente turco Recep Tayyip Erdogan.

Uno, dos, tres, cuatro… semáforos en rojo se salta el conductor. Acaban de llamarle para un servicio después del que realiza para este periodista y le han entrado las prisas. No está la cosa como para rechazar trabajos: “A principios de año me gastaba mil liras mensuales en gasolina (215 dólares estadunidenses), ahora, por culpa de la inflación y la depreciación de la lira, gasto mil 800. Eso son 800 liras que pago de mi bolsillo a un Estado del que lo único que recibimos nosotros los kurdos es represión”, se queja.

Diyarbakir, una de las principales ciudades de los kurdos, la mayor minoría étnica del país, vive con calma tensa la recta final de las elecciones turcas que se celebrarán este domingo 24. Decenas de blindados patrullan sus calles para evitar que los militantes armados del grupo kurdo PKK perpetren ataques. Y sus habitantes viven la campaña electoral con una rabia contenida.

“Si te para la policía, no puedes quejarte, porque pueden pegarte un tiro sin mediar palabra y justificarlo en la ley del estado de emergencia”, se queja el taxista, quien como muchos de sus vecinos transformará esta rabia en un voto contra el gobierno. Aun así, no son muchas las posibilidades de que el presidente vaya a ser derrotado.

“Tiene a la policía de su parte, tiene al Ejército de su parte, a la Justicia de su parte y a la prensa también. Hará lo que sea para no perder. Y, si hace falta, amañará las elecciones”, afirma.

Erdogan ha convertido a su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, islamista) en una máquina electoral imbatible. Gracias a una base de unos 9 millones de militantes (más de 11 % de la población del país) y a la utilización de ingentes recursos públicos, ha vencido sin mayores problemas en los 12 procesos electorales –locales, legislativos, presidenciales y referendos– que se han celebrado desde que su formación islamista accedió al poder en 2002.

El carisma y la gran habilidad táctica del líder turco son algunas de las razones de su éxito. Nunca deja nada al azar si de lo que se trata es de escalar posiciones y derrotar a sus rivales en una carrera en la que se siente –sinceramente– encarnación de una “misión” histórica: es el elegido para liderar Turquía y convertirla en una potencia mundial.

Sus maniobras políticas, que desde fuera se ven con extrañeza, han estado siempre destinadas al objetivo de mantenerse en el poder. Siempre ha sabido leer el zeitgeist de cada época: ser liberal cuando estaba de moda y populista cuando tocaba.

Así, de la mano de la intelligentsia progresista del país dio pasos hacia la integración en la Unión Europea durante los 2000, y gracias a ello Bruselas le dio crédito y sostén durante casi una década. Por eso se alió con la oscura cofradía del clérigo Fethullah Gülen y le ayudó a infiltrarse en la Administración del Estado a fin de acabar con la vieja burocracia laica y con el antaño poderoso Ejército, y cuando la cofradía terminó su labor se volvió contra ella y la declaró un movimiento terrorista (miles de sus integrantes, antaño situados en importantes puestos del funcionariado, están hoy en prisión). Por eso forjó un pacto tácito con los kurdos y les prometió un proceso de paz y derechos culturales, pero cuando rentabilizó su apoyo, los envió a la cárcel y asumió un pacto con la ultraderecha nacionalista turca.

“Erdogan utiliza a sus aliados como un pañuelo de papel. Los usa, abusa de ellos y luego los desecha”, sostiene el periodista turco Yavuz Baydar, hoy exiliado en Europa.

La factura de esta estrategia maniobrera –que igualmente se ha reproducido a nivel internacional, ayer con Estados Unidos, hoy con Rusia– ha sido la polarización de la sociedad a unos niveles no vistos desde la década de los setenta, la particular década de plomo turca. Media Turquía ama a Erdogan, incondicionalmente; media Turquía le odia, con todas sus fuerzas.

Esa polarización se ha acentuado desde el intento de golpe de Estado de julio de 2016, que culminó con más de 250 muertos, y que fue aprovechado por Erdogan para imponer un draconiano estado de emergencia con base en el cual puede gobernar por decreto pasando por encima del Parlamento, lo que le ha servido para iniciar una purga sin precedentes que ha llevado a cerca de 60 mil personas a prisión, a expulsar a más de 100 mil empleados públicos, a prohibir más de mil 500 asociaciones y a cerrar decenas de medios de comunicación.

Todo esto le ha servido para que Erdogan amase en sus manos más poder que ninguno de sus predecesores, algo que quiere ratificar ahora con el cambio de sistema hacia un régimen presidencialista que entrará en vigor tras las elecciones del 24 de junio.

Y, sin embargo, el afán de control no le ha traído más descanso. Todo lo contrario. Paradójicamente, cuanto más poder ha acumulado, más se han acentuado sus manías persecutorias. Especialmente desde que en 2013 un golpe de Estado precedido de grandes manifestaciones de la oposición acabó con el gobierno de su amigo y aliado Mohamed Morsi en Egipto, ante el aprobatorio silencio de la Unión Europea y Estados Unidos.

Desde entonces, cualquier conato de protesta o crítica –incluso dentro de su propio partido– es visto por los círculos gubernamentales turcos como una confabulación de los “enemigos internos” aliados con los “enemigos externos” para derrocar al presidente.

En la mente de Erdogan todos los grupos terroristas que operan en el país están dirigidos por las capitales occidentales, y no hay mitin electoral en que no acuse a sus adversarios de ser marionetas de los “intereses extranjeros” o extensiones “de organizaciones terroristas”.

“Signos de fatiga”

Pero tras más de tres lustros al frente del país, el gobierno de Erdogan ha comenzado a dar ciertos “signos de fatiga”, cosa que incluso el propio presidente ha reconocido, obligando por ejemplo a dimitir a seis alcaldes de grandes ciudades –incluidas Estambul y la capitalina Ankara–, a quienes acusó de no saber mantener el apoyo de los votantes.

Para recabar votos en el granero más nacionalista ha tejido una alianza con el Partido de Acción Nacionalista (MHP), de extrema derecha.

Pero esta nueva alianza le ha obligado a adelantar las elecciones y convocarlas para el 24 de junio, casi un año y medio antes de la fecha prevista.

El MHP estaba sufriendo un proceso de descomposición debido a una escisión interna y quería acudir a las urnas antes de que los daños se convirtiesen en irreversibles. La idea de convocar unas elecciones prácticamente de forma inmediata –sólo se dio de plazo los 60 días que marca la ley– fue tratar de tomar a la oposición con el pie cambiado, pero algunos dentro del gobierno reconocen que fue un error. Un asesor del presidente reconoció ante este periodista que “será difícil” mantener la mayoría parlamentaria de la que goza el AKP, aunque se mostró confiado de ganar las presidenciales “en segunda ronda”.

Erdogan, de hecho, podría haber caído en la trampa tendida por él mismo. Hasta ahora, con el sistema parlamentario, le bastaba una mayoría simple para llegar al gobierno, mientras que, a partir de estos comicios, con el régimen presidencial, necesita más del 50 por ciento de los votos. Y el referéndum de reforma constitucional del año pasado, vencido por un estrecho margen y entre denuncias de fraude, mostró que los votantes turcos están divididos prácticamente a partes iguales respecto de la continuidad de Erdogan. La sociedad está exhausta por el creciente autoritarismo, la propaganda continua –la presencia del presidente en las televisiones– y por las aventuras militares de su país en Siria e Irak, que han llevado a Turquía a acoger a más de 3.5 millones de refugiados.

Esta situación ha dado alas a la hasta ahora amuermada oposición. De cara a las elecciones parlamentarias ha pactado una coalición que podría dificultar la consecución de una mayoría islamista en el hemiciclo. Además, los partidos opositores han llegado a un acuerdo por el que, si hay una segunda vuelta en las presidenciales, todos apoyarán al candidato que se enfrente a Erdogan. El programa común de la oposición es simple: “regreso al sistema parlamentario”, “separación de poderes”, “recuperación de la democracia” y “enderezar la economía”.

Las encuestas indican que el apoyo a Erdogan está entre el 45 por ciento y el 50 por ciento, lo que impediría su elección en primera ronda, aunque su principal competidor, el socialdemócrata Muharrem Ince, se halla a mucha distancia: entre el 24 por ciento y el 28 por ciento.

En cuanto a las parlamentarias, los estudios demoscópicos indican que la alianza Pueblo, formada por islamistas y ultraderecha y que apoya a Erdogan, cuenta con entre el 47 por ciento y el 51 por ciento del apoyo, frente a un 40 por ciento de los votos que obtendría la alianza opositora Nación, formada por la centroizquierda y la derecha.

También obtendría representación en la asamblea el Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP), izquierdista y prokurdo, con entre el 10 por ciento y el 12 por ciento de los votos.

El talón de Aquiles

Además de enfrentarse a la oposición, Erdogan ha elegido otro rival de mayores dimensiones, un rival al que quizás no pueda vencer: los mercados financieros.

Una de las razones más importantes de la permanencia de Erdogan en el poder, amén de su habilidad política, han sido los buenos resultados económicos. Durante su etapa de gobierno, el PIB turco se ha multiplicado por 4.5 y la renta per cápita ha pasado de 3 mil dólares a más de 10 mil. La clase media turca se ha expandido, se han construido hospitales y facilitado el acceso a los servicios de salud; ha mejorado la infraestructura, y las empresas turcas han conquistado los mercados de las regiones vecinas.

Los inversionistas internacionales valoraban la estabilidad que representaba Erdogan respecto de las inestables coaliciones que habían gobernado Turquía en décadas anteriores, y el dinero fluía con creces hacia el país.

Pero el aura de paraíso de los negocios en Oriente Medio se está evaporando. La economía turca, que ha optado por la expansión inmobiliaria y la construcción en lugar de otros sectores más productivos, se ha visto sometida en los últimos años a fuertes presiones: la subida de tipos de interés en Estados Unidos ha provocado, como en otros mercados emergentes, la huida de millones de dólares, lo que ha depreciado la moneda nacional.

Y se ha debilitado aún más por la negativa del presidente a tomar medidas y a mantenerse sobre sus heterodoxas teorías económicas. Para Erdogan, son los altos intereses lo que provoca la alta inflación, mientras que el resto del mundo económico sostiene lo contrario: subir los tipos de interés fomenta el ahorro y contiene el consumo, reduciendo los precios.

No contento con repetir sus teorías entre sus seguidores, el presidente turco voló a Londres en mayo pasado para reunirse con inversionistas de la City, con el objetivo de garantizar su apoyo. La reunión no pudo salir peor: Erdogan insistió en sus teorías y afirmó que, de ganar las elecciones, reforzaría su control sobre el Banco Central, hasta ahora teóricamente independiente. Así que los financieros salieron espantados. “¿Por qué demonios viene a Londres y nos da este mensaje a los inversionistas institucionales, justo lo que no queríamos oír?”, se preguntaba uno de ellos en declaraciones a la agencia Reuters.

En los últimos dos años la lira turca ha perdido más de la mitad de su valor respecto al dólar estadunidense y al euro, provocando que muchos productos importados –empezando por el petróleo– se encarezcan. Y pese a que la economía turca creció el año pasado a una ratio superior a 7 por ciento, el común de los ciudadanos no nota ninguna mejoría. Por el contrario, como el taxista Senol, ve cómo la debilidad de la lira y la inflación (de 12 por ciento en precios al consumo y cercana a 20 por ciento para los productores) se come toda eventual ganancia.

Por el momento, el gobierno ha tratado de que el negativo sentimiento económico no afecte sus perspectivas electorales tratando de ligar la caída de la lira a conspiraciones internacionales.

“Sabemos que van a intentar hacer muchas cosas para que perdamos las elecciones. Ahora vemos cómo juegan con el dólar para tratar de dañar a nuestros ciudadanos y hacerle pagar la factura al gobierno. Pero no lo conseguirán, la economía turca es una economía poderosa con la ayuda de Dios”, dijo el viceprimer ministro y portavoz del Ejecutivo Bekir Bozdag.

Gracias al control que ejerce el AKP sobre los medios de comunicación (cuando llegó al poder, el 90 por ciento del espectro audiovisual y la prensa eran contrarios a los islamistas; hoy tan sólo el 10 por ciento es crítico) ha podido extender esta teoría de la conspiración y, según diversas encuestas, entre 45 por ciento y 60 por ciento de los electores se la cree.

“Erdogan promete que, tras las elecciones, habrá más democracia y estabilizará la economía, porque sabe que es lo que exige la gente”, sostiene el periodista Özcan Tikit, del diario Habertürk. Pero la oposición le recrimina que se comporte como si no estuviese al mando del país: si hay problemas democráticos o económicos es precisamente por los más de 15 años que Erdogan acumula al frente del gobierno.

El propio presidente turco sabe que la economía puede ser su talón de Aquiles; él mismo llegó al poder gracias a una crisis económica, en 2001, que borró del Parlamento a la clase política anterior. Esa es precisamente la esperanza de la oposición: que tal como vino Erdogan, se vaya.

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