Bielorrusia: dictadura y pragmatismo bajo la sombra de Moscú

MINSK, Bielorrusia (apro).- Para los turistas que pasean por las tranquilas calles de esta ciudad, la dictadura más visible no es la del actual presidente Alexander Lukashenko –en el poder desde hace casi 25 años-, sino la de la antigua Unión Soviética; visible en los negros obeliscos, estatuas propagandísticas y grandes edificios con la hoz y el martillo que pueblan la capital de Bielorrusia.

Pero quedarse con esta imagen sería impreciso: el actual régimen bielorruso –a diferencia de los tiempos de la URSS– ha conseguido mantener cierta independencia política respecto de Moscú, presentándose como un posible socio estable para la Unión Europea (UE). Y todo ello sin reducir su represión hacia disidentes y fuerzas opositoras, además de mantener una economía controlada mayoritariamente por el Estado.

Todo esto ha sido posible bajo el mandato autoritario y pragmático de Lukashenko, quien llegó al poder en 1994 mediante las primeras elecciones libres del país, en un momento crítico después de la caída de la Unión Soviética en el que la economía sufría y reinaba la inestabilidad.

Lukashenko ganó esas elecciones con un discurso populista que prometía volver a una economía estatal de protección social, y reinstaurar el orden y los lazos con Rusia de los tiempos soviéticos, además de recuperar los símbolos de la era bolchevique. Desde ese momento, empezó a recortar las libertades y a establecer una dictadura personalista, que se mantiene hasta el día de hoy.

“La represión oscila según la actividad pública de las fuerzas democráticas. En este momento, el régimen está sintiendo un descontento popular en auge, y por eso aplasta hasta las protestas más nimias. Por ejemplo, la actual lucha contra la construcción de un restaurante en un lugar de fusilamiento de víctimas del estalinismo”, explica Nikolai Statkevich, excandidato a la presidencia y uno de los disidentes más importantes del país.

Bielorrusia es el único país europeo que mantiene la pena de muerte y ha reprimido duramente las más recientes protestas a gran escala que se produjeron en el país, en especial las de 2010 –lo que le valió sanciones de la UE–, o las recientes de 2017.

Pese a las masivas detenciones y violencia, ninguna de estas manifestaciones ha conseguido cambios significativos en el país, cosa que tampoco ha logrado la oposición política, habitualmente desunida.

Otro de los factores que ha evitado que mucha gente salga a protestar es el control del Estado sobre la economía y el sistema educativo, lo que permite aplicar fácilmente represalias a los implicados en estas actividades.

El efecto ucraniano

Pese a esta mano dura contra la oposición política, hay un ámbito que el régimen ha relajado en los últimos años: la promoción de un sentimiento nacional bielorruso, en contraposición a la intensa rusificación de la sociedad que Lukashenko fomentaba anteriormente.

En marzo pasado miles de personas celebraron los 100 años de la República Popular de Bielorrusia, una tentativa de una Bielorrusia independiente acaecida en 1918, que fue aplastada por las fuerzas polacas y bolcheviques, y que se ha convertido en símbolo de parte de la oposición contra Lukashenko.

“Sorprendentemente, el gobierno permitió la celebración, en la que pudimos llevar y agitar la bandera real de Bielorrusia (roja y blanca, en vez de la oficial, que copia la de la época soviética)”, explica Maria, bielorrusa residente en Minsk.

Aunque esta celebración se permitió, hubo decenas de detenidos en la manifestación de protesta contra el gobierno que se intentó hacer ese mismo día.

Esta permisividad hacia cierto nacionalismo bielorruso –que antes Lukashenko veía como uno de los grandes peligros del régimen– puede tener relación con dos eventos que han sacudido a Europa en los últimos años: la guerra en Ucrania y la anexión de Crimea por parte de Rusia.

Pese a los lazos entre Moscú y Minsk, Lukashenko criticó la anexión de la península ucraniana y ha posicionado su país como un territorio “neutral” en el que se pueden llevar a cabo los diálogos de paz sobre el conflicto ucraniano, lo que le ha servido para ganar puntos de cara a Occidente.

El precedente ucraniano ha hecho que el régimen relaje la “rusificación” de Bielorrusia, por miedo a que una parte de la población pro-rusa apueste por algún tipo de anexionismo como el de Crimea o el Donbás. Promover “lo bielorruso” sería una manera de reforzar la imagen de una Bielorrusa independiente de Moscú.

Lukashenko incluso ha realizado discursos en bielorruso, algo impensable hace unos años, cuando este idioma se asociaba completamente con la oposición política, y su expresión en actos públicos era un símbolo de disidencia. De hecho, actualmente muy poca gente habla bielorruso.

Grilletes económicos

Pese a los intentos de Lukashenko para dejar más espacio entre su país y Rusia, hay un factor que los liga de manera muy intensa: la economía, especialmente en el ámbito energético.

“Bielorrusia es todavía muy dependiente de los subsidios rusos en energía y también del acceso a los mercados rusos. En 2017, cerca de 44% de las exportaciones bielorrusas recaían en Rusia, mientras que en 2015 ascendían a 39%. Además, Bielorrusia es aún extremadamente dependiente de la asistencia macroeconómica de Rusia”, asegura Arkady Moshes, director del programa sobre Rusia y Europa Oriental del Instituto Finés de Asuntos Internacionales.

Esta dependencia económica se produce en una Bielorrusia que priorizó el estatismo económico en vez del libre mercado después de la caída de la URSS en los años noventa, cosa que evitó una desigualdad extrema y la aparición de oligarcas fuertes que compitieran por el poder político.

Además, la protección social y clientelismo que generaba este modelo –hasta hace poco el Estado representaba, aproximadamente, 60 % de la economía y generaba empleo en un porcentaje similar– tuvo éxito entre la población bielorrusa, que veía países vecinos como Rusia sufriendo los vendavales del capitalismo desbocado y la corrupción violenta.

“No puede ser que el Estado controle todavía ese porcentaje de la economía, deberían hacerse reformas de libre mercado que liberen al país”, afirma Ihnat, residente en Minsk que trabaja en el sector de las nuevas tecnologías, uno de los que más fuerza está tomando en el ámbito de la empresa privada.

A pesar del predominio del capitalismo de Estado, Minsk está destacando por los avances tecnológicos de muchas empresas jóvenes y dinámicas, algo que contrasta con el resto del país, donde hay mucho más atraso y pobreza en comparación con la capital.

Pese a todo, el régimen es receloso en dejar atrás su modelo estatista y vinculado con Rusia: “Lukashenko está dentro de un círculo vicioso: querría orientarse hacia nuevos mercados, pero a la vez no quiere cambiar una economía dominada por el Estado que le sirve para apuntalar su régimen político”, afirma Artyom Shraibman, analista y periodista del portal bielorruso Tut.by.

Por otro lado, Minsk está fuertemente integrada a nivel militar con Moscú. Ambos países realizan ejercicios militares y entrenamientos conjuntos, y los suministros de armas son habituales. Alejarse de esta alianza pondría a Rusia en alerta.

Pragmatismo ruso

Pese a esta estrecha vinculación económica y militar con Rusia, Lukashenko ha evitado convertirse en una extensión de Moscú, manteniendo la independencia de Minsk y presentándose como el único interlocutor posible y exclusivo garante de la estabilidad del país.

En los últimos años, fruto de la crisis ucraniana, ha intentado equilibrar las relaciones de Bielorrusia con la Unión Europea y con Moscú, para obtener beneficios de ambas potencias, una posición pragmática que deja lejos a aquel Lukashenko que arengaba contra el imperialismo americano y era amigo de Saddam Hussein o Slobodan Milosevic.

De cara a Occidente, Lukashenko se ha mostrado como un garante de la estabilidad frente al auge de los conflictos fronterizos en Europa Oriental y el ascenso de los populismos –además de ofrecer un nuevo mercado de exportación–, lo que ha hecho que Europa mire hacia otro lado en materia de derechos humanos, levantando sanciones contra el régimen y acercándose a Bielorrusia de manera cautelosa.

Por ejemplo, desde 2017 Minsk permite la entrada sin visado y durante cinco días a ciudadanos de 80 países, entre ellos los de la Unión Europea y Estados Unidos. Es un guiño hacia Occidente de apertura y promoción del turismo.

“El modelo actual de semi-balance –no es un balance propiamente real debido a la dependencia económica y la alianza militar con Rusia– puede continuar de la misma manera, ya que no desafía la posición rusa actual en Bielorrusia”, asegura Moshes.

Si realmente se produjera un giro fuerte hacia Occidente, Bielorrusia afrontaría serios riesgos, afirma el analista. Algo con lo que también coincide Shraibman: “Existen líneas rojas informales en las mentes de las élites bielorrusas y rusas. Rusia se irrita cada vez más con estos balances (hacia Occidente), especialmente en aquellos países que ve como colonias perdidas o continuaciones de Rusia que accidentalmente se volvieron independientes.”

Por otro lado, añade Shraibman, no estaría claro que la Unión Europea arriesgase su legitimidad democrática pactando con un régimen como el de Lukashenko, con sus fuertes restricciones a las libertades políticas e individuales.

Además, un giro hacia Europa tampoco parece la opción mayoritaria entre los propios bielorrusos, que mantienen una cultura muy cercana a la rusa. Según encuestas del instituto independiente IISEPS, si se diera la opción a los bielorrusos de integrarse a Rusia o, por otro lado, de adherirse a la Unión Europea, la mayoría –cerca de 50 %– no apoyaría ninguna de las dos opciones.

En buena parte, estas percepciones pro-rusas o pro-europeas de los ciudadanos bielorrusos suelen oscilar en paralelo con la postura adoptada por Lukashenko, que ha tenido altibajos tanto con Moscú como con Bruselas.

Parece que la política del régimen bielorruso será la de mantener una vinculación fuerte y real con Moscú –para asegurar la economía y la estabilidad del gobierno–, realizar algunos gestos para acercarse a Occidente –y obtener beneficios de ello– y, sin apenas oposición, mantener el régimen autoritario y la represión política, con el fin de garantizar la continuidad de Lukashenko y su dictadura personalista.

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