“El cine de autor”, de Raúl Busteros

Escena de la película Redondo del cineasta mexicano Raúl Busteros. Foto: Especial Escena de la película Redondo del cineasta mexicano Raúl Busteros. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Creador de RedondoTres historias de amorOtaola o la república del exilio y “cineasta de ninguna generación”, Raúl Busteros (D. F., 953) publica su obra literaria El cine de autor (UNAM, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial. Colección Miradas en la oscuridad, 313 páginas), tomo donde únicamente nos ofrece las siguientes palabras a manera de presentación:

“A quién ha de importarle el cine de autor, ni lo que diga o haga persona alguna; si no importan las personas mismas, pensaba con claridad, cómo ha de importar su cine, y completamente solo y abandonado por todos me asomé al balcón de la nada y no había nada. Apoyado en su hermoso barandal se me abrió la puerta de la memoria y pude presenciar el maravilloso espectáculo de mis recuerdos… llevado por el deseo de volver a ver, aunque fuera por un momento, a mis seres queridos aunque el tiempo siguiera pasando.

“Al andar por mis calles, mirando los aparadores, sentado en las bancas de los templos, en las frescas cantinas, el sol iba dando calor a los días que ya se habían ido… y como por fortuna sé escribir y no me vi obligado a filmar, escribí estas líneas. Quizá se me reproche, con razón, no haber guardado silencio, pero quien ha vivido en la forma en que lo hice yo, por qué no ha de contar lo sucedido a los cuatro vientos con el mismo beneplácito de cualquier otra bonita historia.”

Entretenido libro de Raúl Busteros, narración que puede leerse cual diario a partir del justo principio o abrirse en cualquier página y quien lo ojee, se hallará atrapado como dentro de una peculiar película en primera persona del singular, donde van surgiendo anécdotas reales del cine, actores, locutores, celebridades de la prensa nacional e históricas, mujeres de la pantalla grande, directores, aventuras, ensayos, retratos, diálogos, pasillos universitarios y reflexiones imposibles de silenciar.

Por todo ello, presentamos un fragmento tomado al azar de El cine de autor para deleite de nuestros lectores, respetando el formato que le otorgó  Raúl Busteros (RB) sobre una vida de novela en imágenes, contada cronológicamente.

“La reina de las ciencias sociales”

En la barra de una cantina y con las manos llenas de güisquis, como bien lo escribe Julio Scherer, el Conejo Figaredo ya le había dicho a mi padre que los medios estaban llenos de borrachos desobligados, ladrones y malvivientes, y absolutamente todos los demás le dijeron que el mundo giraba alrededor de la economía, que su estudio era indispensable para la totalidad de las disciplinas y que la estructura determinaba la superestructura.

Mi padre, que estaba familiarizado con este concepto, me dijo que lo mejor que yo podía hacer era estudiar  economía y me llevó con un amigo suyo, socialista, que había realizado todas las maestrías y todos los doctorados que había podido y para él la economía estaba, además, encima de todo y era para él.

DOCTOR DE DOCTORES

La reina de las ciencias sociales.

Y luego, el multidoctor me dispensó unas palmaditas displicentes y algún tipo de elogio sobre las bellas artes sin quitarles su lugar, que desde luego era el último. Tanto la revolución como el imperio se regían por la economía y, bien visto, cada uno de nuestros actos, todo, todo, todo era mera economía y lo que usted está pensando también.

Los más viejos, mi particular consejo de ancianos, estaban de acuerdo, incluso los que no sabían nada de economía afirmaban sin reserva que yo tenía que ser economista para hacer la revolución, para ser un cuadro formado para la vanguardia del proletariado, un actor del método marxista en la democracia burguesa o incluso para hacer dinero.

Era el aire de los tiempos y sin él no se movía una hoja, así que ingresé fatalmente a la Escuela Nacional de Economía, crucé su tétrico umbral llevando en la mente las palabras de Dante:

“Quien cruce esta puerta pierda toda esperanza”, que están escritas en la puerta del infierno. Las paredes del interior, grises, sucias, mandaban mensajes tristes impregnados de miedo y de locura.

RB OFF

Ya me llevó la chingada.

El aire era una fría tenaza que te oprimía el alma hasta que la misma respiración te parecía un estorbo. Letreros, consignas, pintas y jóvenes callados, conspirativos, amenazantes y asustados. COMITÉ DE LUCHA, decía una manta en el balcón interior y unos ojos te miraban. Los muertos, los muertos de ayer, los muertos de hoy, los muertos por venir. Te pasaban lista. Te hacían una invitación, MANIFESTACIÓN EL JUEVES.

 MUERTOS

¿Estás dispuesto a morir?

RB OFF

Pues sí.

Ahí, Octavio Paz era un pendejo, un nombre que no se debía decir en voz alta, los maestros andaban con un librito de marxismo de la editorial Progreso, de Moscú, en las manos o con publicaciones insufribles de autores mal parecidos.

Sólo dos chicas usaban minifalda y una también traía un librito. Repetíamos mentalmente letanías terribles y dolorosas consignas. La alegría se iba llorando por los rincones, se ponía seria, la alegría, la pinche alegría no se podía reír; la derrota tenía su ritual y su imperio.

Así, en estos pensamientos del materialismo histórico y dialéctico, me enteré de que me habían nombrado miembro del Comité de Lucha y mi manera de conocer a otros chicos y socializar fue la de asistir a una junta semiclandestina con los troskos, a otra con los del partido; también me nombraron parte del Consejo Nacional de Huelga; ahí dije mis primeras palabritas públicas y…

RB

Libertad presos políticos,

libertad al compañero Pablo Gómez.

Luego me pidieron mi voto de representante de primer año a favor de que fuéramos a que nos rompieran la madre no me acuerdo a dónde.

RB

Tengo que consultar a la base.

La frase que se me ocurrió fue como si la creación, en forma de rayo divino, se hubiera manifestado en mi interior. Me sentía hecho al óleo dirigiéndome al Congreso Constituyente del 57 pero…

JOEL

  Tú vota que sí

y ya no hay pedo.

Pensé entonces en seguir la carrera de dictador de la dictadura del proletariado y sacar partido de lo mejor que tiene el estalinismo, que es el ejercicio de la plena autoridad, el poder absoluto sobre todo lo que se mueva, pero no eran mis genes.

El arte, mi joya más preciada, perdía su brillo en un corazón que guardaba luto, lo único aceptable era la propaganda al servicio del proletariado. El glamour de ese mundo se reducía a un desfile doctrinario de tendencias políticas, por la pasarela de un galerón abandonado que era la entrada de la escuela. Ahí se formaba a los costados el grupo de espectadores y por el centro pasaban los modelos. Los troskistas, por ejemplo.

ESTUDIANTE

Mira, ahí va Bulmaro.

Y Bulmaro desfilaba con una marcha libertaria de fondo. Joven, alto, robusto, el pelo negro lacio, largo, cayendo sobre los hombros de saco ferrocarrilero de mezclilla. Moreno, pero dejando ver coqueto una lucecita de sensibilidad… para el arte y el amor, poetón de hombre.

Luego venían los maoístas con su toing, toing, toing. Enigmáticos desde su simpleza, achinaditos. El Partido Comunista entraba en sus hermosos caballos blancos, un grupo de cosacos con la hoz y el martillo como bandera y un lema:

“La estructura determina la superestructura”, escrito en un banderín. El pelotón de cosacos dando en sus educados caballos dos pasitos para adelante y uno para atrás, fantaseaba con una alegría que creía perdida cuando mi formación me volvió a requerir. Los anarquistas no íbamos a los desfiles.

Yo estaba escondido debajo de un catre en un cuarto de azotea en un edificio de cuatro pisos, de golpe se abrió la puerta y yo bajé cuatro escaleras y llegué hasta los sótanos de Tlaxcoaque y oí las rejas cerrarse a mis espaldas. Una voz repetía nombres en un pasillo. Mi padre había muerto y mi madre me daba una fea cuchillada fría y cobarde a la mala. Mi nombre sonó en una garganta autoritaria y al fondo del pasillo vi un grupo de señores de traje y corbata.

RAÚL OFF

Deben ser los padres de mis

compañeros que los vienen a buscar.

Cuando me acerqué, los señores de traje y corbata insultaban con odio, casi sin sentido escupían, más que decían, las palabras más gruesas. Así vi por primera vez a los delincuentes vestir de traje y corbata y hablar de la ley.

interior. Me sentía hecho al óleo dirigiéndome al Congreso Constituyente del 57 pero…

JOEL

Tú vota que sí

y ya no hay pedo.

Pensé entonces en seguir la carrera de dictador de la dictadura del proletariado y sacar partido de lo mejor que tiene el estalinismo, que es el ejercicio de la plena autoridad, el poder absoluto sobre todo lo que se mueva, pero no eran mis genes.

El arte, mi joya más preciada, perdía su brillo en un corazón que guardaba luto, lo único aceptable era la propaganda al servicio del proletariado. El glamour de ese mundo se reducía a un desfile doctrinario de tendencias políticas, por la pasarela de un galerón abandonado que era la entrada de la escuela. Ahí se formaba a los costados el grupo de espectadores y por el centro pasaban los modelos. Los troskistas, por ejemplo.

ESTUDIANTE

Mira, ahí va Bulmaro.

Y Bulmaro desfilaba con una marcha libertaria de fondo. Joven, alto, robusto, el pelo negro lacio, largo, cayendo sobre los hombros de saco ferrocarrilero de mezclilla. Moreno, pero dejando ver coqueto una lucecita de sensibilidad… para el arte y el amor, poetón de hombre.

Luego venían los maoístas con su toing, toing, toing. Enigmáticos desde su simpleza, achinaditos. El Partido Comunista entraba en sus hermosos caballos blancos, un grupo de cosacos con la hoz y el martillo como bandera y un lema:

“La estructura determina la superestructura”, escrito en un banderín. El pelotón de cosacos dando en sus educados caballos dos pasitos para adelante y uno para atrás, fantaseaba con una alegría que creía perdida cuando mi formación me volvió a requerir. Los anarquistas no íbamos a los desfiles.

Yo estaba escondido debajo de un catre en un cuarto de azotea en un edificio de cuatro pisos, de golpe se abrió la puerta y yo bajé cuatro escaleras y llegué hasta los sótanos de Tlaxcoaque y oí las rejas cerrarse a mis espaldas. Una voz repetía nombres en un pasillo. Mi padre había muerto y mi madre me daba una fea cuchillada fría y cobarde a la mala. Mi nombre sonó en una garganta autoritaria y al fondo del pasillo vi un grupo de señores de traje y corbata.

RAÚL OFF

Deben ser los padres de mis

compañeros que los vienen a buscar.

Cuando me acerqué, los señores de traje y corbata insultaban con odio, casi sin sentido escupían, más que decían, las palabras más gruesas. Así vi por primera vez a los delincuentes vestir de traje y corbata y hablar de la ley.

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