“El último ciclista”, en el foro La Gruta

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Karl Svenk escribe El último ciclista en una situación extraordinaria y sus objetivos son claros: hacer teatro dentro de un campo de concentración y parodiar la aterradora circunstancia en la que se encuentran los cautivos.

La única obra de Svenk que se salvó fue El último ciclista, gracias a que una de las actrices que participó en la representación la recreó cuando fue liberada. Ahora, Isaac Slomianski la traduce y la adapta para que sea representada por la compañía Weros Teatro.

Ya en 2012, Slomianski la había llevado a escena con una adaptación que incluía la recreación de la obra, junto con la situación de los presos en el campo de concentración. En la propuesta que ahora se está representando en el foro La Gruta, la obra se centra únicamente en la historia que Svenk escribe, aunque se incluye una voz en off innecesaria que nos ubica en la realidad. Slomianski consigue una obra compacta y con gran velocidad anecdótica. 

La puesta en escena es lúdica y visualmente atractiva. La creatividad del grupo en la conformación de los personajes, el desarrollo de la trama en el escenario y las resoluciones escénicas son de gran ingenio. El trabajo de la Compañía, la dirección de Natalia Goded, como su opera prima, y la dirección­ en técnica de máscara de Julieta Ortiz, nos hacen reír de una tragedia a partir de una parodia espeluznante sobre el nazismo.

Karl Svenk, con una historia simple, crea una analogía en la que los nazis son unos locos que se escapan del manicomio, comandados por la Gran Mama, quien ha decidido que todos los ciclistas deben ser exterminados. Los lunáticos, entonces, se abocan a esa tarea sin saber bien a bien por qué lo hacen; parecen enfermos mentales que andan como zombis o como seres movidos por los hilos de una mujer y de Rata, su compinche. El último ciclista que queda por mandar a la Isla del Horror –que significa la muerte– es perseguido por estos lunáticos pasando por un sin fin de aventuras. 

La técnica de máscaras es el mejor recurso que esta compañía encontró para recrear a los personajes. Máscaras de ojos desorbitados y cabello con tiras de papel enredadas son acompañados por una excelente gestualidad corporal y una fuerza actoral fársica; ella nos hace reír de estos locos con tics nerviosos, con reiteración de actitudes y formas incoherentes de comportarse. Mariana Villaseñor, Omar Esquinca, José Ponce, Víctor Rico y la misma directora, Natalia Goded, hacen 15 personajes diferentes y cada uno de ellos es construido con un gran refinamiento y dedicación para que queden claramente diferenciados.

La dirección de Natalia Goded permite que sean ágiles y bien logrados el tránsito escénico, los cambios intempestivos de espacio y el juego de realidades.

La escenografía de Diana Pacheco se basa en el concepto de las cajas Kamishibai japonesas y se pliega y repliega según las necesidades de la trama. Los paneles de la escenografía están construidos con retazos, unificados con un color, y para el vestuario, también diseñado por Pacheco, combina la estética de los retazos con vestidos que se despliegan ingeniosamente, como el de la Gran Mama.

El último ciclista es una puesta en escena muy bien lograda con una historia vertiginosa que, a través del humor negro y la farsa, nos muestra una realidad vivida en el pasado, con muchas semejanzas con el presente. 

Esta reseña se publicó el 8 de julio de 2018 en la edición 2175 de la revista Proceso.

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